En los dos últimos artículos asociamos el concepto de costo social con la intervención del gobierno. Hoy vamos a hacer otro tanto con el sistema de mercados. Decimos que éste presenta fallas cuando su funcionamiento genera costos sociales. En general éstos se pueden definir como la pérdida de ingresos mensurable al comparar el resultado de hecho obtenido con el que habría prevalecido si el mercado hubiese funcionado perfectamente.
El mercado funciona perfectamente cuando el beneficio social marginal de un cierto flujo de producción se equivale exactamente con el costo social marginal consiguiente. Cuando todos los mercados funcionan de esa manera —algo que ocurre a veces en el mundo de los modelos económicos— la sociedad está en un punto óptimo.
El criterio más severo de óptimo es el que propuso el economista italiano Vilfredo Pareto, según el cual el óptimo se logra cuando nadie puede mejorar de posición sin que otro empeore. Si nos hallamos en una situación tal que sería posible mejorar el bienestar de A sin reducir el nivel de vida de B, C... Z, evidentemente que estamos en una posición subóptima, ya que la situación alternativa, en que A mejoraría y nadie empeoraría sería preferible. (La posibilidad de que razones derivadas de la distribución del ingreso puedan someter a controversia esta proposición será considerada en un próximo artículo).
El criterio paretiano puede vincularse a la condición de óptimo ya mencionada, consistente en la igualdad entre costo y beneficio marginales de cada actividad económica. Para ello convendrá volver a utilizar el esquema de las fuerzas del mercado al que ya recurrimos previamente. En la Figura 1 comenzamos presumiendo que la superficie bajo DP entre O y G es mayor que la superficie bajo CC' (dentro del mismo margen) o sea que toda la producción a la derecha de B representa un despilfarro, porque en el margen el costo de los servicios supera la utilidad que la comunidad deriva de ellos. Inversamente, si el consumo (y la producción, por supuesto) fuera menor por que OB, estaríamos en la zona en que el beneficio marginal sería inferior al costo marginal. Ello sería subóptimo, en cuanto cada unidad adicional de recursos que la comunidad asignase al mercado de educación media reportaría a la comunidad más utilidad de la que perdería con tal desplazamiento de recursos.
Convendría a esta altura asegurarnos que comprendemos el concepto de costo. El costo de producir una cantidad Q de un bien cualquiera es el flujo de todos los demás bienes de que debemos privarnos al asignar recursos a la producción de A en vez de uno de los demás bienes. A menudo medimos los costos en dinero, pero debemos tener presente que en ese contexto el dinero es sólo una unidad de cuenta: en cualquier caso estamos midiendo la canasta de bienes que podríamos comprar (y consumir) no produciendo el bien X. Y el costo marginal de producir Q unidades de X es la cantidad de otros bienes de que debemos prescindir por producir Q en vez de Q-1 unidades.
Cuando decimos que el costo marginal de X es inferior al beneficio marginal de un cierto nivel de producción estamos necesariamente afirmando también que saldríamos ganando prestando de otros bienes y cediéndolos a la producción de X, hasta que el costo marginal igualase al beneficio marginal.
La Figura 1 exhibe un caso de falla del mercado. Se trata del mercado de servicios de educación media consumidos por jóvenes en edad liceal. El diagrama presupone que los servicios se venden en un mercado, y en él los demandantes, esto es los hogares, están dispuestos a comprar las cantidades que miden las coordenadas horizontales de la curva DP a los precios que indican sus respectivas coordenadas verticales. Dada la curva de oferta CC', se establece un equilibrio en el que los hogares compran OB unidades al precio de OA (unidades de consumo).
Ese equilibrio representaría un óptimo social si DP describiera toda la demanda de la sociedad por los servicios educativos. Ha llegado el momento de abandonar esa suposición y examinar el significado de la curva D'S.
