Desarrollo Económico y Virtud

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UNA ECONOMÍA DE MERCADO PARECE SER UNA CONDICIÓN NECESARIA PARA UNA SOCIEDAD DINÁMICA Y EVENTUALMENTE PRÓSPERA, PERO NO ES UNA CONDICIÓN SUFICIENTE.

Por qué el desarrollo económico es tan desigual en el mundo? Es análogo a preguntarse por qué razones una Constitución cualquiera, por ejemplo una Constitución democrática, funciona bien en ciertos países y no en otros. Aristóteles, para responder, creyó oportuno mirar más allá de las sociedades, hacia los individuos que las componen y particularmente hacia su estructura moral. Para él las cuatro virtudes cardinales platónicas –valentía, prudencia, justicia y sabiduría– están en la raíz de la felicidad, tanto del Estado como del ciudadano. Montesquieu retomó el tema un par de milenios más tarde, con su tesis de que cada clase de Constitución lleva dentro de su espíritu un principio indispensable para su estabilidad: en la monarquía el honor, en el despotismo el temor, en la república la virtud.

La virtud republicana de que Montesquieu nos habla está asentada sobre cimientos hechos de amor a la patria y a sus leyes, de donde naturalmente emana una inclinación hacia la frugalidad y pureza de costumbres, que a su vez nutren el amor a la república. Si vemos que la Constitución democrática o republicana –en Montesquieu los dos términos son intercambiables– funciona bien en un país y mal en otro, no nos dejemos paralizar por el asombro: el tono moral de uno y otro deberían darnos la explicación.

¿Y en lo económico? Una economía de mercado parece ser una condición necesaria para una sociedad dinámica y eventualmente próspera, pero no es al mismo tiempo una condición suficiente. No hay economías centralmente planificadas que funcionen bien. Meter a una economía dentro del corsé de la planificación central es como enseñarle a un perro a andar en dos patas. Puede hacerlo, mas nunca bien ni por mucho tiempo. Pero hay economías que adoptan las reglas del mercado y sus gobiernos se abstienen de la osadía de intentar planificarlas, pese a lo cual funcionan mediocremente, si no mal. La posibilidad de que la diferencia sea rastreable hasta las cualidades de la población, o, si se prefiere, sus peculiaridades culturales, no debería descartarse.

Puesta en el lenguaje de Montesquieu, la hipótesis a examinar es si no habrá un espíritu de la economía de mercado que lleve en su seno la demanda de ciertas cualidades, sin satisfacción de la cual el árbol no llega a dar sus frutos con plenitud. Es cierto que para muchos ese principio no es más que la concupiscencia, el afán de lucro sin tasa ni medida, una pasión fácilmente ubicable dentro de las sociedades que no han alcanzado el éxito económico, pero en realidad se trata de otra cosa. Tal identificación de la economía de mercado, o del capitalismo, con el espíritu de avaricia no es más que una superficialidad, como lo sostiene Max Weber, cuando afirma:

“El impulso hacia la adquisición, la búsqueda de provecho, de dinero, de la mayor cantidad de dinero, no tiene nada que ver en sí misma con el capitalismo. Este impulso existe y ha existido siempre entre los camareros, los médicos, los cocheros, los artistas, las prostitutas, los funcionarios corruptos, los militares, nobles, cruzados, jugadores y mendigos. Puede decirse que ha sido compartido por todas las clases y condiciones de hombres en todos los tiempos y en todos los países de la Tierra, cada vez que la posibilidad objetiva para ello se ha configurado. El afán ilimitado de ganancias no es en manera alguna idéntico con el capitalismo, y menos aún constituye su espíritu. El capitalismo podría ser hasta idéntico con la restricción, o al menos la atenuación racional, de este impulso irracional. Pero el capitalismo es idéntico a la búsqueda de la ganancia y su incesante renovación, por medio de la empresa capitalista, continua y racional.”

Es sabido que el socialdemócrata Weber creyó encontrar el principio nuclear del capitalismo en lo que llamó la “ética protestante” y su adhesión a un conjunto de virtudes donde se destacan laboriosidad, frugalidad y veracidad o confiabilidad. La raíz específicamente protestante de este ethos ha sido debatida. El mismo Weber reconoce que en muchos aspectos el capitalismo antedata largamente a la Reforma. Michael Novak le critica por haber dejado fuera del espíritu del capitalismo al carácter católico y al judío. Aquí no me haré cuestión de esta controversia, sino del núcleo específico de virtudes que mueven al crecimiento económico y del amplio consenso que al respecto ha existido desde el siglo XVIII.

Regresando por un momento a Montesquieu, vale la pena recordar que, luego de referirse a las ventajas que de la relativa igualdad en el reparto de bienes se derivan para una república, hace una salvedad crucial para el propósito de este artículo. Escribe así: “Cierto que cuando una democracia se funda en el comercio, las personas privadas pueden adquirir vastas riquezas sin corrupción de la moral. Esto es porque el espíritu del comercio es naturalmente acompañado por los de la frugalidad, ahorro, moderación, laboriosidad, prudencia, serenidad, orden y medida.” Por su parte Adam Smith traza el perfil del agente capitalista paradigmático, que identifica con el burgués diligente y parsimonioso de Amsterdam, cuyas virtudes se nutren del acicate de la competencia, en oposición a los magnates de Cádiz y Lisboa, adormecida como él veía su creatividad por las fabulosas ganancias que extraían del comercio con las colonias.

Trasladándonos a nuestro tiempo, nos topamos con la visión de Friedrich Hayek, de una economía de mercado construida sobre fundamentos de moral, movida por virtudes, que transmite la tradición y la religión apuntala. Entre las virtudes específicas, Hayek menciona: laboriosidad y disciplina en el trabajo, responsabilidad, disposición a aceptar riesgos, frugalidad, honradez y virtudes asociadas a la vida de familia.

Juan Pablo II toca el tema en Centesimus Annus, en lo que constituye una innovación dentro de la doctrina social de la Iglesia. Para la encíclica en el desarrollo económico “…están comprometidas importantes virtudes, como son la diligencia, la laboriosidad, la prudencia en asumir los riesgos razonables, la fiabilidad y la lealtad en las relaciones interpersonales…” Y a propósito de la reconstrucción de los países que sufrieron el yugo comunista, el Sumo Pontífice recuerda la necesidad de devolver en ellos la salud a “…virtudes relacionadas con el sector de la economía, como la veracidad, la fiabilidad, la laboriosidad”.

La teoría del desarrollo no puede permanecer, pues, cerrada sobre su propia perspectiva económica. En seis milenios de civilización, sólo en el último, y en el occidente judeo cristiano asistimos a un proceso de crecimiento económico que permite acceder a las masas a niveles de vida nunca antes sospechados para el mayor número. Los países que ven el fenómeno desde la periferia del sistema no deben quedar obnubilados por los aspectos económicos de la cuestión. Ni pensar, por supuesto, que la educación necesaria para alcanzar la prosperidad se reduce a enseñar computación e inglés. He aquí un tema, hoy apenas presentado, sobre el que me propongo insistir.

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