Es fácil percibir la relación que guardan las fluctuaciones del comercio mundial con el esplendor y la decadencia de las civilizaciones. El milagro de la Atenas de Pericles siguió a su desarrollo comercial, a la vez que el ocaso definitivo de la civilización grecorromana conoce como causa principal el cierre del Mediterráneo a la navegación comercial de la cristiandad por los corsarios sarracenos en el siglo IX. A la vez la reapertura del mismo mar al comercio occidental por los marinos normandos suscitó el renacimiento de los siglos XI a XII, mientras que el quattrocento es inimaginable sin la expansión marítima de Génova y Venecia, ni la revolución industrial sería comprensible sin la creación de la infraestructura naval de un mercado mundial por las expediciones lusohispánicas de los siglos XV y XVI.
El vínculo entre el crecimiento económico y el florecimiento cultural es tan obvio que cuesta creer que el mensaje de Prebisch dirigido a los países menos desarrollados para que intentaran una estrategia económica autarquizante haya podido tener el éxito que alcanzó.
Claro que ello sería más estupefaciente aún si el desarrollo mercantil de los siglos XVI y XVII no hubiese ya entonces alentado una corriente de pensamiento económico, conocida en general como mercantilismo, uno de cuyos rasgos más salientes consistió en enfatizar, —como no cabría haber esperado— la comunidad de intereses que promueve el intercambio voluntario, sino el áspero conflicto en torno a quién sale ganancioso de cada transacción. El célebre ensayista Michel de Montaigne en 1580 escribía: "La ganancia de cada hombre es la pérdida de otro... nadie gana sino lo que los demás pierden". Esta idea, claramente basada en la presunción de que la riqueza representa un acervo dado, ha sido llamado el "dogma de Montaigne". El gozó de notable predicamento hasta que la corriente mercantilista fue desplazada por la liberal, pero aun después siguió latente en la cultura de occidente, sin duda por tener íntima conexión con oscuros resortes del alma humana, prestos a revivir cuando menos pudiera uno esperarlo.
Es el caso de la nueva versión de aquel dogma disparatado que prohijó Prebisch, cuyo escrito básico, aparecido en 1949, vino a coincidir con el inicio de la mayor expansión comercial de toda la historia, que llenara las décadas de 1950 y 60, a cuya vera permanecieron atascados determinados países suficientemente insensatos para apartarse de aquel pujante convoy en el momento menos oportuno. Quizá no haya habido otros tan desastrosamente afectados como los dos rioplatenses. La enorme ventaja que Australia y Nueva Zelanda le llevan hoy a Argentina y Uruguay se gesta en ese par de décadas en que los de aquí gastamos nuestros esfuerzos en una campaña de crecimiento hacia adentro. Hay cifras curiosas. A principios de la década de los 50 Uruguay poseía un ingreso per cápita mayor que el de Japón. Hoy, cuando Japón se ha convertido en una de las dos mayores potencias industriales del mundo, la comparación misma es irrisoria.
¿Hasta qué punto se ha librado hoy el mundo menos desarrollado de aquel refrito mercantilista que Prebisch y la Cepal le sirvieron hace medio siglo? Vale la pena trazar algunos hitos en la evolución de las ideas y las instituciones. La sustitución de importaciones, como dio en llamarse la versión del proteccionismo de inspiración cepalina, generó un proceso de crecimiento económico de cierta intensidad, pero que se había agotado en menos de una década. Para Prebisch y la Cepal tal falta de aliento de la política que propiciaban era un desafío a la vez que un contratiempo. Prebisch nunca se dio por vencido. Su diagnóstico fue que la industrialización requería mercados mayores que los de cada país latinoamericano. El remedio que ofreció para superar el estancamiento se llamó Alalc. Era un proyecto de integración regional, como Mercosur, pero no dirigido a crear mercados ampliados que permitieran la especialización de los países miembros, sino hacia atraer inversiones extranjeras hacia ellas.
El sistema de desgravación arancelaria, basado en la negociación de producto por producto, concesión contra concesión, hizo de Alalc un avión que no despegó nunca. Rápidamente Prebisch pensó en otra solución: la planificación de las inversiones en el ámbito de integración, que también se plasmó institucionalmente, pero más que con un ámbito geográfico menor: el Pacto Andino. Cuando se vio que esto tampoco funcionaba, Prebisch sacó todavía otro conejo institucional de su inagotable galera. Nació así Unctad, un foro mundial destinado a promover la industrialización de los países menos desarrollados a través del comercio dirigido. La estrella de la primera conferencia de Unctad, instalada en Ginebra, fue el Che Guevara. Allí decía:
"Contrastando con el impetuoso crecimiento de los países del campo socialista... existe el hecho indudable del estancamiento total de una gran parte de los países... subdesarrollados... Estas características no son casuales; responden estrictamente a la naturaleza del sistema capitalista... que traslada hacia los países dependientes las formas más abusivas y menos enmascarables de la explotación".
Corría entonces el año 1964. La alusión al "crecimiento impetuoso" de los países del socialismo real fecha irremisiblemente el mensaje. Pero, ¿estaremos realmente en la otra vertiente de una cordillera ideológica? El año siguiente el mismo Guevara proclamaba: "El nivel de vida (de los países desarrollados) está basado en la miseria de los nuestros". Una versión semejante del dogma de Montaigne, ¿hoy sería posible?
Los hechos sin duda han sido adversos al mercantilismo cepalino, pero las teorías no caen realmente sino ante otras que ocupan su lugar. Cuáles puedan ser éstas es, entonces, la pregunta a formularse.