por RAMON DIAZ
¿Creemos en la competencia? ¿En la competencia económica, cuyo escenario es el mercado? ¿Creemos en ella, como país? He aquí una cuestión que vale la pena decidir.
Si la respuesta es afirmativa, se trata de una buena noticia. En ese caso, ¡habría tanto para hacer! Apenas deja uno un instante rienda suelta a la imaginación, y ésta se desboca, y le lleva a uno en vertiginosa carrera por un país que se transforma radicalmente, que crece, que prospera, que lucha… hasta volver a asemejarse al país joven y pujante que fuimos cuando dejamos de creer en la competencia.
Porque, –¿qué duda cabe?– en cierto momento de nuestra historia dejamos de creer en ella. Le volvimos la espalda y le dijimos adiós. Muy precisamente a la competencia. No a la propiedad privada, aunque la circunscribimos y la retaceamos; no a la libertad, que nos hicimos la ilusión de poder conservar mientras cada cual pudiera escribir lo que se le antojase en el periódico, y decir lo que quisiera desde la tribuna; no al espíritu de lucro, a quien ningún país, en ningún caso, ha desterrado. A la competencia, específicamente.
Hasta qué punto nos apartamos de la competencia es algo de lo que podemos hacernos cargo echando un vistazo hacia las zonas de nuestra convivencia en que recientemente hemos dado algunos pasos significativos de regreso hacia ella.
Ningún aspecto más característico que el de la provisión de divisas. Los agentes económicos necesitan divisas, sobre todo para comprar bienes y servicios en el exterior. Como todos los recursos económicos, las divisas son escasas. Es preciso, por ende, racionarlas. La forma competitiva de racionar los recursos escasos es a través del sistema de los precios. Los recursos, bajo tal sistema, son asignados a quienes puedan y quieran pagarlos. Pues bien, en los últimos 50 años, y últimamente hasta hace cosa de un lustro, las divisas entre nosotros fueron asignadas, como regla general, por sistemas de racionamiento no competitivos. Basados principalmente en los antecedentes de importación de cada empresa y a veces en criterios accesorios, como la extensión de la nómina salarial y la magnitud de la contribución impositiva.
¿Por qué digo que ningún aspecto ha sido, sobre nuestra aversión a la competencia, tan característico como éste?
Pues porque, en una economía como la nuestra (y, dicho sea de paso, como casi todos) basta con pasar el cerrojo de las divisas para que la competencia quede fuera del quehacer productivo general. Para entrar al mercado hace falta importar. Y para importar hacen falta divisas. Y si éstas son racionadas por el organismo de turno –llámese este BROU, Contralor de Importaciones, o Banco Central– en base a los antecedentes de las empresas –y por definición las que los poseen son las viejas– resulta que ninguna empresa nueva podría venir a perturbar la siesta de los privilegiados…
El proteccionismo, contra cuyos mayores excesos recién ahora se insinúa una reacción –la primera tal vez en un siglo cabal– traduce la misma clase de odio a la competencia que el control de cambios. Con un mercado interno diminuto, cada industria está constituida, por lo general, por una o dos empresas, entre las cuales la solución no suele ser difícil. El ideal era que todos los trabajadores tuvieran trabajo en esas empresas monopolistas o duopolistas, que todos los empresarios percibieran su ganancia “razonable” sin sobresaltos ni excesivas exigencias a la imaginación, y que los que no entraran en una u otra categoría fueran por siempre y pacíficamente empleados públicos.
¿La vivienda? Los uruguayos podían hacerse inquilinos de por vida, a precios que debieron ser “razonablemente” fijados por jueces o peritos, aunque llegaron a ser fracciones minúsculas y risibles de los precios normales. Eso sí, a condición de no mudarse jamás. Por más que cambiaran las circunstancias familiares, o el lugar de trabajo…
Pero, ¿por qué iba nadie a cambiar de empleo? ¿Acaso las empresas no estaban aseguradas –doblemente, por las tarifas de aduana y los cupos del control de cambios– contra las contingencias de la competencia?
De tal manera un ideal tremebundamente estático descendió sobre nuestra conciencia nacional. Nada debería cambiar nunca en nuestra economía. Ninguna empresa debería quebrar, ni reorganizarse básicamente, ni licenciar empleados. Nadie tendría que buscar nuevo empleo, ni por supuesto que readiestrarse para cambiar de tareas. Nadie tendría que mudar de casa. Ningún empresario tendría jamás que idear nada nuevo. Finalmente, una dieta a base de carne barata –no olvidemos que un precio competitivo para la carne vacuna parece aún un objetivo lejano– estaba asegurada para todos: las amas de casa también tenían su garantía contra el odioso cambio.
El sistema no funcionó. Era intrínsecamente abominable, pero además no funcionó; sencillamente, se desmoronó; dio por resultado un estancamiento colosal. No funcionó, ni aquí ni en ningún otro país donde se le haya ensayado, entre todos los cuales se destacan los del Cono Sur de América Latina. En todos éstos el fracaso estuvo a punto de culminar en la consolidación del régimen que en el fondo era el causante de toda la frustración y el fracaso: el socialismo.
En efecto, ¿qué nombre dar a un sistema donde los recursos se asignan, y la renta se distribuye, mediante decisiones políticas, más que el de socialismo? ¿Qué otra designación cabe a un sistema donde no hay otra competencia que la competencia política? Una competencia, dicho sea de paso, que en todos los países del área terminó practicándose, característicamente, con metralletas y bombas.
