Estatizaciones en Francia

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El gobierno Mitterrand está usando su fuerte mayoría parlamentaria para hacer aprobar un vasto programa de nacionalización de empresas, luego de la cual el estado francés quedará dueño del 95 o/o de la banca y de un vastísimo imperio industrial.

Cuando la social democracia alemana hace ya más de una década borró las nacionalizaciones de su plataforma partidaria, muchos creímos que la idea del estado dueño de los medios de producción quedaría reservada a las fracciones del socialismo dominadas por los moscovitas, y otras análogamente dogmáticas.

La razón de ser de la socialización en el sistema marxista radica en su peculiar teoría del valor. Como según ella el capital no es productivo, y no debe por ende asignarse ninguna parte del producto a su remuneración, el estado debe hacerse dueño de los bienes que lo componen como representante de la comunidad. Hoy en día muchos socialistas reconocen que el capital es prodigiosamente productivo, por más que no les satisfaga su régimen de tenencia, y no es menor el número de los que creen que el mercado constituye por regla general el asignador óptimo de recursos.

Una persona puede creer en la productividad del capital, y en la eficiencia del mercado como regla y seguir todavía siendo socialista, si en su opinión las excepciones a aquélla poseen gran importancia, y existen soluciones alternativas preferibles basadas en la intervención del estado. Así, por ejemplo, si cree que la asignación de recursos hecha espontáneamente por el mercado es injusta, propensa a la contaminación ambiental y macroeconómicamente inestable; y, al mismo tiempo, que la manipulación de los instrumentos de la política económica (fiscales primordialmente), actuando sobre el mercado, es capaz de promover la justicia distributiva, la limpieza del medio ambiente, y la estabilidad global de la economía.

La noción de que semejante enfoque podría volverse patrimonio de toda la social democracia, como parece serlo de la alemana, y de la sueca, era un pensamiento optimista, porque la historia de Occidente parece empeñada en hacer sucederse alternativamente en el poder a los partidos social demócratas y otros de centro y centro-derecha; y esa alternancia sólo puede funcionar si cada elección no representa una opción decisiva en materia de filosofía y estrategia económica. La teoría de las fallas del mercado podría haber suministrado el terreno común sobre el cual convivieran orientaciones divergentes, puesto que nadie cree que el mercado es perfecto, y los que creen que los gobiernos pueden llegar a ser perfectos van siendo ya muy pocos. Y la controversia política podría girar entonces sobre una cuestión de grado.

Por lo mismo es una mala noticia que el socialismo francés se haya lanzado a un programa radical de estatizaciones. Lo mismo que es de lamentar que el viejo laborismo británico haya sido copado por huestes extremistas, que Tony Benn amenaza con capitanear en breve, forzando a los elementos moderados a constituir un partido social demócrata. El panorama político europeo, se ha complicado, pues, seriamente.

¿A qué se debe este rebrote del estatismo?

A mi modo de ver, sin duda a la necesidad de la cúpula socialista de encontrar resortes emocionales con que movilizar a las masas. Entre éstos, pocos pueden compararse con el igualitarismo. El igualitarismo —que significa que la distribución de rentas es la que quieren los que mandan— resulta promovido por las nacionalizaciones, ya que cuando éstas abarcan todo el universo de las empresas el gobierno controla el universo de los ingresos.

No creo que la propiedad estatal de los medios de producción promueva ningún otro objetivo digno de mención. Pero el igualitarismo no debe subestimarse, particularmente en Francia. Ya se sabe que de la célebre tríada revolucionaria, Liberté nunca pudo competir con Egalité en el corazón de la izquierda gala, y en cuanto a Fraternité, ella fue interpretada desde un principio, M. Guillotin mediante, de una manera ¿cómo diríamos?— un tanto parcializada.

En mi opinión el fracaso de la experiencia estatista de Mitterrand será notorio. En que ello ocurra con bastante prontitud cifro mis esperanzas de que la unidad política europea y occidental no experimente una fractura insubsanable.

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