Europa y su cultura

Descargar PDF

Mario Vargas Llosa publicó en Búsqueda (16/12/04) un artículo en el que da cuenta de que el gobierno holandés le encargó a un grupo de 'ideas y sugerencias' presentar propuestas a dicho gobierno para la construcción de Europa como unidad política en el período inminente previo al referéndum constitucional. Vargas Llosa se siente guiado por un conjunto de 'coincidencias' reunidas a través del medio de centenares de entrevistas con académicos y políticos, y algunas proposiciones, de donde cree descubrir 'la identidad cultural de Europa'. Esta consistiría en 'la suma de rasgos y credenciales que la singularizan de las otras sociedades y culturas del mundo'. El enfoque, consistente en sumar rasgos y convicciones a través de entrevistas, resulta inadecuado, incapaz de sustituir a la inmersión en la historia pertinente.

Ni en realidad satisface al propio Vargas Llosa, quien, citando a un escritor polaco, propone que la identidad cultural de Europa reside en la ausencia de cualquier identidad plenamente formada. De allí infiere que "Europa debe edificarse respetando y alentando la formidable diversidad religiosa, ideológica, política, cultural de las sociedades que la integran." Para concluir, finalmente, que "en esa Europa ideal, democrática, liberal y libertaria, los ciudadanos podrán elegir su dios o no tener dioses, practicar una religión o ser ateos o agnósticos y decidir la lengua en que quieran expresarse, el sexo que prefieran..., etc."

Esta enumeración refuerza mi disidencia con el método aceptado por el articulista. Sin ir más lejos, porque la gente no suele decir lo que piensa. Menos hoy en día que en cualquier tiempo pasado, cuando no era obligatorio (bajo severas penas) abstenerse de enunciar ninguna proposición que no fuese "políticamente correcta". Por ejemplo, permítaseme dudar que la cultura europea incluya la idea de que el sexo de una persona sea el resultado de una opción suya, en lugar de un dato impuesto por la naturaleza. Sobre todo si por "cultura de Europa" entendemos el saber transmitido de generación en generación, por siglos, y no las últimas novedades ideadas por intelectuales ávidos de fama. Máxime cuando la idea de una cultura europea data de varios milenios. Tantos como la edad de la historia misma. En efecto, si reconocemos a Heródoto como el primer historiador, escribiendo en la primera mitad del siglo V AC nos impresiona que ya tenga conciencia de una diferencia cultural entre Europa y Asia, atribuyéndola a tiempos mucho más lejanos aún. En el primer capítulo del primer libro de historia le oímos afirmar que, como consecuencia de la expedición helena contra Troya, los asiáticos sentían por los griegos, y demás europeos, odio inextinguible. Repárese en el fragmento que dice: "En cuanto a Asia, con todas las diversas tribus bárbaras que la pueblan, es considerada por los persas como propia; pero Europa y la raza helena las consideran ajenas y separadas."

El que hace 2.500 años ya hubiese un concepto bien nítido de Europa no puede dejar de impresionar al lector actual, y sofrenar su posible inclinación a pronunciarse sobre su identidad cultural por el mismo método que inquirimos sobre la intención de voto en un período preelectoral. También solicita nuestra capacidad de asombro la diferencia de población y territorio entre Grecia y Europa por un lado, Persia y Asia por otro, con enorme diferencia a favor de los segundos, y sin embargo habiendo sido los primeros quienes sobresalieron en sus realizaciones. ¿Cómo fue tal cosa posible? Nuevamente Heródoto tenía ya una explicación hace 2.500 años: "Grecia ha sido en todos los tiempos un país pobre. Pero en ello funda su areté (virtud). Llega a ella mediante el ingenio y la sumisión a una severa ley. Mediante ella se defiende Hélade de la pobreza y la servidumbre." Libertad y decoro, pues, pero no caídos del cielo, sino hijos de la virtud y el esfuerzo. He ahí el terreno en el cual debemos inquirir sobre la identidad cultural de Europa.

Sigamos la pista de la ley, cuyo papel en la impronta cultural de los albores europeos acabamos de glosar. Un par de siglos después de que escribiera Heródoto, se instalaba en el Lacio un pueblo del mismo origen étnico de los griegos —cuya lengua, estructuralmente muy semejante al griego, se conoce como "latín"— y cuya ciudad capital, Roma, ha sido bautizada "la ciudad eterna". Entre los títulos de ésta para brillar en la historia universal se cuenta la ley, que su pueblo generó —no se trataba de legislación, y la lex era sinónima de ius ("derecho")— cuya contribución a la justicia y la libertad en la historia del mundo no puede exagerarse.

Pues bien, dado un salto milenario nos lleva a Inglaterra, cuando despuntaba el siglo XVII de nuestra era. Habíase desarrollado allí el common law, único sistema jurídico de grandeza comparable al romano en el plano universal. Como los jurisconsultos romanos descifraban el ius, los jueces ingleses desentrañaban lo que en aquel país se llamaba law, igualmente de origen espontáneo, no legislativo. A no ser por alguna interferencia de los monarcas (que empezaron a acumular poder a partir del siglo XVI) nunca se conoció un sistema jurídico que ofreciese a los agentes privados parecida certidumbre. Esa intromisión llegó a un máximo bajo Enrique VIII, pero Isabel, una hija suya, restituyó notablemente la seguridad jurídica. Ello aconteció cuando, habiendo la reina otorgado a uno de sus favoritos una prebenda, la máxima autoridad judicial (Cámara de los Lores) la anuló por contraria a la ley. Y no solo ello, sino que —lo realmente estupefaciente— la supuesta soberana se inclinó ante la decisión de los jueces, con lo cual la verdadera soberana pasó de hecho a ser la ley. Habíase así expedido partida de nacimiento al Estado de Derecho, que distinguiría a los países europeos, así como a los otros afiliados con ellos a lo que llamamos Civilización Occidental; es decir, Europa y los países del hemisferio occidental más afines a la cultura europea, fuera de cuyo ámbito el Estado de Derecho nunca prosperó.

Al llegar al tema clave de la religión, este articulista comprueba consternado que el espacio se le ha agotado. En una oportunidad ya abordé el tema, a propósito de una iniciativa de Juan Pablo II; pero es imperioso que vuelva sobre él, y pronto.

Vista previa del documento