Prosperidad y Descontento

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CUANDO LA POLÍTICA ECONÓMICA ESTÁ DANDO RESULTADO, ¿VAN SUS RESPONSABLES A CAMBIARLA PORQUE LA GENTE GRITA QUE LE VA MAL? ¿PARA QUÉ? ¿PARA QUE LE VAYA PEOR?

Es un hecho que el crecimiento económico no trae siempre consigo la satisfacción de los pueblos. A veces tal cosa se logra. Los norteamericanos, por ejemplo, fueron desde su independencia muy conscientes de las oportunidades que el país le brindaba a todos; oportunidades para hacer fortuna, de las que muchos aprovechaban, y en todo caso para alcanzar un nivel general de desahogo apreciable y creciente. Por contraste los franceses y los rusos hicieron sus revoluciones en épocas de florecimiento económico. Y, sin irnos tan lejos, ahí está Argentina, con un crecimiento proyectado para este año del 7%, atrayendo el capital de algunos de los principales bancos del mundo, con un alza notable de las cotizaciones bursátiles (un beneficio que tiende a difundirse, contra lo que pudiera parecer, porque reduce el costo de financiamiento de las empresas) y una invasión de inversores extranjeros, con George Soros a la cabeza, dispuesto a comprarse el país entero, mientras que simultáneamente desocupados cortan las rutas nacionales y apresan a un vicegobernador en apoyo de sus demandas, entre otros síntomas de tensión social. En el mismo Uruguay, con tasas aceptables de crecimiento del producto y de la inversión, una inflación en descenso lento pero firme, y notas excelentes de las principales calificadoras de riesgo para sus bonos, las protestas contra la política económica se multiplican y exhiben tras de sí toda la gama de intereses y opiniones políticas.

Para los economistas la paradoja resulta inmanejable. Cuando la política económica está dando resultado, ¿van sus responsables a cambiarla porque la gente grita que le va mal? ¿Para qué? ¿Para que le vaya peor? Mientras tanto, desde otros ángulos –el ángulo de los políticos, el de muchos empresarios, el de la mayoría de los periodistas, el de casi todos los líderes religiosos– no cesa de oírse el reproche de que se está olvidando la parte social. El economista no entiende: para él las condiciones sociales se derivan de las económicas; le consta que Ludwig Erhard plasmó el milagro económico alemán a partir de una política que llamó “economía social de mercado” pero ni en los escritos de aquél ni en los de su maestro Walter Eucken, ni en la observación de los hechos históricos, puede discernir en el adjetivo “social” un alcance que vaya más allá de la cosmética. Para él todo mercado es social, toda política que deja hacer al mercado es por tanto social y no habría manera de que no lo fuera.

Por tanto el economista con responsabilidades de gobierno seguramente se identifica a sí mismo con el protagonista de aquel cuento de las Mil y Una Noches, que debía marchar mirando hacia adelante, sin prestar oídos a las voces incontables que desde la floresta circundante procuraban llamarle la atención, so pena, si retiraba la mirada de su ruta, de quedar convertido en una estatua de piedra. Lo más que puede hacer es exhortar a los políticos a tener paciencia y fe, y procurar que las tengan también sus electores. El ministro Mosca ha usado una metáfora expresiva: el agua ya se está calentando en las calderas, pronto les va a llegar por las cañerías. Otra forma de decirlo podría ser: hay café instantáneo, pero política económica instantánea todavía no se inventó.

Mariano Grondona, el conocido periodista argentino, escribió el domingo pasado en La Nación sobre esta paradojal situación. Pienso que analizar las premisas desde las que ve un papel que el Estado podría cumplir en ella puede resultar ilustrativo. Parte de lo que llama “la U de Kuznets”. El economista ruso americano le ve a la desigualdad económica causada por el desarrollo el perfil de una “U” invertida. Al principio el crecimiento intensifica las desigualdades, en cuanto los más capaces están en condiciones de aprovechar las oportunidades que él ofrece. La fase ascendente de esa figura representa una época de prosperidad pero a la vez teñida por el descontento de los que ven a otros ascender más rápido que ellos. ¿Qué hacer, se pregunta Grondona, en ese caso? Si se desincentiva a los más dinámicos con una política de igualación de ingresos se arriesga bloquear todo el proceso, lo juicioso, sin embargo, sería suavizarlo en su etapa inicial con medidas redistributivas, “para evitar lo peor”. Así se ve sencillo, pero el articulista no percibe, u opta por ocultar, las dificultades que se interponen.

Empieza por desnaturalizar la naturaleza del desarrollo económico. Al principio, sostiene, son todos pobres. “Luego”, agrega, “cuando la economía empieza a moverse rápidamente hacia adelante, algunos pican en punta”. Pero no es el caso que la economía largue al frente y los más rápidos la sigan. La partida de los punteros es ella misma el movimiento de la economía. La secuencia, en lo que nos concierne en el Río de la Plata, es así: la economía está estancada por causa de una inflación descontrolada y ausencia de protección de los derechos de propiedad por controles de precios y de cambios; hasta que un gobierno estabiliza, y establece reglas claras y confiables para el sector privado, y entonces un cierto número de empresarios empieza a invertir y asumir riesgos. Con ello se inicia el crecimiento. Grondona sugiere que el gobierno entonces cambie las reglas. Que arranque el capullo antes de que florezca.

El tiene en su país un caso claro. Alfonsín ya había fracasado con el Plan Austral y estaba jugando su última carta con el Plan Primavera. Como iba bien, adelantó la fecha de las elecciones para no correr riesgos. Este último plan, como todos los de estabilización, estaba construido sobre un basamento de austeridad fiscal. Pero de Alfonsín nadie puede alegar que carece de sensibilidad social. La situación de los estratos más humildes en materia de vivienda era su especial preocupación. Manifestó entonces a sus colaboradores que quería lanzar un plan de construcción de casas. “Quiero ver las casitas construyéndose antes de terminar mi mandato”, dijo a los dirigentes del Banco Central. Y, bajo presión, los directores de éste asintieron en redescontar créditos del Banco Hipotecario. Fue la gota de agua que derramó el vaso: el Plan Primavera fue por el mismo camino del Austral. La gente volvió a pasar hambre y Alfonsín tuvo que pedirle a Menem que tomase el poder seis meses antes de la fecha prefijada. Pero por eso nadie lo criticó.

La mayoría pensó que había liquidado su carrera política, pero nadie se dirigió a él con la dureza que usan para tratar a Menem hoy. En nuestra subcultura no se perdona el que un político o un economista se contenten con una visión de largo plazo que justifique su estrategia, si en el corto la gente lo pasa mal (para ellos, inevitablemente), pero el que uno u otro yerren en las medidas que adoptan con buena intención y sometan así a grandes sectores de la población a la miseria más abyecta, no es evaluado como un demérito moral. Por tanto no es de sorprender que las chapucerías bien intencionadas representen el arquetipo de las políticas económicas que han predominado en esta parte del mundo y expliquen mejor que nada porqué el sur del hemisferio ha quedado en lo económico tan detrás del norte.

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