¿Por qué hay desempleo?

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CUANDO SE ANALIZAN LAS CAUSAS QUE PROVOCAN EL DESEMPLEO MUCHOS CULPAN AL DESARROLLO TECNOLÓGICO; SIN EMBARGO ESTADOS UNIDOS TIENE UNA TASA DE PARO OBRERO MÁS BAJA QUE ESPAÑA. ESO HACE PENSAR QUE LAS EXPLICACIONES DEBEN TOMAR OTRO RUMBO.

La existencia de desempleo persistente es el escándalo de los escándalos. “Comerás el pan con el sudor de tu frente”, sentencia Dios a Adán. Como consecuencia de su transgresión, pierden nuestros padres su lugar en el Edén, donde sólo debían estirar el brazo para procurarse el sustento, y tienen ellos desde entonces y nosotros actualmente y el hombre en general, a través de las edades, que trabajar para vivir. Pero hete aquí que ahora, desde no hace mucho, hay hombres y mujeres que quieren trabajar y no pueden: lo necesario se ha vuelto para algunos imposible.

Desde la perspectiva del mundo de escasez adonde fueron a parar Adán y Eva, el trabajo se convierte, de sanción por inconducta que fue en el principio, en virtud. “Es trabajador”: cuando oímos esto sabemos que de quien se habla es merecedor de consideración y confianza. Pero ahora resulta que hay muchos que tienen la virtud prohibida.

¿Por qué es así? Por descontado, hay un desempleo que es inevitable; incluso positivo, por ser el resultado de la libertad. Mientras hubo esclavitud no se conoció el desempleo, y ello por dos razones: una, el esclavo no podía renunciar a su empleo y ponerse a buscar otro; la segunda, cuando el amo se cansaba de un esclavo no lo despedía, lo vendía y el nuevo dueño se ocupaba de que no estuviese ocioso un solo día.

La libertad del trabajador para emplearse y desemplearse trajo consigo la del empleador para tomarlo y dejarlo. Y ello creó la situación del trabajador que está buscando empleo y la del empleador que está buscando a alguien a quien emplear. Forzosamente, aun cuando hubiese tantas vacantes como trabajadores en busca de empleo, habría de todos modos desocupados, porque encontrar el empleador el empleado que le convenga y el trabajador el trabajo que le venga bien, son cosas que toman tiempo. Más o menos tiempo según las circunstancias: más tiempo cuanto mayores las reservas financieras de los trabajadores, que les permiten no tener que aceptar el primer empleo que les ofrecen, por desventajoso que fuere; más tiempo, también, cuanto mayores los beneficios sociales a que los desocupados son acreedores, y, por fin, también más tiempo cuanto más se tecnifica la actividad empresaria de selección de personal. Así, hoy en día, tasas de desempleo de 4, 5 y hasta 6% suelen ser consideradas “naturales”: es decir, no evitables, no problemáticas.

Por encima de esos niveles, en cambio, las dificultades comienzan. Entonces los buscadores de empleo son más que las vacantes y el tiempo medio de paro se alarga: los desocupados no son ya el conjunto humano que busca empleo sino, al menos en cierta medida, el que no lo encuentra. Es sobre este desempleo que la pregunta del título se justifica; el que nos lleva, de la fisiología, a la patología social.

Treinta años atrás, si hubiésemos hecho una encuesta de opinión pública sobre la interrogante que nos planteamos, las respuestas habrían apuntado abrumadoramente hacia una insuficiencia de la demanda efectiva; y las propuestas de remedios se habrían concentrado en torno a políticas expansivas, tanto crediticias como fiscales. Los economistas promotores de ese enfoque habrían reconocido que tales políticas tendrían la secuela de mayor inflación; pero señalando que las preferencias colectivas podrían inclinarse hacia mayor inflación y menor paro forzoso. Y desplegarían una gráfica ante los ojos del público, donde se creía mostrar cuánto costaba cada punto de reducción del paro en términos de puntos de mayor inflación, para que pudiesen votar por la combinación de desempleo e inflación que considerasen óptima.

Era la famosa “curva de PhiIlips”, que creó la ilusión de una opción relativamente sencilla entre la magnitud de uno y otro fenómeno. Hasta que los hechos probaron, dando la razón a los economistas que lo habían pronosticado, que la curva de PhiIlips no era fija, sino que tendía a subir, haciendo que cada punto de baja del desempleo costase cada vez más en términos de mayor inflación; ni tampoco era estable de forma, porque terminó mostrando que, eventualmente, a medida que la inflación subía el desempleo hacía otro tanto. Y tras el primer shock petrolero la hoguera inflacionaria mundial redujo a cenizas la curva de Phillips y toda la literatura que la sustentaba.

Si la encuesta se realizase en la actualidad, pienso que una mayoría apreciable se volcaría hacia la respuesta que vincula el paro con el desarrollo tecnológico: las máquinas reemplazan a los operarios, los robots toman el puesto de la mano de obra, el trabajo está en vías de volverse un recurso obsoleto. A medida que la ciencia se desarrolle esta tendencia irá afirmándose. Por fin no quedará más expediente que racionar el reducto de empleo subsistente con jornadas más breves y vacaciones más largas.

Es azorante la difusión de esta opinión, por hallarse ella en tan frontal oposición con lo que dicen los hechos. Porque rompe los ojos que, de ser cierto que la mecanización y la tecnificación son las fuerzas que promueven el paro obrero, las economías más tecnificadas y mecanizadas tendrían que ser las que tuviesen tasas máximas de desempleo. Pero entonces, entre España y Estados Unidos. ¿quién duda de que éste debería sufrir de mucho mayor desempleo que aquélla? Sin embargo, ocurre lo inverso, y en proporciones dramáticas: según los últimos datos publicados, España padece una desocupación del 21,8% y Estados Unidos del 5,1%. Francia, Alemania e Italia poseen una gran densidad de capital y alta tecnología, pero ciertamente no mayores que las de Japón, y mientras éste tiene una tasa de paro de apenas el 3,3% la de aquéllos es respectivamente del 12,8, 11,2 y 11,9%. Nada es más obvio. La explicación tiene que venir por otro lado.

Recurramos ahora a la economía elemental y al buen sentido en procura de otra respuesta. Si hay una mercancía que no se puede vender y permanece en los estantes de los negocios sin que nadie quiera llevársela, ¿que hipótesis es razonable formular para dar cuenta de ello? Que su precio es excesivo, por supuesto. En realidad eso de hecho no ocurre con las mercancías en general porque el precio de lo que no se puede vender baja. Menos con la mano de obra. ¿Cómo podría colocarse el exceso de oferta mientras el precio sea rígido? Ningún mercado se despejaría (como dicen los economistas para significar que los demandantes se llevan toda la oferta) si no se dejase actuar a los precios. Pero –habrá quien objete– el trabajo no es una mercancía, ni puede considerarse como tal. porque el trabajador es un ser humano, con sus necesidades que satisfacer y sus pasadas conquistas que preservar. Yo respondo: como gustéis; si definís que los servicios laborales no se transan en un mercado, estáis en vuestro derecho. Pero mientras el costo de emplear gente sea superior a un cierto nivel –lo que quiere decir el salario, más la indemnización por despido, más el decimotercer mes y el decimocuarto, y las vacaciones, y el salario vacacional, etc., etc., el desempleo persistirá; y el escándalo de los escándalos seguirá allí donde lo vemos.

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