Tributo a François Furet

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FINALIZÓ EL MARXISMO, DEMASIADO COMPROMETIDO CON LA PLANIFICACIÓN ECONÓMICA CENTRALIZADA. PERO LA IDEA DE 1789 DE RECONSTRUIR LA SOCIEDAD A PARTIR DE CERO Y CONFORME A LA RAZÓN PURA, VIVE AÚN.

François Furet murió hace pocos días. Precisamente el 14 de julio, fecha simbólica de la Revolución Francesa, a cuya historiografía dedicó la mayor parte de su vida. Hasta él el tratamiento del tema pertenecía predominantemente a lo que llamó el género conmemorativo, ocasionalmente al contrarrevolucionario. O exaltación del episodio por encima del ámbito científico, o negación implícita. No historia, en rigor, ni en un caso ni en el otro. Lo que se propuso la escuela revisionista, que Furet encabezó, fue devolver el fenómeno al ámbito científico a que por su esencia pertenece. Pensar la Revolución Francesa, como reza el título de una de sus obras principales.

Su especialización obsesiva en el tema no es el fruto de la pasión “por” o “contra”, sino de la clara convicción de su carácter axial, como diría Jaspers. “Madre de la civilización política en la que nacimos”, la llamaría. O sea matriz de la que salieron todos los conceptos que usamos para pensar sobre política e historia, sepámoslo o no, y sin los cuales el mundo que nos rodea debe resultar un galimatías. La importancia del episodio francés no proviene de su legado político, cuyo inventario está aún por hacerse. Tocqueville, uno de sus héroes, diría que fue apenas redondear la labor de centralización administrativa que habían comenzado los reyes franceses; idea cuyo epítome nos dejó diciendo que, con la ilusión de que levantaban un edificio flamante, los revolucionarios sólo atinaron a erigir uno hecho con los escombros del viejo. Pero lo que ya no es polémico es que después de 1789 ya no se pensaría, ni sobre política ni sobre historia, de la misma manera que antes. En Francia sobre todo, pero en alguna medida en el mundo entero.

Tomemos, por ejemplo, la idea de revolución. La clase de cambio brusco en la línea del devenir histórico era relativamente nueva en 1789, y era anglosajona. La víspera de la sublevación francesa había culminado la revolución norteamericana, con la sanción de una Constitución Federal. Su antecedente directo había sido la revolución inglesa de 1688-89, que sentó las bases de la monarquía constitucional en Gran Bretaña. Ambos episodios tuvieron notable trascendencia: determinaron en el nuevo mundo la independencia del país que pronto se contaría entre las mayores potencias mundiales, y en el viejo cambiarían la dinastía recalcitrante de los Estuardo por la holandesa y más maleable casa de Orange, sujeta en adelante a una Carta constitucional. (Con frecuencia oirán que Gran Bretaña no tiene Constitución escrita: no lo crean, todo lo más es una verdad a medias). Pero estaba reservado a la Revolución Francesa (por eso con mayúscula) concebir la revolución como una ruptura radical con el pasado y la iluminación del horizonte de la humanidad con una nueva aurога.

Las ideas importan, y no por nada tienen las dos clases de revolución, la angloamericana conservadora –si se me permite la aparente contradicción– y la francesa, radical y utopista, cada una su propio filósofo. Los dos episodios anglosajones, por más que separados por un siglo, se apoyan por igual en Locke. El francés, a pesar de su contemporaneidad con el norteamericano, se inspira en Rousseau. Ambos tributarios de la idea de su común antecesor Hobbes, de explicar la sociedad y el Estado a partir de un contrato entre los individuos. Pero mientras que Locke en el siglo XVII concibe al suyo como un pacto del distante pasado, que inaugura la civilización y la libertad inventando la propiedad privada, Rousseau en el XVIII, para quien la propiedad privada fue el origen de todos los males, pone su contrato social en el futuro, o sea en la patria natural de la utopía. Por lo tanto no como el medio de explicar porqué los hombres han llegado a ser civilizados y libres, sino porqué un contrato social puede lograr sustituir la servidumbre actual –“el hombre nace libre y por todas partes le vemos cargado de cadenas”– por una libertad perfecta.

Las dos clases de revoluciones, de una y otra manera concebidas, se distinguen por sus dinámicas históricas diametralmente opuestas. Las anglosajonas constituyen reacciones contra agravios que los súbditos imputan al trono y, una vez restauradas y garantizadas las viejas libertades infringidas, las revoluciones se terminan. Objetivos concretos, duración limitada, conciencia de que la amenaza vino del Estado y que será imperativo limitarlo en lo sucesivo, así se compone la esencia de las revoluciones lockeanas. La rousseauniana, con lo absoluto por meta, se caracteriza por una dinámica enloquecida e inextinguible.

El carácter interminable de la Revolución Francesa, su origen nítido pero fin difuso, elusivo, problemático, es uno de los temas centrales de Furet. Su primer libro, intitulado La Révolution Française, escrito con Denis Richet, se extiende entre 1787 y 1800, desde los primeros escarceos que llevarán a la convocatoria de los Estados Generales hasta la afirmación del poder de Bonaparte. La segunda –La Révolution, de su sola autoría– extiende notablemente la dimensión cronológica del tema, desde 1770 hasta 1880. ¡Más de un siglo de Revolución! Allí propone que el consenso republicano por fin consolida las ideas de 1789 y que en cierto modo cierra el amplio ciclo. Pero no es la última palabra.

Hay en la historiografía revolucionaria una rama social, que se remonta a Jean Jaurès, y que hace ver el movimiento socialista como una consecuencia, a la vez que superación, de 1789. La identificación de Lenin con la dictadura jacobina de 1793 refuerza el vínculo. Al sobrevenir en 1903 la división de la socialdemocracia rusa entre mencheviques y bolcheviques, Lenin escribe: “El jacobino indisolublemente ligado a la organización del proletariado vuelto consciente de sus intereses de clase, eso es justamente el social-demócrata revolucionario (bolchevique)”. Llegado 1917, la Revolución Francesa sigue viviendo en su vástago soviético. Otro gran historiador de la Revolución Francesa, Mathiez, escribe en 1920: “Jacobinismo y bolchevismo son, a igual título, dos dictaduras, nacidas de la guerra civil y de la guerra extranjera, dos dictaduras de clase, operando por los mismos medios, el terror, la requisición y los precios máximos, y proponiéndose, en último término, una meta semejante, la transformación de la sociedad, y no sólo de la sociedad rusa, o de la sociedad francesa, sino de la sociedad universal”.

¿Será entonces que, entre las cosas a las que la caída del muro de Berlín puso fin, se hallaba también la Revolución Francesa? Personalmente, lo dudo. Creo que lo que periclitó fue el marxismo, demasiado comprometido con el experimento comunista, su suerte demasiado ligada a la planificación centralizada de la economía. Pero la idea de 1789, la reconstrucción de la sociedad universal a partir de cero y conforme a la razón pura, vive aún. Su imprecisión la salvó. La necesidad de los espíritus de creer en algo le mantuvo el aliento. No, la Revolución Francesa no terminó aún. Y en nuestro país, menos que en otros sitios. La vigencia de su profundización, y por tanto la de Furet, siguen en pie, plenamente.

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