Innegablemente, la iniciativa de un periódico danés, y otros occidentales, de reproducir una serie de caricaturas de Mahoma, constituyó una manifestación de mal gusto. Yendo un poco más hondo, puso de manifiesto el grado en que el respeto por lo sagrado se ha erosionado en el mismo ámbito, siendo entendido "lo sagrado" para un número apreciable de fieles, que en este caso supera largamente los mil millones. En tercer lugar, fue una expresión de ignorancia, ya que concebir la figura de Mahoma como asimilable a las de tiras cómicas, con un obvio perfil de ridículo a exhibir, presupone un flagrante desconocimiento de su personalidad histórica.
Entre los fundadores de las grandes religiones, como destacó Renan, Mahoma es el único cuyo pasaje por el mundo se cumple íntegramente a la luz de la historia.
En el siglo VI de la era cristiana, en cuyo último tercio nació, Arabia no se contaba entre los países de mayor desarrollo cultural de aquellos tiempos, pero se hallaba en el límite de dos grandes imperios, el Bizantino y el Persa, cuando el Romano se había ya eclipsado. En materia religiosa, Arabia era pagana y politeísta, pero contaba con minorías cristianas y judías apreciables, las cuales, junto con la vecindad de Bizancio (cristiana de rito griego) y Persia (adherida aún a la tradición de Zoroastro), allegaban a los árabes de la Península información sobre religiones más desarrolladas e incentivos para superar su primitivismo espiritual. Fue en ese contexto que, frisando los 40, Mahoma hizo saber a sus íntimos que había recibido un llamado de Dios.
Mahoma provenía de una tribu encumbrada, pero fue criado por parientes como huérfano pobre. Nacido en La Meca, ciudad principal y estación forzosa de las caravanas, es presumible que haya trabajado como mercader. La repetida admonición del Corán –"solo Alá fija precios"– indica que no fue en vano su pasaje por esa actividad. Casó con la viuda de un rico mercader, algo mayor que él –Kadija–, lo que resolvió su situación financiera y, llegado el momento, le acercó a la primera de sus fieles. En La Meca, la deseada expansión de adherentes se hacía desear. Más bien, sospechaba el nuevo líder espiritual, la gente principal se organizaba para resistirle, quién sabe hasta con qué medios. Prepara entonces en secreto su emigración. En 622 parte hacia Medina, unos 300 kilómetros al norte, con su séquito; a destacar en él: Kadija y quienes serían tres futuros califas (sucesores): Abú Bakr, Omar, y Uthmán, este último miembro de la aristocracia de La Meca. No sin dificultades, en Medina logra su propósito. En poco tiempo es admitido como jefe político, a la vez que espiritual, de la ciudad. Entre esta y La Meca se libran varios combates, en alguno de los cuales Mahoma comanda las fuerzas medinesas, y estas salen siempre exitosas. Eventualmente, La Meca abandona su resistencia. Mahoma se muestra proclive a la negociación. La paz incluye la confirmación de La Meca como ciudad sagrada y de la peregrinación a su ya famosa Ka'aba, ahora símbolo de la unidad musulmana, como deber ineludible de los fieles.
Su derrotero político-militar no va más allá de esto. Pero, sobre esos cimientos, en cierto sentido muy escuetos, van a levantarse enormes construcciones. Veamos la base estrictamente religiosa. La componen: un libro sagrado, el Corán, cuyas influencias provenientes del judaísmo y, en menor medida, del cristianismo, sea transmitidas por la Biblia, sea por tradiciones orales, son claras. Sería imposible que nos ocupáramos in extenso de su contenido. Atengámonos, por tanto, a indicar el énfasis de su monoteísmo, el carácter de Mahoma de último y definitivo profeta, la promesa reiterada de misericordia divina, por más de Alá reconocerse "ardiente en el castigo", la exigencia de persistencia y humildad en la oración y generosidad en la limosna, juicio final, con el conocido toque sensual de las huríes (por más que se trate de "esposas puras") y olvido total del alma femenina en el más allá. En síntesis una religión muy sencilla, por tanto una ortodoxia muy fácil de preservar. Más importante en la práctica, que entre la religión y la política no haya división institucional: la separación Estado-Iglesia es algo totalmente ajeno al Islam.
Viene al caso que nos detengamos en el nombre de la religión. "Islam" significa "rendición", y se explica así: una vez que la voluntad de Dios se hace conocida por medio del último y definitivo Profeta de Alá, incluso por medio de su libro santo, los fieles no tienen otra actitud válida que la de rendirse ante ella. Obsérvese que la libertad se esfuma, reducida a decirle sí a no a Alá, con las consabidas consecuencias. Y ello incluyendo lo político. No cabía la legislación, porque la voluntad del pueblo solo podía ser un reflejo de la de Dios. ¿Absolutismo? No exactamente, porque eso vuelve incuestionable la voluntad del monarca, y, en este caso, es la de Alá la que debe prevalecer. La institucionalización mahometana incluyó un sistema jurídico aportado por el Profeta (Shari'ah) que no solo regulaba las relaciones entre los hombres, sino también entre los hombres y Alá; así como el concepto de la comunidad de los fieles, con prescindencia de frontera políticas (Ummah) los cuales renunciaban a la violencia por cualquier conflicto recíproco, sometiéndolo al arbitraje de Mahoma.
Este murió en 632, bordeando los 60. La religión que había fundado, lo mismo que el territorio que había conquistado, no iban más allá de un rincón en el noroeste de la semisalvaje Península Arábiga. La eficacia de sus reformas, sin embargo, no pueden evaluarse con prescindencia de los frutos que ellas rindieron después de su muerte. Estos fueron espectaculares. En los 24 años siguientes se sentaron las bases de un gran imperio. Los tres compañeros de la Hégira, que enumeré más arriba, reinaron sucesivamente durante ese lapso, y no solo sometieron a la totalidad de la Península –enorme superficie pero reducida población– sino que conquistaron sustanciales fragmentos de los dos grandes Estados situados al norte: el Imperio Persa, al que sustrajeron la totalidad de Irak, y el Imperio Bizantino, del cual se quedaron con Egipto y Palestina. Pronto, en el siglo VIII, el Islam llegaría hasta la India por el sur, ocuparían el resto de Persia, así como todo el norte de África, Sicilia y España. Y en el siglo XV, un nuevo pueblo islamita, los turcos otomanos, conquistarían Constantinopla y el resto del Imperio Bizantino (Anatolia).
De la personalidad de Mahoma no sabemos mucho, pero sin duda debió ser dueño de un carisma y una creatividad socio-política excepcionales. Por cierto no es forzoso alabarlo, pero sí se puede apostar que, para personaje de tira cómica, no servía.