A fines del mes pasado las Fuerzas Armadas causaron cierto grado de conmoción al señalar a la opinión pública el peligro de que la “creciente disparidad en la distribución de la riqueza y la cultura de la pobreza” susciten estallidos sociales y una eventual reactivación del terrorismo.
Por cultura de la pobreza entiendo que se alude a la actitud de los sectores sociales que se sienten atrapados y sin salida en las garras de la miseria. Pobreza, al fin, pues, y desigualdad en el reparto de la riqueza y el ingreso. Debe interpretarse que ese mensaje (emitido por el Calen con el visto bueno del Esmaco) va dirigido a quienes pueden tomar medidas para evitar la concreción de aquellos riesgos, o sea al gobierno. Pasada la conmoción, parece ser éste el tiempo de pensar con la cabeza fría qué es lo que la política puede hacer en relación con esa problemática social.
El primer punto a considerar es si la misma batería de instrumentos puede utilizarse para atacar a uno y otro mal. El peligro máximo que yo veo en todo este asunto es la respuesta afirmativa a esta primera cuestión. Es decir, creer que estamos ante un problema puramente distributivo. Hay dos razones para creer que ese peligro es importante.
La primera se apoya en sus hondas raíces culturales. La corriente mercantilista, contra la que Adam Smith se alzó para contraponerle la corriente liberal, había visto la polaridad riqueza-pobreza precisamente en esos términos, y aquella vieja doctrina, que floreció entre los siglos XVI y XVIII, nunca se retiró por completo del escenario cultural, particularmente en los países de origen hispánico. La formulación más antigua (1580) pertenece a Montaigne, quien escribió: “El beneficio de un hombre es la pérdida de otro…ninguno gana sino lo que otros pierden”. Y Bacon, en 1625, casi en iguales términos: “…debe igualmente recordarse que el engrandecimiento de cualquier Estado debe hacerse a expensas del Extranjero…”. El quid de esta tesis es una visión estática de la economía. Si el tamaño de la torta está dado, no cabe duda que si las rebanadas de alguno se agrandan tiene que ser a expensas de los otros comensales. Además el problema a resolver es fácil: es lo que hace mamá en todos los cumpleaños.
La segunda razón proviene de la propia escuela liberal. En primer lugar los economistas clásicos, por razones de sistematicidad expositiva, separaron la teoría de la producción, y por la tanto de la generación del producto nacional, y la teoría de la distribución, o sea de cómo ese producto se reparte. En la primera se trata de los precios de los bienes finales sobre la base de precios ya dados para los factores de la producción, salarios y remuneración del capital y de la tierra; en la segunda se centra la atención en cómo se fija el precio de la mano de obra, de los servicios del capital y de la tierra. Ello da lugar a la ilusión de que el gobierno, aun respetando los mercados de bienes, podría inmiscuirse en los mercados de factores, a fin de alcanzar un determinado ideal distributivo. En realidad este enfoque, que se denomina de “equilibrio parcial”, en tanto va examinando cada mercado sobre la hipótesis de que los demás ya se hallan en equilibrio y sus parámetros básicos pueden tomarse como datos, no representa más que una simplificación, porque los mercados se interconectan los unos con los otros y, en grado mayor o menor, se influyen todos recíprocamente.
Sin embargo, un autor de enorme valía y prestigio, John Stuart Mill, perteneciente a la escuela clásico liberal, dejó tras de sí un pasaje de enorme trascendencia, que sanciona la validez de aquel dualismo. En el Capítulo I, Libro II (Distribución), de sus “Principios de Economía Política” contrapuso la teoría de la producción a la de la distribución de una manera mucho más drástica que sus antecesores. Señaló que la teoría de la producción poseía un determinismo (por oposición, digamos, a “voluntarismo”) semejante al de las leyes físicas, mientras que la distribución está regida por la decisión humana. “Una vez que los bienes están ya producidos”, sostuvo, “la humanidad, individual o colectivamente, puede hacer con ellos lo que le plazca”. Con lo que, naturalmente, el tema del reparto asumía un carácter ético innegable.
De todas maneras, es patente que el gobierno y las instituciones sociales en general no pueden interferir en la distribución de la renta sin afectar su generación. No pueden, por ejemplo, elevar el costo de emplear mano de obra en términos reales sin reducir el nivel de empleo. No pueden reducir la remuneración del capital sin matar la inversión. La rebaja drástica de las tasas marginales del impuesto a los ingresos personales en todo el mundo desarrollado durante los años ’80 representa en tal sentido un reconocimiento terminante.
Por otra parte, en los países en que la pobreza se extiende a una proporción grande de la población, como es el caso de casi todos los países africanos y latinoamericanos, sin excluir –como habría que haberlo hecho hace algunas décadas– a los rioplatenses, la tentativa de resolver el problema de la pobreza por el camino de la distribución está condenado a un total fracaso. Se podría llegar a una distribución totalmente igualitaria y a la vez aumentar la proporción de la población situada por debajo de la línea de pobreza, sin ninguna dificultad.
Si el factor irritativo, potencial generador de violencia y subversión, es específicamente la desigualdad estamos ante un verdadero dilema, porque casi seguramente lo que hagamos para resolver el problema de la pobreza, que racionalmente es lo que debería preocuparnos, temporariamente aumentará la desigualdad. Resolver el problema de la pobreza es tanto como hacer que la economía funcione mejor y quienes primero perciban las consiguientes oportunidades aumentarán sensiblemente su riqueza. Cuando Uruguay era uno de los países más ricos del mundo –digamos, hace cien años– barco tras barco arribaba a nuestro puerto cargado de inmigrantes, que venían a una tierra de promisión. Recién llegados la mayoría de ellos era muy pobre, pero no tenían una cultura de la pobreza (en el sentido que sugerimos al comienzo) sino una cultura de la oportunidad. Venían imbuidos de la necesidad de trabajar y ahorrar, e invertir sus recursos en la educación de sus hijos. Eran pobres que veían ante sí un camino ascendente y comenzaban a escalarlo. Los pobres actuales vienen por lo general cuesta abajo. Hay muchos factores que inciden, pero, en lo económico, el estrechamiento, hasta desaparecer, de las oportunidades es el que ha empujado a muchos a la emigración, a la vez que a los menos emprendedores por la ruta descendente que termina en la marginalidad.
Ahora es muy poco lo que podemos hacer que no consista en deshacer los errores de múltiples generaciones, que destruyeron nuestro potencial económico a través de la consistencia de políticas económicas disparatadas. Pero nadie puede pretender que, de tener éxito la empresa restauradora, los pobres salgan del bache en apretada formación. Será necesario que la aparición de oportunidades resucite la cultura de las oportunidades. Por un tiempo será una élite de entre ellos la que aproveche el cambio.