Misión cumplida

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LA POLÉMICA EN TORNO AL CONCEPTO DE NEOLIBERALISMO AÚN NO TERMINA. POR EL CONTRARIO, UNA CARTA ENVIADA A EL OBSERVADOR POR EL PADRE LUIS PÉREZ AGUIRRE NOS PERMITE –FINALMENTE– CONOCER LOS NOMBRES DE LOS PRESUNTOS NEOLIBERALES QUE LE QUITAN EL SUEÑO.

Por fin –alabado sea Dios– he conseguido extraer de uno de los denigradores del neoliberalismo algunos nombres de los factores de iniquidad. El padre Luis Pérez Aguirre, en carta a este diario que apareció el 27 de marzo, suelta una larga lista de neoliberales. Allí están Hayek y Friedman, las dos luminarias de la economía liberal de la segunda mitad de este siglo. Los acompañan Buchanan, como ellos premio Nobel, y Tullok, su compañero de la escuela del Public Choice. Están Mises y Röpke, figuras señeras. A otra altura, Berger y Wagner. Si “Arroy” fuese Arrow, tendríamos otro gran economista, pero por desgracia no liberal. Luego hay políticos. periodistas, divulgadores, que hacen llamar la atención sobre las notables omisiones de la nómina, que abarcan todas las generaciones más jóvenes de economistas (Becker, Lucas, ambos premios Nobel, Barro, Sargent y tantos otros). Entre los teólogos, no conozco al que lleva, tal vez por un error mecanográfico, el improbable apellido de Neuhass (que en alemán significa “nuevo odio”), pero comparto la inclusión de Novak y echo de menos a Sirico. Entre los filósofos y sociólogos hay nombres que me inspiran dudas, pero no importa; poseemos ya una nómina considerable. Es como pasar del desierto a una floresta tropical.

Y es en realidad un gran adelanto, porque la Carta de los Provinciales Jesuitas –que gracias a la generosidad del padre Pérez Aguirre he podido conocer en su texto íntegro– ahora se ve más claramente en el aire. Ahora tendrá que venir un nuevo texto, en el cual los juicios contra el neoliberalismo estén fundados en citas de neoliberales. Antes –en la Carta famosa– escribían que era un postulado neoliberal que el mercado “es correcto y justo” –así, entre comillas– sin indicar quién había enunciado tamaña estulticia. Ahora nos pondrán una nota al pie de página, que nos diga a quién pertenece. Y del mismo modo con todos los pensamientos desalmados que atribuyeron al neoliberalismo; así, por ejemplo:

“…esta concepción considera normal que nazcan y mueran en la miseria millones de hombres y mujeres del continente incapaces de generar ingresos para comprar una calidad de vida más humana. Por eso los gobiernos y las sociedades no experimentan el escándalo frente al hambre y la incertidumbre de multitudes desesperanzadas y perplejas ante los excesos de los que usan, sin pensar en los demás, los recursos de la sociedad y de la naturaleza”. (p 9)

O bien: 

“Detrás de la racionalidad económica que suele llamarse neoliberal hay una concepción del ser humano que juzga la grandeza del hombre y la mujer según la capacidad de generar ingresos monetarios”. (p 8)

Pienso que no dejarán de hacerlo, porque –a menos que desautoricen al padre Pérez Aguirre– esos juicios y otros, que antes exponían al odio y escarnio público a neoliberales anónimos, ahora se dirigen a hombres de carne y hueso, con nombres, con honor, con familias, a quienes los Provinciales de la Compañía de Jesús no querrán rehusarles el trato hecho de respeto y caridad que sin duda dispensan a todos sus hermanos en Jesucristo. Y si el deber emanado de sus funciones les fuerza a librar a la luz pública posturas y posiciones inhumanas –como les habría pasado si otrora hubiesen tenido que denunciar los desvaríos antisemitas de un Anfred Rosemberg o un Julius Streicher– querrían hacerlo con plena justificación y las consiguientes pruebas.

Ya ve el padre Pérez Aguirre que la discusión que tuvo conmigo –él ha declarado la polémica concluida– no se reducía a semántica ni a bizantinismos. Había un tema vital, aunque él por largo tiempo no lo percibiera, por resultarle tan familiar, tan cotidiano en el medio en que se mueve, el neoliberalismo erigido en objeto de colectivo oprobio: el tema de si es lícito inventar una entidad destinada abiertamente a unir a una comunidad en el odio hacia ella, máxime cuando el objeto de la abominación se compone de seres humanos a quienes se alude a través de una pantalla de anonimato, pero que están allí realmente y sólo se requería la tenacidad de alguien para revelarlo.

Peor aún si lo que se afirma es abierta y totalmente incierto. Yo afirmo que nada de lo que se sostiene en la Carta de los Provinciales tiene una base cierta de realidad. Que es el resultado del método al que se refirió el padre Pérez Aguirre en la discusión que mantuvimos ante los micrófonos de radio Sarandí, y me daré por vencido si alguien demuestra que es cierto respecto de Hayek o Friedman, de Becker o Buchanan, y en realidad de cualquiera de los autores que menciona el padre Pérez Aguirre.

Aquel método, según las palabras de mi ex contendor, consiste en salir a la calle y absorber el conocimiento sobre el neoliberalismo a partir de lo que allí se oye. “El Dr. Díaz” –expresó el padre Pérez Aguirre en nuestro debate radial– “parte de la lectura de autores; yo parto de la calle, de cómo escucho a la gente, de sus problemas, de sus sufrimientos…”. Como método para emitir juicios sobre una doctrina económica, así como sobre la concepción del hombre y su puesto en el mundo que pueda subyacer a esa doctrina económica, es absolutamente irracional. Ahora tal vez el padre Pérez Aguirre encuentre que leer las obras sobre cuyos autores ha estado emitiendo juicios no es incompatible con su benemérita cercanía a los pobres.

Grande progreso nuestra polémica ha conseguido. Cuando el padre Pérez Aguirre y sus compañeros jesuitas tomen conciencia de que el concepto de neoliberal es sobre seres humanos, desecharán la conclusión de que la pobreza es el resultado deliberado de las políticas que se aplican en América Latina, muchas de las cuales, con distintos grados de justificación, ven como neoliberales. No dejarán de lado la idea alternativa de que las políticas estén bien intencionadas, pero constituyan un error o sean mal aplicadas, o impotentes para remontar la desventaja que representa nuestra base cultural, tal como evolucionó en el corriente siglo, por ejemplo, el nivel de irracionalidad en el discurso de nuestra sociedad, sin duda muy superior al que permitió el desarrollo económico de los países anglosajones, de Europa Occidental y del Lejano Oriente.

Un economista que curiosamente dejó el padre Pérez Aguirre fuera de su lista, Gary Becker, expresó hace poco en una conferencia que el papel principal que cumplen los economistas es ayudar a los pobres. El profesor Becker, que ha sido invitado a hablar en el Vaticano, aun no siendo cristiano, se ha dedicado principalmente a estudiar lo que él ha llamado “capital humano” y en relación a ello el papel que desempeña la familia en la construcción de los valores que regirán la vida de las personas ya través de ellos de sus niveles de bienestar. Y, ante el Acton Institute, que dirige el padre Robert Sirico, defendió su tesis sobre la meta de los economistas, aduciendo que los pobres son los más necesitados de que la economía funcione bien. No se requiere un grado excepcional de filantropía para ver así las cosas. Pero si alguien piensa que sólo se trató de un acto de hipocresía, tiene la palabra.

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