La invitación de segunda clase que las Cortes Generales de España enviaron al Congreso cubano para la VIII Conferencia de Parlamentos Iberoamericanos, evento que ayer se clausuró en Madrid, despertó en maestros medios parlamentarios reacciones solidarias con el cuerpo caribeño. Los presidentes de ambas cámaras, Hugo Batalla y Carlos Baraibar, enviaron sendas notas de protesta, exigiendo que se reconvidase a aquel como miembro pleno, en lugar de mero observador. El presidente del Parlamento Latinoamericano, Juan Adolfo Singer, concibió su reclamación en términos airados y transmitió al presidente de las Cortes españolas “la más profunda indignación y malestar en todos los miembros de la Junta Directiva del Parlamento Latinoamericano por esta pretensión de juzgar y calificar (a uno de ellos)”, actitud que describió en otro lugar de su misiva como “insolente e inadmisible”.
Visto que debe ser notorio para todos, incluso por supuesto para los autores de tales reconvenciones, que en Cuba no existe nada que pueda llamarse Parlamento, en ningún sentido de la palabra que trascienda el meramente formal, dichas comunicaciones no pueden dejar de llamar la atención. Porque Parlamento, desde sus albores medievales y comoquiera que se hayan designado sus integrantes, es por esencia un cuerpo capaz de enfrentarse al titular del poder físico, capaz de albergar una oposición y eventualmente de llamarlo a responsabilidad. Y nadie, absolutamente nadie, puede estar dispuesto a sugerir que tal vez Cuba albergue esa clase de institución, ni ninguna otra que de alguna manera se le parezca.
Y no es que de hecho no la haya: es que de acuerdo con la filosofía que impera en la isla no debe haberla. No puede olvidarse que el golpe de Estado bolchevique de octubre se concreta con la disolución de la Asamblea Constituyente por los guardias rojos; y confío en que la expresión de Lenin de por entonces, “cretinismo parlamentario”, será siempre convenientemente recordada. Lenin es uno de los mentores declarados de Castro, lo que significa que para el dictador cubano un Parlamento pluralista, no sujeto a su voluntad o a la del partido único, que viene a ser igual, es anatema. Con el advenimiento de los regímenes totalitarios en Europa, los parlamentos desaparecieron en un país tras otro. La Constitución soviética designó al Soviet Supremo, popularmente elegido y de apariencia parlamentaria, en la máxima autoridad del país, pero nadie dudó que el Partido Comunista concentró todo el poder. Hitler conservó el Reichstag. pero sólo lo convocó esporádicamente para votar alguna ley. En Italia, la Cámara de Diputados primero y el Consejo Corporativo más adelante, eran elegidos por órganos partidarios. Todos estos cuerpos actuaban bajo la regla de la unanimidad. Una vez que se acepta el principio de un partido único consustanciado con el interés nacional, no cabe otra cosa. Una asamblea pluralista es un truco de los burgueses y el odio a los burgueses fue uno de los rasgos que todos los regímenes totalitarios tuvieron en común.
De modo que sostener, como yo sostengo, que en Cuba no hay un Parlamento no es acusar al régimen castrista. Ni se plantea con ello una cuestión discutible. Si la miseria en la que vive el pueblo cubano es resultado del régimen colectivista que soporta o del bloqueo norteamericano, sí puede discutirse. Con ello no digo que sea opinable; digo que es algo que depende de pruebas ajenas a la propia ideología imperante. Pero afirmar que ese desgraciado país carece de Parlamento no es discutible, en el sentido de que el Parlamento, esa clase de institución en que se polemiza y se cuentan los votos, que tiene en su seno una oposición al gobierno, que en principio nunca vota por unanimidad, que está dispuesta a resistir toda presión del titular del poder y a juzgarle, si insiste en ella, que sólo se dispersa por la fuerza de las bayonetas, esa clase de institución, la Cuba castrista no la tiene por esencia porque su régimen es contrario a ella; no vergonzante, sino declaradamente.
Entonces, si allí no hay Parlamento, ¿por qué está mal que no lo inviten? El señor Singer invoca la condición de Cuba de miembro de las Naciones Unidas y del Parlamento Latinoamericano. Pero ¿desde cuándo las Naciones Unidas condicionan el ingreso de países a la posesión de parlamentos? Si lo hiciera, perdería tal vez la mayoría de sus actuales integrantes. Y, en cuanto a ser Cuba miembro del Parlamento Latinoamericano, eso sólo nos dice algo sobre el Parlamento Latinoamericano, nada sobre Cuba. El enfoque del señor Batalla es menos formalista. Si se hubiese invitado a Cuba como miembro pleno, dijo a El Observador el vicepresidente hace una semana, “se facilitaba el diálogo y un proceso de democratización que entendemos deseable para todo el continente.” Que todo se arregla sentándose a conversar debe ser una de las ideas más arraigadas en este país y Hugo Batalla no hizo más que traducir el sentir nacional. Las cosas, sin embargo, son a veces más difíciles. La asamblea cubana que pasa por su Parlamento está compuesta apenas de peleles de Fidel Castro. Y sobre la apertura de éste al raciocinio ajeno vale la pena recordar la opinión de su hija Alina. Esta dijo al periodista Andrés Oppenheimer: “Nadie se atreve a darle una mala noticia. Es Dios”. Y luego de que aquella hubiera declarado haber tenido conversaciones serias con él y Oppenheimer le preguntara si Fidel la había escuchado, agregó: “El no suele escuchar. Te explica las cosas.” “¿Cómo si tú no entendieses?”, inquirió el periodista. “Como si no estuvieses ahí”, contestó Alina.
El episodio puede parecer trivial: para mí no lo es. La cuestión no tiene que ver. por supuesto, con la invitación de las Cortes españolas. El problema es que tres hombres públicos prominentes de nuestro país, que sin duda participan de los valores de la democracia liberal, estén dispuestos a dar la cara por un déspota totalitario, que representa todo lo opuesto a lo que presumo que ellos creen. En el tiempo respectivo, pienso que ninguno habría consentido en protestar porque el Soviet Supremo, el Reichstag o la Cámara Corporativa no fueran invitados a una jornada de parlamentos en que ellos interviniesen. Sin embargo, no hay verdadera diferencia entre esa hipotética situación y la que les hizo salir a la lid en defensa de una asamblea de paniaguados del otrora joven héroe revolucionario, transformado en pocos años, al decir de François Furet, “en un tirano estalinoide”.
¿Por qué? La culpa es sin duda de la cultura revolucionaria absorbida por nuestro país desde Francia. Fidel se beneficia del prestigio de Robespierre. La revolución se percibe como la apoteosis de la política, en la que ésta puede transmutar la suerte del hombre sobre la Tierra. Muchos de nuestros hombres públicos no perciben la contradicción, pero su realidad es indiscutible y sus consecuencias ineluctables. No se puede servir a la vez la causa de las instituciones liberales y la de su avasallamiento en aras de una utopía cuyo carácter ilusorio ya nadie puede negar. Y mientras nuestros hombres públicos insistan en servir a estos dos señores a la vez, la consolidación de nuestra democracia quedará en tela de juicio.