En Argentina, algunas semanas atrás, causó no poca conmoción el corte de rutas nacionales por obreros parados reclamando trabajo. Algún vocero gubernamental calificó de delito tal acción. Respondió monseñor Rafael Rey, obispo de Zárate-Campana, presidente de Caritas Argentina: “Si cortar las rutas es un delito, también lo es permitir que los niños se mueran de hambre, que la gente se quede sin trabajo…”. Vale decir que los gobernantes son culpables; que por acción u omisión les son imputables la pobreza y el desempleo. Si esa acción u omisión criminosa fue libremente resuelta –y si no lo hubiese sido no sería criminosa– está implícito que había y aún sin duda hay una alternativa que evitaría la desnutrición infantil y el desmedido desempleo, con sus secuelas de miseria y desmoralización; y que los gobernantes la desecharon deliberadamente y se obstinan en seguir desechándola. ¡Tremenda acusación!
Un organismo militar compatriota, dedicado a estudiar la realidad nacional, el Calen, creyó del caso recordar a la opinión pública, y sin duda también a las autoridades, que “la creciente disparidad en la distribución de la riqueza y la cultura de la pobreza” agravan el riesgo de “estallidos sociales” y la reactivación de la guerrilla. El mensaje, respaldado por el Estado Mayor Conjunto, presupone que hay medios que podrían evitar el recrudecimiento de la pobreza que sus autores detectan, y que las autoridades se dejan estar en aplicarlos, tal vez porque no perciben sus consecuencias potenciales. “Al persistir las condiciones de pobreza e injusticia social”, se lee en el documento, “los líderes democráticos son culpados”. “Hagan algo pronto”, se lee claramente también, esta vez entre líneas, “o la violencia volverá a campear en Uruguay”. ¡Ominosa advertencia!
La condena del obispo y la advertencia de los militares poseen, sin embargo, una debilidad en común: ni la una ni la otra permiten entrever porqué los destinatarios de ambas necesitan que se les acuse o se les advierta. Esos destinatarios son políticos, y los pobres votan. ¿Qué más querrían aquéllos que mejorar su condición? ¿Qué mejor para ellos que darles a todos trabajo y asegurarles mejores remuneraciones? Si no lo hacen es que la cosa debe ser más difícil de lo que la condena y la advertencia presuponen.
Y no es que la solución directa, sencilla, no la hayan intentado algunos gobernantes. En 1953 el presidente de Argentina, Juan Domingo Perón, le escribía a Carlos Ibáñez, su colega chileno: “Dele al pueblo, especialmente a los trabajadores, todo lo que pueda. Y cuando ya le parezca que les ha dado demasiado, deles más. Ya verá usted los resultados”. Para aquél los resultados habían sido que los obreros le idolatraban, a su mujer la veneraban en altares. ¿Por qué no seguir su camino? Pero Perón se adelantaba a la objeción que yo planteaba hace un instante: “Todos”, continuaba su carta, “intentarán asustarlo con el fantasma del hundimiento económico, pero eso es mentira: nada hay más elástico que la economía, a la que todos temen tanto porque nadie la comprende”.
El sí, en su delirio populista, la comprendía. Dos años más tarde abordaba una cañonera paraguaya para ponerse a salvo de sus camaradas de armas, que le habían elevado al trampolín desde donde, demagogia mediante, había llegado al poder; ya desprovisto del arrollador apoyo obrero que el 17 de octubre de 1945 Evita había logrado suscitar en su socorro. ¿Qué había acontecido? La economía, después de todo, sí se había hundido: no era a fin de cuentas tan elástica como él creía. De hecho, aún no han logrado reflotarla por completo.
“Nada hay más elástico que la economía”: la sentencia de Perón merecería ser el lema oficial del populismo. No es una fórmula vacía. La elasticidad se refiere a las restricciones en cuyo interior los agentes deben operar. La presupuestal es la restricción paradigmática y central. Una familia que consuma por encima de sus ingresos verá reducirse sus activos o aumentar su endeudamiento, o ambas cosas. No puede fallar. Los hogares que sueñan con la flexibilidad de la restricción suelen ser despertados bruscamente por el alguacil, que llama a su puerta para llevarse los muebles. Y con un país ocurre básicamente lo mismo. La restricción macroeconómica es algo más compleja, pero exactamente igual de inflexible. La inflación desbocada, el desabastecimiento, el gran desempleo, la creciente miseria del pueblo, suelen ser la retribución que los populistas recogen por su insensatez.
Cuando son gobierno. Porque una característica desgraciada del populismo es una notoria asimetría: cuando los que incurren en el pensamiento populista no son gobierno sino sociólogos o profetas, o lo que fuere, no les pasa nada. Al contrario, en la comedia de la vida, suyo es el papel de los buenos y el de los que les resisten, con máxima frecuencia los que gobiernan, de los malos. Aun en el caso de los gobernantes, que pierden su condición de tales en medio del desorden y la miseria que han causado, como en el caso de Perón, o que tienen que rogar ser relevados, como en el caso de Alfonsín, la memoria de la gente sobre las circunstancias de sus caídas es extremadamente breve. Si se me permite parafrasear el Julio César shakespeareano, diría: “el bien que los populistas quisieron hacer les sobrevive, el mal que de hecho hicieron suele quedar enterrado con sus huesos”.
Y eso no es todo. Las insanías populistas causan pobreza. Miren sino cómo quedó Perú después de Alan García. Sin embargo, no se recuerdan críticas de sociólogos ni condenas de teólogos de la época en que Alan García protestaba que iba camino de probar –igual que Perón– que las leyes económicas eran de mentira. Los que quedaron bajo el fuego cruzado de sociólogos y profetas fueron Fujimori y Menem.
No es que yo vea fácil la posición de los líderes religiosos cuando oyen los lamentos de un pueblo que se queja por vivir mal. El silencio –que es la opción indicada para otros que también hablan– puede resultarles inviable. Pero a aquéllos –como al obispo de Zárate-Campana– espero que no sea irrespetuoso llamarles la atención en dos sentidos. En primer lugar, cuando vean que un gobernante está encaminado por una senda populista que lleva al desastre –como Lionel Jospin en la actualidad, elevando salarios a diestra y siniestra en medio del paro forzoso– lo digan. Y, en segundo lugar, si estiman que sus conocimientos de economía son insuficientes para esa crítica, que consideren después si esa carencia no los descalifica también para una condena centrada en los resultados. que en realidad estarán normalmente causados por décadas de malas políticas, sobre las que ellos permanecieron silentes y cuyos efectos no se pueden obviamente revertir de la noche a la mañana. Y, para que no cedan a la tentación de considerar que las intenciones santifican los consejos que puedan impartir, déjenme que les recuerde una máxima de Pascal, gran teólogo a la vez que filósofo y hombre de ciencia: “Esforcémonos en pensar bien: he ahí el principio de la moral”.