Me refiero, naturalmente, a las huelgas e incidentes callejeros en París, según las agencias noticiosas nos informan, protestando estudiantes y sindicalistas por una ley votada, y en vías de entrar en vigor si el gobierno no cede ante la presión de los revoltosos. ¿Qué prescribe la nueva norma, cuyo rechazo por los estudiantes no puede menos de evocarnos el mayo parisino de 1968? Se pretende que una ley, aprobada regularmente de acuerdo con la Constitución, sea dejada sin efecto, so pena de ser el país, al menos la capital, presa del desorden.
La ley autoriza a los empleadores a despedir a trabajadores de hasta 25 años sin expresión de causa. Los manifestantes y huelguistas aducen que ello desampara a los trabajadores jóvenes. El gobierno responde que el propósito de la ley es precisamente reducir el desempleo de los trabajadores más jóvenes. La respuesta puede sorprender al lector, como parece hostigar a los estudiantes y sindicalistas franceses, pero le demostraré a continuación que es fácil comprender su fundamento. El hecho central es que los trabajadores menores de 26 años muestran una tasa de desempleo superior al 20%, mucho mayor que la que rige entre los de más edad.
En EEUU los empleados de ese grupo etario es aproximadamente del 10%, la mitad que en Francia, si bien también apreciablemente mayor que para el resto. Se ve que en ambos países los empleadores desconfían de los empleados más jóvenes, presuntamente temiendo que sean más impuntuales, más propensos a faltar frecuentemente, a estar alcoholizados, o drogados, en el empleo, prefiriendo en consecuencia a quienes la experiencia haya enseñado ya las ventajas a derivar de las virtudes prácticas, tales como la puntualidad y la templanza.
Facilitando su despido el gobierno francés intenta contrarrestar la resistencia de los empresarios de aquel país para dar empleo a los jóvenes, y de tal modo reducir su fuerte tendencia a permanecer parados. Gary Becker escribió un blog sobre esto a fines de marzo, donde se remitió a un artículo que le había publicado "Le Monde" en 1990, donde sostenía que las pesadas reglamentaciones que dificultan la contratación y el despido de los trabajadores, así como los altos tributos pagaderos sobre la plantilla en Francia son la causa del muy alto desempleo, desconocido en EEUU y Gran Bretaña, donde no hay obstáculos para emplear ni para despedir.
Escribía Gary Becker días atrás: "Los políticos franceses, las clases medias y altas, y por un tiempo la mayor parte de sus economistas resistieron esta explicación, aduciendo que sus supuestos remedios eran demasiado anglosajones" y todo en último término se debía a una caída temporaria de la demanda por mano de obra.
Esto último no significa nada, pero el cargo de que los consejos de Becker son "demasiado anglosajones" es un pronunciamiento radical contra el uso de la inteligencia en los asuntos que implican a los trabajadores. Si uno le da vacaciones a la inteligencia es obvio que permitir el despido de los jóvenes sin expresión de causa, mientras para el resto la exigencia sigue en pie, parece ser discriminación contra los de menor edad. Pero la inteligencia reclama no resolver sin tener presentes todas las circunstancias pertinentes de cualquier situación. Una circunstancia fundamental en la cuestión francesa consiste en que los trabajadores más jóvenes tienen una tasa de paro forzoso doble de la que sufren sus mayores. La solución realmente inteligente sería observar cómo les va a los trabajadores del mundo anglosajón —no solo EEUU y Gran Bretaña, también Australia, Nueva Zelanda, Canadá, la República de Irlanda— en comparación con los de Francia, y pasarse al sistema en que la ventaja del trabajador radica en que el empleador no tiene que percibir el contrato de empleo con un matrimonio allí donde el divorcio sea muy difícil. Pero eso chocaría muy fuerte contra la tradición francesa, de algún modo latina, del derecho laboral. Esa rama del derecho que consiste en fastidiar a quienes, cegatonamente, trata de proteger.
Pero, en fin, el gobierno francés, sin empuje para adoptar la reforma radical, al menos quiere hacer algo para mejorar la condición de los obreros jóvenes, que uno cada cinco ahora tienen que pasársela en paro, porque los empleadores los prefieren mayores. Pues bien, los estudiantes ahora dejan las aulas y se lanzan a una campaña de asonadas con el fin de que sus coetáneos obreros tengan que acercarse a los 30 para tener un empleo decentemente estable. Después de Descartes y su raison, y del siglo de las luces en Francia, puede sonar arbitrario que se acuse a sus intelectuales de rebelarse contra la inteligencia en determinadas áreas de los asuntos humanos. Sin embargo, acusar a un eminentísimo economista de Chicago de ser "demasiado anglosajón" en sus recomendaciones dista poco de ser una opción por la tontería.
Por otra parte, las políticas laboralistas disparatadas ya se han transformado en una tradición en aquel país. Muchos lectores recordarán la idea de Mitterrand de combatir el desempleo reduciendo el horario semanal a 35 horas. Hacer más caro un servicio para que se le utilice más plenamente nos pareció a muchos una estupidez en su momento, y su fracaso práctico no fue para los mismos motivo de sorpresa. Ahora están tratando de salirse de ese régimen absurdo, pero el retorno a la sensatez en tales casos rara vez es radical. Los socialdemócratas alemanes se han mostrado un tanto más flexibles. En su mencionado blog Gary Becker dio crédito a Gerhard Schroeder por haber logrado una reducción significativa de los períodos de paro, e introducir otros incentivos para que los trabajadores buscaran empleos y a las empresas para contratarlos; pero —agrega— en Francia la resistencia al cambio ha sido mayor, por más que el conservador Jacques Chirac y su primer ministro Dominique de Villepin han sido ligeramente mejores.
Asuntos, todos estos, que nos tocan de cerca, porque nuestro gobierno de izquierda —en particular su poderosa rama sindicalista— sin duda opera en comunión espiritual con los estudiantes parisinos. Podría decirse que integran un bloque intelectual con los políticos franceses, y con la funesta OIT. Y opuesta a los anglosajones, que no tienen derecho laboral y dejan la creación y disolución de empleos al libre arbitrio de empleadores y empleados. En cuanto a la inteligencia, hay un bando que está a favor y el resto en contra. ¿Qué cuál es uno y cuál el otro? Bueno, eso lo dejo como acertijo para que llenen el ocio de la próxima semana.