Qué es la Izquierda Hoy

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HASTA LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN, LA COLUMNA VERTEBRAL ERA EL MARXISMO; PERO AHORA LA SILUETA DE LA IZQUIERDA SE VOLVIÓ DIFUSA Y EN GENERAL LAS DIFERENCIAS SON DE MATICES, AUNQUE HAY EXCEPCIONES.

El vuelco hacia los partidos socialistas en las últimas elecciones europeas suministra una oportunidad excepcional para averiguar en qué consiste la izquierda hoy a través de la observación. Hasta la década pasada la cuestión resultaba sencilla a causa del papel de columna vertebral que el marxismo cumplía en la izquierda. Después del colapso del muro de Berlín, aceptado como símbolo de caída del socialismo real, lo mismo que la toma de la Bastilla de la caída del ancien régime, el marxismo, o lo que haya quedado de él, ya no pudo desempeñar la misma función y con ello la silueta ideológica de la izquierda se volvió difusa. Pero la izquierda no murió. No se trataba, pues, de una forma de pensar, sentir y actuar en materia política históricamente restringida al lapso que acotan las caídas de la Bastilla y el muro de Berlín. Ahí está esa secuencia de elecciones que nos lo demuestra, de las que la británica y la francesa resultan, por la importancia histórica y cultural de ambos países, los casos paradigmáticos.

Esos comicios, en efecto, prueban que los electorados de países que han desempeñado papeles protagónicos en la historia de la civilización occidental, están dispuestos a volcarse, en ocasiones arrolladoramente, en favor de fuerzas que en algún sentido miran con ojos críticos el sistema establecido en sí mismo y no sólo sus rasgos contingentes; que están, por tanto, dispuestos a rechazar una oferta política meramente reformista, y a preferir otras que, en alguna manera y grado, vayan más allá. Esas otras ofertas políticas, capaces de suscitar tremendos bandazos de la opinión ciudadana presuntamente madura, de países culturalmente maduros, ¿en qué consistirán?

Las primeras miradas a Gran Bretaña nos hacen pensar que la izquierda, como fuerza opuesta a la derecha ya no existe. Más precisamente, que la terminología de izquierda-derecha ha quedado obsoleta. Aquélla denotaba oposición. La mano izquierda y la derecha son, en efecto, inconfundibles. Tampoco podían confundirse las izquierdas y derechas de la revolución francesa, donde nació esta forma de hablar –por referencia a cómo se sentaban los diputados en las asambleas– particularmente porque una sucesión de crisis políticas, en las que los de izquierda guillotinaban a los de derecha y viceversa, no dejaba dudas en cuanto a que la confrontación era real. Pero el caso británico sugiere, en vez de enfrentamiento, matiz.

Tony Blair no se cansa de hablar de “centro izquierda”. Eso nos quita de delante las imágenes de manos y pies, con sus indelebles diferencias, según sea del lado del cuerpo en que se hallen, y nos propone en cambio la de la división del cabello. “¿Me haré la raya al medio?” se pregunta el Prufrock de T. S. Eliot; bueno, y ¿por qué no se la hace hoy un poquitín más a la derecha, y si se cansa más adelante un poquitín a la izquierda? Salimos del reino de las oposiciones, nos metemos en el de los matices.

Véase si no. Cito a Blair: Frente a la revolución thatcheriana, “no existe en el país deseo de retornar. (…) No es que ahora la gente quiera terminar con la economía de mercado, así como, en el apogeo thatcheriano, ellos no querían terminar con el Estado benefactor”. Y además está el cambio intrapartidario, que atenúa aún más las diferencias. “¿Quién iba a decir hace diez años”, se pregunta Blair, “que el laborismo sería el partido (…) del libre cambio?” Y aun más: “sobre educación, debemos proporcionar libre elección y exigir calidad de los docentes y las escuelas, pero organizar nuestro sistema educativo de modo que todos los niños tengan esa libre elección y esa calidad, y no sólo unos pocos privilegiados”. Y, por si fuera poco: “El viejo método de la izquierda (para allegar a todos la posibilidad de participar en el poder, la riqueza y la oportunidad) era a través de la redistribución mediante impuestos y subsidios. Pero en una economía global los viejos métodos no funcionan. Por supuesto que un sistema impositivo justo está bien. Pero, realmente, vivir de subsidios ser dependientes del Estado no es lo que la mayoría quiere. La mayoría quiere independencia, dignidad, autopromoción y oportunidades para ganar y progresar”.

Esto me hace pensar en la tesis de Fukuyama, de que la historia ha concluido. Para un hegeliano la historia está hecha de sucesivos choques de términos opuestos y de su superación. La izquierda y la derecha eran un par dialéctico, de cuyo choque iba a nacer un nuevo término, etcétera. Pero si lo que tenemos son centro izquierda y centro derecha, el juego de tesis, antítesis y síntesis ya no se da más. El fin de la historia, para un hegeliano, no quiere decir que ya no vaya a acontecer nada más. Por supuesto que la política, como las otras actividades humanas, va a continuar. Y, si hay política, va a seguir habiendo partidos, que van a discutir entre sí. Pero si se asemejan tanto entre sí, su confrontación no va a ser dialéctica; apenas ha de dar lugar, cada tanto, a un ligero desplazamiento de la longitud de onda, nada parecido al salto del infrarrojo al ultravioleta.

Entonces, ¿estamos de veras en la metahistoria? Cruzando el Canal de la Mancha uno no se siente ya tan seguro. Lionel Jospin no es Tony Blair. Ambos se sienten preocupados con el desempleo, por más que la tasa francesa más que duplica a la británica. Pero Blair aprovecha la visita de Bill Clinton para declarar conjuntamente que los mercados de trabajo deben desregularse; Jospin fluctúa entre el keynesianismo y el desafío frontal a las leyes económicas. El keynesianismo se trasluce en su resistencia a bajar el déficit fiscal, como si el problema fuese la demanda efectiva. Debería estar claro para todos que en una economía mundial globalizada la demanda efectiva es aproximadamente igual para todos y que si en Francia tienen el 12,8% de paro, en Gran Bretaña menos del 6%, en Estados Unidos menos del 5% y en Japón menos del 4%, el problema tiene que estar en otro lado; casi seguramente en el costo de la mano de obra. Pues, a M. Jospin, aparte de querer 350 mil empleados públicos más, ¿qué se le ocurre? Pues aumentar a diestra y siniestra el costo de emplear trabajadores: mayor salario mínimo, mayor dificultad para los despidos y reducción de la semana laboral de 39 a 35 horas con la misma paga semanal (por más que esto último se alcance gradualmente). ¿Cómo se puede cortejar el desastre con tanta asiduidad?

Uno se acuerda de Alan García, que cuando visitó Montevideo al principio de su catastrófica Presidencia, anunció que ya había probado que las leyes económicas no existen, y se pregunta si el voluntarismo no será el último reducto de la izquierda. Porque el voluntarismo no es nada más ni nada menos que creer que los gobiernos pueden lograr sus propósitos con gran sencillez, como combatir el desempleo tomando empleados públicos o acortando la semana laboral, a fin de que los empresarios tengan que emplear más gente para producir lo mismo. Creer asimismo, por lo tanto, que los instrumentos no tienen contraindicaciones y no inquietarse pensando por qué, si todo fuera tan simple (v. gr. combatir el desempleo abreviando la jornada, sin tocar el salario mensual, todas ventajas, cero costo) otros no lo habrían hecho ya antes. Sobre esta apoteosis de las buenas intenciones querría discurrir algo más con ustedes, de aquí en una semana.

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