América Latina tenía una cita con la prosperidad, la misma que tuvo Estados Unidos, y faltó a ella. Debemos preguntarnos por qué.
Pero antes dediquemos un momento a cerciorarnos de que la cita con el desarrollo económico y político lucía esencialmente igual durante largo tiempo para el norte anglosajón y el sur indo ibérico. En un libro que vio la luz en 1776, el mismo año en que Estados Unidos declaró su independencia, Adam Smith, a propósito de las colonias de los reinos español y portugués, sostenía que la riqueza de sus recursos y la dulzura de su clima compensaría la inferioridad de los regímenes impuestos por sus metrópolis. Aproximadamente medio siglo más tarde, George Canning, ministro de Jorge IV, al reconocer la independencia de los nuevos estados iberoamericanos, registraba su convicción en cuanto a que su emancipación había alumbrado un nuevo mundo llamado a corregir el equilibrio del viejo. Dando otra zancada de media centuria, nos encontramos con el optimismo de lord Acton sobre nuestros destinos. En 1868 escribía: “Por más que se halla generalizada la creencia de que [los nuevos países] contrastan muy a su desfavor con la república norteamericana, en la mayor parte de América del Sur ello ha dejado de ser cierto, pues en varias de esas vastas comunidades tanto la población como el comercio están creciendo a tasas mayores que las de la Unión”.
Es cierto que no existía unanimidad. En la primera parte de La democracia en América, que se publicó entre 1835 y 1840, Alexis de Tocqueville muestra claro escepticismo. Luego de señalar que la disponibilidad de recursos materiales del sur era incomparable, observa que “…Sud América no puede mantener una democracia”. La disidencia de Tocqueville, sin embargo, no obsta a mi premisa básica, que es la igualdad de oportunidades, no de realizaciones. Al contrario: “Otras naciones de América”, escribe aquel agudo observador, “tienen las mismas oportunidades para la prosperidad que los anglo americanos, pero no sus leyes y costumbres, y están en la miseria”. Lo que precisamente constituye el meollo de mi tesis.
He traducido por “costumbres” la palabra latina mores que aparece en el original. El propio autor aclara que por mores entiende los “hábitos, opiniones, usos y creencias”. La cultura, en una palabra. Las leyes y la cultura, es la tesis de Tocqueville, han hecho la grandeza de Estados Unidos, la mediocridad del sur. ¿Qué pensar al respecto?
En lo que a mí respecta, no podría estar más de acuerdo. Ni siquiera se me ocurre cómo se podría disentir. Claro que las leyes son parte de la cultura, de modo que toda la diferencia se concentra en ese concepto. Nuestra cultura no ha sido a la estabilidad ha sido propicia a la libertad política, ni a la prosperidad. No veo cómo, en este plano de generalidad del diagnóstico, éste pudiera cuestionarse.
A medida que descendemos hacia mayor detalle, naturalmente, las dificultades irán creciendo. Con todo, el diagnóstico general tiene sus implicancias interesantes. Por lo menos sabemos que si la raíz del mal está en la cultura, no está en la naturaleza, que es la otra mitad de la realidad temporal. No llevamos la clave de nuestro fracaso en los cromosomas; por tanto no dependemos para zafarnos de él de una afortunada lluvia de rayos cósmicos que irrumpa en la intimidad de nuestras células y haga maravillas en nuestra estructura genética. Al mismo tiempo, cuidado con creer que cambiar la cultura conscientemente es tarea sencilla.
Eso sí, podemos siempre probar. Una semana atrás citaba en esta misma página a Juan Pablo II, a propósito de la necesidad que veía de restaurar, en los países que formaron parte del imperio comunista, algunas virtudes esenciales para la vida económica, tales como “la veracidad, la fiabilidad, la laboriosidad”. Una empresa dirigida a ese fin tendría valor en sí misma y, si pudiera revivir virtudes, es decir, cambiar nuestra cultura, tanto mejor.
En mi opinión lo que nuestros países necesitan antes que nada es tomar conciencia de que el valor verdad ha padecido en nuestra parte del mundo un eclipse secular. En lo que a Uruguay concierne, por ejemplo, la devaluación de la verdad se comprueba a cada momento por los revolcones que cotidianamente le inflige su rival en nuestro tiempo, que es lo políticamente correcto. En nuestro discurso ciudadano el mandamiento “dirás la verdad” ha sido sustituido por “dirás lo políticamente correcto”. De modo que el primero ha quedado sin sanción. Un hombre público puede mentir abiertamente sin que le pase nada; por ejemplo puede publicar artículos ajenos bajo su firma sin que nadie se inmute mayormente. En cambio, suponga que un hombre público dijera algo políticamente incorrecto –como por ejemplo, “el aumento que acaba de concederse a los empleados de Salud Pública es inconstitucional”– e ipso facto quedaría condenado a un ostracismo cabal; y por eso nadie lo dice, pese a ser verdad.
U obsérvese lo que acontece en la órbita penal. Cualquier persona medianamente avisada puede saber de qué manera va a resolver cualquier juez o tribunal sobre cuestiones de pública repercusión. Por supuesto, sin haber estudiado el caso. Porque el que un imputado sea culpable o inocente –que en modo alguno digo que cualquier persona lo sepa– tiene poco que ver con lo que ha de resolverse. El vere dicto, que tiene que preceder a la iuris dictio (decir la verdad sobre los hechos previamente a extraer sus consecuencias jurídicas) ha sido sustituido por la proclamación de los hechos políticamente correctos, que uno ya los sabía antes del primer acto procesal.
Y considérese aun la mitificación de nuestra historia económica. Uruguay tuvo un período liberal que fue al mismo tiempo de prodigioso desarrollo. En el primer medio siglo de vida independiente, gracias a un notable crecimiento económico y demográfico, se transformó, desde sus modestísimos orígenes, en uno de los países ricos del mundo. El Estado, sin siquiera asegurar el orden interno, contribuyó en algunos aspectos a tan señalado progreso: amplísima política inmigratoria, preservación de una moneda sana, condiciones para la expansión de una banca libre (por supuesto, privada en su totalidad) y orientación hacia el libre comercio en todo lo aduanero. ¿Por qué no se habla de esto? Muy sencillo: no es políticamente correcto sostener que prácticamente todo lo que somos en materia económica es una herencia de un tiempo en que el Estado no se metía en la economía más que para asegurar la infraestructura requerida para la actividad privada; antes de la reforma educativa, antes del proteccionismo, antes de la banca estatal, antes de los entes autónomos y del dirigismo generalizado que después fue abatiéndose sobre el país. Yo lo he sostenido públicamente más de una vez, pero lo políticamente incorrecto no es refutado sino rodeado de una muralla de silencio.
Esto no es más que un aspecto incidental de la batalla a librar para recuperar las condiciones culturales que podrían devolvernos nuestra largamente perdida vitalidad. Pero por algo hay que empezar.