Qué es un Liberal

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ES ALGUIEN QUE DESEA PARA SÍ Y PARA LOS DEMÁS EL DERECHO A ELEGIR EN TODAS LAS OPCIONES QUE LA VIDA LE PONGA POR DELANTE.

Es posible que el público uruguayo esté sensibilizado sobre este tema por los artículos de Tabaré Vázquez sobre el neoliberalismo (o de Perry Anderson, que viene a ser la misma cosa), de modo que me ha parecido oportuno presentarles una visión alternativa de qué clase de persona es un liberal y qué clase de sociedad es la que se aviene con sus preferencias.

Es frecuente encontrar en los autores hostiles la sociedad liberal dominada por un individualismo egoísta. Así, Jerome Huyler:

“Es esencial a mucha discusión contemporánea la visión de que el liberalismo implica la adhesión a un vulgar individualismo. El hombre liberal…suele ser presentado como un ‘átomo’ social, un ser exento de lazos y deberes comunitarios profundos o durables. Egoístas, enteramente preocupados con sus propios intereses individuales, y supremamente adquisitivos, los liberales esperan que el gobierno los sirva a ellos, no al revés.” (En “Was Locke a liberal?”, The Independent Review, Vol 1. N° 4, abril-junio 1997)

Si esta descripción del individuo liberal es inquietante, mucho más resulta la de la sociedad que él y sus semejantes componen: Amy Gutman, citada en el mismo artículo, define la sociedad liberal como una en la cual

“cada uno se limita a respetar los derechos liberales de los demás. La gente no forma lazos de amor ni amistad… No integran asociaciones vecinales, partidos políticos, sinagogas ni iglesias. Esta puede ser una sociedad perfectamente liberal…pero ciertamente no es la mejor a que podemos aspirar”.

Gutman no puede estar refiriéndose a ningún ente real, existente en el espacio y en el tiempo, porque nadie ha conocido nunca ninguna sociedad tal. Tiene, por tanto, que tratarse de un ideal de sociedad, obviamente, para ella, del ideal de los liberales. De modo que hasta aquí podríamos inventariar dos conceptos de un liberal: Según el primero, sería un egoísta que se desentiende por completo de su prójimo; conforme al segundo, es alguien que querría que todos sus vecinos fueran egoístas y le dejaran en paz hacer su vida.

Ninguna de ellas parece aceptable. La primera es la definición. pura y simplemente, de un egoísta, y ¿qué ventaja tendríamos con llamarle también “liberal”? El segundo suena más a una ideología, pero ¿quién querría sustentarla, que ventaja podría nadie encontrar en que sus vecinos se desentendiesen de él por completo? Tiene que haber una definición preferible, y yo voy yo voy a proponer la siguiente: “liberal” es alguien que lo que desea es que él mismo y los demás tengan derecho de elegir por sí mismos en todas las opciones que la vida les ponga por delante a ellos y a sus familias, dentro de los límites de ciertas reglas que en conjunto se conocen como “el derecho” o “la ley”. No, por tanto, una postura sobre cómo el hombre ni la sociedad son, o deberían ser, sino sobre lo que el gobierno debe hacer (básicamente aplicar la ley) y no hacer (en esencia, no ultrapasar los límites que la ley le marque; o, dicho de otro modo, no inmiscuirse en el ámbito de libertad que la ley fije a los individuos y las familias).

Pero, ¿qué tienen que ver con este concepto el propio interés de los individuos y su apertura a la solidaridad, y cómo vino el “egoísmo” a entremeterse en el concepto de liberalismo que sustentan estudiosos sobre la materia? Para explicarme tengo que hacer referencia a sociedades que existen, en las cuales los individuos actúan con total olvido de sus intereses privados y absoluta devoción al bien común. Hay división del trabajo, pero cada individuo desempeña su papel sin el estímulo de incentivo alguno: los constructores construyen, los productores de alimentos los allegan a la comunidad, los encargados de la defensa no tienen otra inquietud que la seguridad del grupo, y así sucesivamente. Ajuste perfecto de los individuos a la comunidad y absoluta devoción a ella. Como dije, estas sociedades existen, pero no son, como salta a la vista, sociedad humanas. Son sociedades de insectos sociales: hormigas, termites, abejas. El secreto del olvido de sí mismos que caracteriza a los individuos de estas especies lo llevan en la intimidad de sus cromosomas; en el código genético deletreado en las cadenas moleculares de ADN, que les suministra toda la información que precisan para vivir y actuar.

Naturalmente, las estructuras de ADN que los humanos llevamos en nuestros genes son radicalmente diferentes. Es por ello que somos potencialmente libres para decidir cuál ha de ser nuestra conducta, sin estar determinados por nuestro código genético y las excitaciones del medio ambiente, la única criatura de que ello puede decirse con plenitud. De allí le viene al hombre su particular dignidad, el rasgo que le hace semejante a su Creador. De allí también la dimensión moral de su existencia, el privilegio y la responsabilidad, el misterio y la aventura, de ser libre. El liberalismo es la doctrina que procura adaptar las restricciones político económicas de la conducta de mujeres y hombres a su singularísima situación ontológica.

Sobre el grado de egoísmo y solidaridad que ha de practicar con su prójimo cada ser humano debe ser libre para elegir. Eso dice el liberalismo. Si en gran número quieren vivir en comunidades que pongan en común sus recursos, como los primeros cristianos, gran proporción de religiosos, o miembros de un kibutz y un kolkhoz, éstos de triste memoria, es que el mismo estilo de vida comunitaria se elige libremente en el primero y se imponía compulsivamente en el segundo. Para un liberal, ninguna diferencia podría ser más importante.

De hecho, sin embargo, la mayor parte de los seres humanos centran su preocupación en el bienestar de sí mismos y los suyos, lo que puede combinarse con infinitos grados de entrega a los demás. Y en base a esa propiedad de la especie, tal como el presente y la historia nos la muestra, es que los individuos que componen la sociedad –las sociedades nacionales pero también la universal– pueden cooperar entre sí espontáneamente a través de esa institución que se sitúa en las antípodas de la supuesta desagregación individualista, el mercado. Si las personas fueran insensibles a los incentivos, el mercado no podría funcionar. Si los consumidores volcaran su preferencia hacia los productores en mayor dificultad financiera, en lugar de los que sobresalen en materia de calidad y precio, y los productores adoptaran la tecnología que hiciese más feliz a su personal, en lugar de sus clientes, el funcionamiento espontáneo de la economía conduciría al caos y al despilfarro de recursos escasos. No quedaría entonces otra alternativa que la de simular la compulsión que la biología ejerce sobre los insectos sociales a través de la compulsión política que ensayó, con resonante fracaso, el socialismo real. Afortunadamente, la sensibilidad de los individuos a los incentivos económicos –que poco y nada tiene que ver con el egoísmo, y ninguna incompatibilidad implica con la solidaridad– posibilita que esos seres ontológicamente libres que son los humanos puedan vivir de hecho como tales.

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