El marxismo y las otras formas de socialismo cabal y consciente de su condición de tal, aprovecharon el fracaso del socialismo vergonzante que todos los países del área practicamos, y se los imputó al capitalismo. En cierto sentido, con tremenda injusticia, y con radical traición a la verdad. Pero desde el punto de vista ético, no sin razón. Porque si definiéramos el capitalismo como un sistema en que rige la propiedad privada, y en el cual el principio motor de las decisiones es el espíritu de lucro, y dejáramos fuera de la definición la competencia y el mercado libre, habríamos descrito un sistema moralmente indefendible, que muy poco difiere del que rigió por décadas en nuestros países.
No es que yo sostenga que la competencia es un bien en estado puro. Su apreciación ética y estética puede ser opinable, y no puede menos que resultar fuertemente influida por los puntos de vista individuales. Pero a la vez que la competencia es todo esto, es también un componente imprescindible de un sistema de economía basado en la propiedad privada, le parezca a uno más o menos atractiva.
¿Y, sabe usted, lector, por qué esto es así? Pues porque el nivel de vida que el capitalismo –aceptemos la palabreja que parece que Marx ideó– ha conquistado para las masas no ha sido ningún don gratuito, sino arrancado al ambiente material, por primera vez en la historia de la humanidad, mediante una lucha tenaz. Es el fruto del sudor, y de las lágrimas, y del ingenio. De incontables hombres, esforzados tras su provecho personal, cooperando entre sí, pero también trenzados en recíproca competencia. Podrá gustarle a usted esto, o no; pero es un hecho. Y a un país que quiera darle la espalda a ese hecho, le suceden dos cosas. En primer término, fracasa en lo material; la tentativa de supervivir como parásito de una civilización, disfrutando de sus bienes y negando los medios que ella ha singularizado para alcanzarlos, inevitablemente naufraga. En segundo lugar, se transforma en un caldo de cultivo del privilegio –nuestros viejos empresarios con cupos de importación asegurados habrían sido la envidia de los cortesanos de Luis XVI– y fracasa más estrepitosamente aún en lo moral.
¿Por qué los países de nuestra zona continental confluyen en la presente coyuntura de su historia hacia una política económica que, sobre todo por comparación, tanto con su pasado como con el presente del resto de América Latina, es decididamente liberal? ¿Acaso es posible explicarlo sin atender a su experiencia específica, a la concreta naturaleza de su frustración, al peculiar perfil de la amenaza que enfrentaron? Pienso que no, y que todo tiene por origen una conciencia, por más que imprecisa en general, y sencillamente brumosa a veces, de que la ruta que transitamos por décadas, antes de enfrentar la amenaza aguda de la guerrilla, el terrorismo, o el marxismo en el poder, conducía naturalmente a la pérdida total de la libertad, y que la sedición o el comunismo no hicieron otra cosa que preparar la ejecución que llegó a ser inminente con la soga que nuestro derrotero tradicional había terminado librándoles.
En todo caso, esa clase de política es la única salida practicable, y es preciso tomar conciencia de que el camino hacia la salida recién ha comenzado. Sería insensato suponer que el peligro se ha alejado, siquiera apreciablemente. El Uruguay –a la hora de criticar me vuelvo a mi solar nativo– sigue siendo un país básicamente socialista no nos hagamos ilusiones. Es socialista, básicamente, su educación; su seguridad social lo es totalmente; su sistema de atención médica, al menos en grado predominante. El área de las empresas estatales, sin contar con que se estructuran y pretenden orientarse sobre principios radicalmente distintos de los de la empresa capitalista, es enorme. La industria automotriz y la de la carne son dos paradigmas de dirigismo socializante, que se reflejan en numerosos espejos a lo largo y a lo ancho de la economía. ¿Y quién duda de que sería posible seguir dando más y más ejemplos?
Es estimulante haber registrado una tasa de crecimiento del 8 y algo por ciento en 1979, pero sabemos que esa golondrina no hará verano.
El Uruguay, en el fondo, no ha cambiado sustancialmente desde que fue reconocido como uno de los fracasos económicos más estrepitosos, y sus perspectivas para los próximos años permanecen inciertas. No se trata de afirmar que ya estaríamos mejor si se hubiesen tomado las medidas que prescribe una política de competencia.
Tal vez estaríamos, hoy mismo, en una situación más azarosa –ya que no hay cambios sin costos– pero habríamos ganado el derecho a una esperanza que por ahora debemos reputar harto problemática.
¿Creemos en la competencia? De ser así, está todo por hacer, o casi todo. ¿Qué sensación puede haber más estimulante, que sentirse parte de un país en que todo está por construir, o reconstruir, según se prefiera? Esa sensación puede ser nuestra. Ese país que se entrevé de nuevo pujante y lozano, puede ser el Uruguay. Pero ese resultado no nos lloverá del cielo. Nadie tiene derecho a pensar que lo ya hecho, y lo insinuado para el futuro, es suficiente. Una política de competencia radical, que barra con toda la estructura socialista y socializante que nos mantiene básicamente postrados, es la única que puede lograrlo. Ni hay otro camino, no sobra el tiempo para emprender el que tenemos.