El capitalismo: cómo y cuándo nació

Descargar PDF

Existe sobre este tema una gran confusión. Lo primero que uno tiene que tener claro es que en la antigüedad no hubo capitalismo. Una de las características salientes del sistema es el dinamismo, no solo en lo que concierne al valor creciente del flujo de bienes y servicios producidos por cada economía, sino una apertura hacia variaciones tecnológicas y estructurales, y una intensidad en cuanto al comercio. Otra característica decisiva consiste en que emplea solamente mano de obra libre. La esclavitud es extraña al capitalismo. Adam Smith aventuró la hipótesis de que la mano de obra servil es el factor de retardo en la evolución de la economía antigua. En aquella época, el tardío desarrollo de Atenas, concentrado en su producción orientada hacia el comercio, es lo único que hace pensar en el capitalismo; pero un par de fuertes obstáculos cerraron el paso hacia aquel posible destino: el trabajo casi exclusivamente servil y el estancamiento tecnológico, dos factores probablemente mutuamente correlacionados. Es curioso que Roma, con la vastísima variedad de materias primas derivadas de su condición imperial, su notable desarrollo jurídico —también un requisito importante del capitalismo— y el dominio absoluto sobre la navegación en el Mediterráneo —Mare nostrum— entrara en decadencia antes de haber superado su medianía económica. Vale la pena recordar las dos fuerzas decisivas que impulsaron su retroceso, cuya percepción puede hacerse óptimamente bajo Diocleciano: la burocracia y la inflación (otra vez factores interrelacionados, cuya influencia negativa sobre el crecimiento económico no es necesario destacar a un público latinoamericano).

Asimismo, antes de considerar el capitalismo, cuyo nacimiento situaremos en el siglo XI de nuestra era, señalaré que por varios siglos en adelante no lo vemos desenvolverse fuera de Occidente. Los años oscuros de la Alta Edad Media coincidieron con el esplendor de la civilización islámica. En las universidades musulmanas se traducía a Aristóteles (de donde poco a poco los occidentales iban traduciéndolo del árabe al latín), dentro de sus límites, que llegaban a los Pirineos, se elevaban ciudades maravillosas, el dominio del Mediterráneo ahora era suyo, pero nada en lo económico insinuaba la aparición de un capitalismo mahometano (pese a haber sido Mahoma de profesión mercader). Tampoco hubo a la sazón capitalismo en la China, ni en la India prebritánica, ni en África, ni en América, tanto bajo los imperios aborígenes como bajo los imperios ibéricos que les sucedieron.

Lo que sugiere el panorama histórico esbozado es que el lanzamiento del capitalismo no fue una operación fácil. Naturalmente, en lo superficial, siempre que se vence una tamaña dificultad habrá una coyuntura favorable que se habrá aprovechado, pero esa no es la cuestión. A través de los siglos deben haberse desperdiciado millares de ese género de coyunturas. Cuando una de ellas se aprovechó tenía que ser que en el área clave se disponía de determinados requisitos, presuntamente culturales, a fin de que la ocasión propicia se aprovechase. Esa cuestión, la de los requisitos, es el verdadero tema. Pero veamos primero qué fue lo que aconteció en el siglo XI para que este articulista les proponga una tesis que, por más que cuenta con apoyo historiográfico de primer orden (Henri Pirenne), no es de recibo general ni habitual.

Hay una famosa tesis sobre los requisitos culturales del capitalismo que puede servirnos de introducción a la menos famosa, pero, según veremos, preferible. Me refiero a la tesis de Max Weber, según la cual ese requisito cultural consistió en lo que él consideró las virtudes típicas del protestantismo: una ética del trabajo, el ahorro y el respeto de la palabra empeñada. De acuerdo con la pertinencia de esas virtudes en el asunto que tenemos entre manos, pero acontece que, cuando Lutero clavó las 95 tesis en la puerta de la Iglesia de Ausburg, el sistema económico que llamamos "capitalismo", o "economía de mercado", llevaba más de cuatro siglos expandiéndose.

¿Qué es lo que había acontecido? Describiré el episodio en cuatro etapas. En la primera, los marinos musulmanes y piratas bereberes cierran el Mediterráneo, principal vía comercial de la antigüedad occidental, al comercio de la Cristiandad. Las ciudades desaparecen. Roma, con 30 mil habitantes, es la solitaria concentración urbana restante. Ante las invasiones bárbaras, v. gr. vikingos y húngaros, la gente busca refugio tras las murallas de los burgos de los nobles, en su mayoría transformándose en siervos. Es el feudalismo. Segunda etapa: los normandos, descendientes de los vikingos, establecidos en el noroeste francés y convertidos al Cristianismo, irrumpen en el Mediterráneo con navíos muy superiores a los islamitas. (Dicho sea de paso, sus naves surcan los grandes ríos de Rusia, en la que establecen una aristocracia, a la cual la población eslava llama "rusos" —rojos— por el color de sus cabelleras). Los barcos del enemigo eran iguales a los que habían barrido las flotas de la Cristiandad dos o tres siglos antes: dependían de vientos favorables y llevaban galeotes que ayudaban con sus remos. Los navíos normandos innovaban con sistemas de velas que facilitaban notablemente las maniobras, antecesores de todos los buques hasta el advenimiento del vapor. Era la creatividad occidental, otro requisito importante. El Mediterráneo fue reabierto a la Cristiandad. El comercio floreció. Venecia, Génova, Pisa, Florencia, Marsella, Barcelona, las ciudades germánicas de la Liga Hanseática, y muchas más, florecieron con él. El mundo financiero se constituyó. En el siglo XII se hablaba de un Renacimiento. Las catedrales góticas son los testimonios más obvios del esplendor de aquella época. Tercera etapa. En los siglos XVI y XVII la ciencia occidental se dispone a sentar las bases del desarrollo tecnológico que se llamará Revolución Industrial. Si se hace excepción parcial del siglo XIV, en el cual la Peste Negra produjo gran mortandad (haciendo, a propósito, que los salarios subiesen), el crecimiento económico desde el siglo XI no se detiene. Si bien la matemática a disposición de Newton y Leibnitz era comparable con la de los alejandrinos de hacía mil años, los occidentales la usan para desarrollar el cálculo infinitesimal, esencial para el diseño de la maquinaria, mientras aquellos se limitaron a fuegos de artificio. Cuarta etapa: las ciudades que nombramos, y las demás de su condición, eran libres. Se autogobernaban. No había siervos entre sus pobladores. Todas las instituciones del derecho mercantil actual se originan de allí. Los mercaderes instituían sus propias cortes de justicia. La libertad y la ley también constituyeron prerrequisitos del capitalismo.

Vista previa del documento