D'S es una segunda curva de demanda que abarca la anterior, pero difiere de ella en la extensión. Es la demanda de la sociedad como un todo, no la de las familias con jóvenes liceales. Éstas están interesadas en la enseñanza media porque perciben que ello va a mejorar la capacidad futura de sus jóvenes para ganar ingresos en el mercado de trabajo, o como agentes independientes, y mejorar la calidad de la vida a través de un superior equipamiento cultural. En otras palabras, las familias están dispuestas a realizar inversiones en capital humano comprando servicios de enseñanza media. Las familias buscan apropiarse de los rendimientos de la inversión, a través de los mayores ingresos que están confiadas en que obtendrán sus jóvenes. La medida en que sus expectativas en tal sentido resultan contempladas con facilidad no forma parte del problema. Parece razonable suponer que, en conjunto, los demandantes no se equivocarían de manera sistemática en este ni en ningún otro mercado.
La diferencia entre DP y D'S refleja la diferencia entre la demanda privada y la demanda de la sociedad como un todo. Es la demanda pública, pues, en la acepción de los beneficios que, por un lado, exceden a la percepción de los hogares respectivos. Tampoco refleja el aporte para suplir la necesidad de los respectivos hogares en materia de ingresos, aspecto que concierne a una materia, la distribución, que hemos resuelto dejar para más adelante. La diferencia entre las dos curvas representa, en cambio, la ventaja marginal privada de la inversión en capital humano (representada por la altura de la curva) de la que los demandantes privados no lograrían apropiarse.
La premisa crucial en este razonamiento consiste en que la educación, al menos hasta el nivel secundario, contribuye a formar mejores ciudadanos y de modo general a elevar la calidad de la convivencia. Siendo esa clase de beneficios la que hace que la curva pertinente es D'S y no DP, D'S es la verdadera demanda de la sociedad como un todo.
Sin embargo, el mercado no tiene forma de contemplar esa parte de la demanda. Los agentes privados (en el caso, familias con jóvenes en edad liceal) estarían dispuestos a hacer la inversión que les reporta a ellos mismos beneficios (representados por la curva DP), pero el beneficio social que va más allá del privado no tiene forma de materializarse en el mercado como demanda efectiva. Todos los miembros de la comunidad derivarían un beneficio adicional si el consumo de servicios docentes medios se llevase más allá de OB (y hasta OG) unidades, pero el mercado es una institución defectuosa para atender demandas que, como las del ejemplo, generan beneficios que no son apropiables por el agente privado que efectúa la erogación. Decimos en tal hipótesis que el bien o servicio genera beneficios externos. Externos, se entiende, a las transacciones que se desenvuelven en el mercado.
Ello reporta una pérdida neta, o costo social, como suele decirse. El mercado conduce a un equilibrio en E, con OB unidades vendidas, donde el costo marginal es BE (= OA) mientras que el beneficio marginal social es EF.
Puede decirse que el mercado padece de un defecto de visión, que no le permite percibir aquella parte de los beneficios sociales que hemos convenido en llamar externa. Para el mercado los beneficios privados son todos los beneficios. Sin embargo, hay consenso en que, en numerosos casos, los beneficios de determinados consumos desbordan hacia la sociedad, y resultan por tanto inapropiables por los agentes que concurren al mercado. Ello genera la consiguiente pérdida de bienestar.
Contando con la información pertinente ese costo social es cuantificable. La Figura 1 nos está diciendo que la sociedad saldría ganando al atraer al sector enseñanza media recursos radicados en otras industrias, hasta que el beneficio marginal social se igualara con el costo marginal. La incapacidad del mercado para producir el flujo de BG de servicios representa para la sociedad una pérdida mensurable en términos de poder de compra generalizado (canastas de bienes de consumo) por el área sombreada que abarca el triángulo FEE'. (La explicación de la equivalencia del costo social con un triángulo situado entre las curvas de demanda y oferta es igual a la desarrollada en los dos últimos artículos).
La literatura económica en español ha incorporado el anglicismo externalidades para hacer referencia a todos los casos de desborde de los efectos de determinados consumos, ya sea de beneficios, caso del ejemplo que acabamos de ver, ya de costos, como será el caso del ejemplo próximo. Filológicamente se trata de un vocablo infortunado, pero el autor confiesa que las alternativas ("exterioridades" o "efectos de vecindad") no parecen prácticamente promisorias. Tomaremos, por tanto, el barbarismo a cuestas, y con él avanzaremos hacia el caso siguiente.
