A veces pienso que Uruguay se halla en un estado de catalepsia moral: que colectivamente no es capaz de vibrar ante las cosas que merecen vibración: que moralmente es materia inerte. La recepción al equipo juvenil vicecampeón mundial me ha dicho que estaba equivocado. ¡Vaya vibración ésa! Confieso que, junto con la reconfortante comprobación de que la capacidad de respuesta vital no se ha extinguido, el episodio me indujo perplejidad. De alguna manera el significado de tamaña reacción me evade. ¿De qué tendrán hambre y sed?. me he preguntado. Tal vez de gloria, de la gloire que embriagó a los franceses bajo Bonaparte, aquí potenciados sus efectos por la larga abstinencia. No sed de justicia, no hambre de verdad.
Una segunda reflexión me es suscitada por la tragedia española, por el horror cometido por la ETA con Miguel Angel Blanco. La imagen de multitudes congregadas para pedir por él primero, para llorarle juntos después, me mostraron un pueblo que sí sabía estremecerse al unísono cuando para ello es el caso. No se trataba. naturalmente, de nuestro pueblo: espiritualmente, la vibración no venía de lejos, pero quién sabe si los genes maternos se debilitaron al cruzar el océano. De todos modos, también aquí cerca tuve un atisbo de algo que podía ser palpitación moral. Me refiero a la carta de los Tupamaros a la ETA, de terrorista a terrorista, pidiendo a ésta que tuviera compasión del rehén, donde además se hacía una admisión de responsabilidad por sus crímenes, que yo llevaba un cuarto de siglo esperando. O lo que la asemejaba. “Llevamos con orgullo” participaron a sus colegas, “las heridas contraídas en combate, y con vergüenza las que alguna pésima vez propinamos a enemigos prisioneros indefensos o a víctimas inocentes”.
Es verdad que hablaban de “vergüenza”, que es sonrojo de las mejillas. y no de “arrepentimiento”, que es sangrar el corazón, pero a manos hechas en el armado de explosivos no se les puede pedir precisión también en el manejo de la pluma. Tal vez allí hubiese, de todos modos, un destello de vida moral. El documento llevaba la firma de Eleuterio Fernández Huidobro, José Mujica y Julio Marenales, los máximos lideres históricos aún vivos. La ilusión duró menos que un lirio.
La carta se difundió hace hoy una semana. El día siguiente se publicó un desmentido. Parcial, pero desmentido al fin. Por de pronto, Mujica, uno de los supuestos firmantes, pretendió no saber qué es lo que la alusión a la vergüenza quiere decir. Resulta que la carta la había escrito sólo Fernández Huidobro, que estaba en España, y obtuvo de Mujica y Marenales mandatos para que la firmara también en sus nombres; apenas mandatos, según parece, restringidos. ¿Se excedió el apoderado? ¿Tiene validez la admisión de responsabilidad? Mujica no lo sabe, no entiende qué quiso decir Fernández Huidobro con lo de la vergüenza. Hay que esperar la vuelta de Fernández Huidobro.
Señor mío. ¡qué uruguayo es todo esto! En este país todo absolutamente tiene un trámite. Hasta la confesión de los terroristas. Durante el trámite no se sabe si es o no es confesión. Hay que aguardar las próximas actuaciones: cuando Fernández Huidobro regrese, tal vez… Una sola cosa está faltando: que antes de decidirse el expediente a la asesoría pasen e legal del MLN.
Sólo en Uruguay podría acontecer semejante cosa. En España, Mujica habría dicho: “El cabrón de Huidobro nos ha traicionado. Si se atreve a volver le dejaremos hecho un colador”, o algo por el estilo. Aquí finge que no entiende qué es lo que el otro escribió. Y el otro, por su parte, estará pensando cómo salir del trance a su regreso. No debería preocuparse, puede pedirle asesoramiento a Tabaré Vázquez, que también estuvo ausente –en Venezuela, explicando por qué no debemos pagar la deuda externa– y ya de vuelta, aún no explicó su segundo plagio.
Presumo que el trance no le hará mover un pelo. Es un especialista en salir de ellos. La historia del primer plagio me pareció un caso típico de la inercia moral que tiene postrado al país. Cuando vi que se había probado que el líder político que exhibe el máximo de apoyo popular en las encuestas cometió plagio, yo esperé que la indignación general haría temblar al país; que se oscurecerían los cielos, las tumbas se abrirían y se rasgaría el velo del templo. No pasó nada. El inculpado se tomó el tiempo que quiso, ni siquiera amagó a dar una explicación, y se despidió del periódico que había recogido la noticia “con tolerancia”: habían osado retransmitir una acusación de plagio contra él y documentarla ad nauseam, pero él se mostraría magnánimo. Todo increíble.
El máximo líder frenteamplista imputó la confusión de la acusadora a no haber leído sus notas previas. Cuando ésta subsanó la omisión que se le señalaba, ¿qué terminó encontrando? Otro plagio. ¿Se puede creer? Mayor que el anterior, en tamaño y en flagrancia. Plagio, las dos veces, no de un diario de Helsinki, ni de Guinea-Bissau; del semanario Tupamaros, que se edita en esta capital. La apuesta de Vázquez parece haber sido doble: a la insensibilidad moral, fundamentalmente, pero también, y antes, a la parálisis intelectual. Y con la segunda no anduvo lejos de acertar: una sola y misma persona descubrió los dos plagios, mientras los periodistas profesionales dormían la siesta por unanimidad.
Con el regreso de Tabaré Vázquez de Venezuela y el de Fernández Huidobro de España tal vez ocurra algo, pero uno no puede hacerse muchas ilusiones. Todo es igual. Miren si no las declaraciones de José Balcaldi, el juez que procesó a Enrique Braga y que sostuvo públicamente que el procesado penal ya no se beneficia con la presunción constitucional de inocencia. Ahora, en su carácter de presidente de la Asociación de Magistrados, y a propósito del proyecto de Código del Proceso Penal que está considerando el Parlamento, reconoció que el sistema actual viola la Declaración de Derechos Humanos de San José de Costa Rica; en tanto, cuando el procesado tiene la primera oportunidad de defenderse, su suerte ya está echada. Es como si Poncio Pilato se quejase de la arbitrariedad judicial romana y de la indebida interferencia del Sanedrín en su jurisdicción. Y puede hacerlo tranquilamente: en Uruguay el sentido moral ya no respira, la indignación no puede despertar.
¿Qué esperanza nos queda? ¿La educación, tal vez? Pero si estamos procesando una reforma que se propone apenas enseñar inglés y computación para que los estudiantes puedan ganar más dinero. No para que puedan pensar por sí mismos, no para que lleguen a ser hombres y mujeres cabales, que sepan distinguir el bien y el mal. Todos bajo los profesores formados todos igual, estudiando los mismos programas en los mismos textos, todos –salvo los ricos que puedan elegir– formados en esa supuesta neutralidad filosófica que llaman laicismo y que nos ha puesto adonde hemos llegado. Monolíticamente, sin una grieta que deje pasar un rayo de luz de experimentación, de disidencia.
Hay tremendistas que dicen que, antes de comenzar a recuperar la salud moral, tendremos que pasar por grandes pruebas y enormes sufrimientos. ¿Les asistirá razón?