Sentirse autárquico –autosuficiente– para un país es lo opuesto de saberse parte de una economía globalizada. Globalización es, pues, el proceso de integración de las diversas economías nacionales en una economía única y mundial. (El término “integración” suele reservarse para el mismo proceso en el plano regional, pero excluirlo del universal sería arbitrario). Ese proceso de globalización, o integración mundial, se desenvuelve en dos planos diferentes. Primero, el de la necesidad. Es la globalización impuesta por los hechos. Es obvio cómo Colón globalizó. Y lo mismo la navegación a vapor, la refrigeración, el telégrafo, el teléfono, la radio, la aviación, la comunicación electrónica. En cierta época lo distante era también ignoto y de todos modos inaccesible. Sobre este plano vemos a la autarquía como soberanía de los obstáculos geográficos, ante la cual el hombre se entrega impotente. La autosuficiencia de Robinson Crusoe es paradigmática.
El segundo plano es el de la voluntad. Lo que sobre el primer plano acontece es unidireccional e ineluctable: el progreso científico es arrolladoramente integrador. Pero las sociedades humanas son llamadas, por el misterio de su libertad, a pronunciarse sobre esa evolución, no importa cuán fatal ella sea. La aceptan o la rechazan; la aman o la odian; la temen o van dichosas a su encuentro; esparcen flores a su paso o erigen barricadas. La voluntad no puede detener una corriente incontenible, pero sí influir sobre la velocidad de su flujo.
La globalización no llama con idéntico apremio a la puerta de todas las comunidades. Y en esto la distinción entre lo necesario y lo querido sigue siendo válida. La integración, con tener descaradamente de su lado a los dioses, no puede dejar de respetar al Himalaya. Sabe que Tibet y Nepal serán los últimos en entregársele. En cambio, al llegar a amplias playas, generosamente abiertas al océano, al mar, sobre grandes ríos –el agua milita notoriamente en el partido integrador– la globalización siente que el terreno que pisa es ya suyo. Pero la misteriosa y omnipresente libertad también juega, y habla por la voz de la historia. Ella hace que algunos países acojan con menos favor que otros a la globalidad. Que se sientan autárquicos por la sencilla razón de que, por su extensión geográfica y variedad de recursos naturales, de hecho en buena medida lo son. Es la tentación de los grandes estados, que muestra su cara política en el aislacionismo: en realidad el mundo, piensan, es nuestro país y allá los bárbaros y sus remotas barbaridades; que sigan en ellas, pero sin fastidiarnos.
Al mismo tiempo están los países pequeños, a los cuales es connatural la apertura a la globalización. Les es propio verla desembarcar portando el cuerno de la abundancia, porque, sin ella, la estrechez de sus fronteras es opresiva, infranqueable barrera en la ruta hacia la prosperidad. Claro que existen excepciones. Países pequeños que le dicen no a la globalización y se encierran sobre sí mismos, y pagan por ello precios absurdos. Podríamos dejarlos de lado, apenas con la mención fugaz que merecen las excentricidades históricas, si no fuera por una razón, una sola pero no desdeñable: que uno de esos países que obraron contra natura fue el nuestro.
Claro que no desde el comienzo. En el principio había un país pequeño, pobre, despoblado, hijo de la casualidad, implausible. Lo primero que hizo fue celebrar con la globalización el contrato tipo que ésta ofrece: tú me abres tus puertas de par en par: a las mercancías, a la gente, al dinero, a las ideas; yo a cambio te doy la prosperidad. Hizo el contrato y no tuvo de qué arrepentirse: cumplió su parte y la globalización le remuneró copiosamente: aquel pequeño país, pobre y despoblado, de azarosa gestación e incierto futuro, se transformó en uno de los ricos del mundo. Juan Bautista Alberdi, el preclaro argentino, lo llamó, en su asombro, la California del sur. En 1852, cuando California era el stupor mundi.
Hasta que, incomprensiblemente, Uruguay apostató. Comenzó a negarse a sí mismo, a apartarse de su destino manifiesto, cuando sustituyó la tarifa de aduanas liberal de Tomás Villalba por un estatuto proteccionista bajo la dictadura de Latorre. En la década siguiente dio otra vuelta de tuerca a la clausura comercial. A fin de siglo creó un banco estatal, primer paso en la dirección de la clausura financiera. A principios del XX, enunció una política de suministros al Estado inspirada en el principio de que nada de lo que fuera posible producir en el país debía importarse. Monopolizó los seguros porque las compañías aseguradoras eran foráneas. Un trato mezquino a los ferrocarriles británicos desalentó la inversión extranjera. Después de la Primera Guerra Mundial se rehusó a restaurar la convertibilidad del peso, bajo el temor de que el oro se escapara de las bóvedas del BROU. Mientras las charangas de la celebración del Centenario todavía resonaban, se consumó la clausura financiera con el control de cambios. Pero el portazo definitivo a la integración vino recién después de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces asistimos a lo que, según creo con propiedad, he llamado más de una vez la tibetización de Uruguay.
La medida central de aquel apogeo del aislamiento económico, adoptada en 1947, no fue más que la restauración de la plenitud del control de cambios implantado en 1931 y luego atenuado durante el conflicto bélico, cuando el temor a perder las reservas cedió su lugar al temor a quedar desabastecidos. Sin embargo, con ser las medidas sustancialmente iguales, los divergentes contextos históricos en que una y otra fueron adoptadas les imprimen significaciones análogamente disímiles. En tanto el mundo de 1931, sacudido por la Gran Depresión, invitaba al encierro, el de posguerra apostaba a la globalización, que fue como calzar las botas de siete leguas y ponerse a dar zancadas sin precedentes por dos décadas consecutivas. Mientras tanto Uruguay, incapaz de liberarse de las ataduras que en pies y manos se había autoinfligido, como un Houdini a quien el truco le hubiese fallado, sólo podía mirar cómo se alejaba el pelotón. Fue a partir de entonces que nos entreveramos en el tercer mundo.
La némesis de la locura encerrista consiste en que, cuantos más cerrojos pones para que no se te vayan las divisas, más escasas se te vuelven. Mientras el país se debatía en tales angustias, sobrevino el primer shock petrolero. La cuenta de combustibles, que ya antes nos quitaba el sueño, se volvió estrictamente insolventable, y los fantasmas gemelos del desabastecimiento y la cesación de pagos internacionales se instalaron entre nosotros. Entonces, a mediados de 1974, la necesidad nos forzó de vuelta a la largamente abandonada sensatez. Todos los controles de cambio se abandonaron de la noche a la mañana. Se inició un proceso de reducción arancelaria que todavía dura. Y ya nadie volvió a oír hablar de la escasez de divisas. Aunque la oportunidad perdida en los años ‘50 y ‘60 jamás pudo compensarse, por supuesto, ahora estamos creciendo a una tasa normal. Todavía tendría que hablarles de por qué padecimos toda esa locura, pero ése ya es otro artículo.