La Figura 2 exhibe el ejemplo opuesto de externalidad. Se trata del mercado de una bebida alcohólica de altísima graduación, que —según convendremos en aceptar aquí— induce en algunos de sus consumidores enfermedades psíquicas de tipo degenerativo. Aparte del costo de producir el tal brebaje —la privación de otros bienes que serían producibles con los recursos insumidos por la respectiva industria— la sociedad tiene que asumir el tratamiento de cierto número de enfermos por la causa indicada, incapaces de subvenir a su atención por sus propios medios, lo que le reporta una privación adicional de consumo de otros bienes. Ese excedente del costo social sobre el privado es el que separa la curva de oferta CP y la curva de costo marginal social C'S.
Nuevamente el mercado se muestra cegatón frente a la "externalidad". Deja que el equilibrio se materialice en E, con un consumo de OB unidades, siendo así que el óptimo social se configuraría en E', con un consumo de OG unidades. El hecho es que los costos externos desbordan de la esfera de los agentes privados hacia la sociedad, de modo que el mercado se muestra inapto para promover la solución óptima. A la derecha de E' el consumo genera un costo marginal social en exceso del beneficio marginal respectivo, resultando un costo social representable por el triángulo sombreado E'EF.
La intervención estatal: hacia la restauración del óptimo social
¿Qué puede hacer la sociedad en tales casos?
La dirección en que la solución se halla no plantea dificultades. En el primer caso (Figura 1) debe conseguir que el gasto en educación media se expanda en BG unidades al año; en el segundo (Figura 2) debe conseguir que se contraiga en GB unidades.
Sin recurrir al poder coactivo del Estado la sociedad no encuentra una solución satisfactoria. En el primer caso algunas personas podrían movilizarse para conseguir donaciones para las escuelas secundarias, a fin de llevar su producto hasta el nivel socialmente óptimo. Sin embargo es improbable que pudieran lograr su propósito. Todos los miembros de la sociedad se beneficiarían con cada donación. Sin embargo, obtendrían la misma utilidad cuando la donación la hubiesen hecho, no ellos mismos, sino sus vecinos. La tentación de hacerse los desentendidos y dejar que otros "empujen el carro" sería probablemente muy fuerte, y la insuficiencia de los recursos afincados en el sector sería probablemente insubsanable.
Excepto si el Estado interviniese subsidiando la educación media. Supongamos que hace tal cosa y legisla un subsidio que equivale a la distancia vertical entre D'S y DP. Ello llevaría el equilibrio a E', un óptimo social. Sin embargo, debemos recordar que para financiar el subsidio el gobierno tendría que poner un impuesto (o aumentar otros existentes) tal vez con el tipo de costo social que examinamos en los dos últimos artículos. Consiguientemente, hacemos una nota mental en cuanto a que la presencia de una "externalidad" hace que una intervención gubernamental pueda resultar socialmente provechosa, pero no exime al responsable de un balance de costo y beneficios sociales.
El segundo caso es más sencillo. Mediante un impuesto equivalente a la diferencia entre las dos curvas C'S y CP el Estado puede hacer que el mercado perciba el verdadero costo social, dado por la curva C'S. Decimos entonces, con otro infeliz pero tal vez inevitable anglicismo, que la autoridad puede lograr que se internalicen los costos externos presentes en el sector. Si el impuesto está bien definido —las dificultades en tal sentido saltan a la vista pero no hacen a la esencia de la cuestión— el equilibrio podría desplazarse desde E hasta E', y borrarse el costo social que frustraba la consecución del punto óptimo.
Aparte de tratar de las fallas del mercado, y las "externalidades", el artículo de hoy nos ofrece una pista sobre el sentido general del papel que incumbe al Estado en una sociedad que quiere ser libre. Es la pista que seguiremos de aquí a una semana.