Futuro del socialismo

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Hace algunas semanas leí en la prensa que el MPP quería poner al socialismo en la agenda política nacional, sin contentarse con que allí figurasen conceptos afines pero menos precisos, como izquierda y progresismo. No me convencí entonces de que se tratase de un tema suficientemente maduro para mi columna sabatina, pero ahora, habiendo leído en la contratapa de "Búsqueda" de junio 22 una entrevista al ministro de Trabajo, cuyo título incluye la afirmación de que el gobierno promueve un cambio sustancial en relaciones laborales, con el fin de acercarse al socialismo, me ha lucido que sí había llegado el momento de enfrentar la cuestión.

Uno sigue experimentando el handicap de no saber cómo definen al socialismo en el MPP, ni en ningún otro sector del FA, pero supongo que, en lo esencial, no negarán al respecto sus raíces marxistas. Por más reinterpretaciones que propongan –lo que parece inevitable, ya que gran parte de la profecía marxista ha sido desmentida por la historia– Marx no puede dejar de suministrarme, en términos generales, una bitácora confiable para el viaje que voy a emprender.

La teoría marxista, con toda su extensión, e innegables complejidades, posee, en su contenido práctico, una estructura sencilla. Ante todo, se trata de una teoría de la revolución proletaria, y no del socialismo, ya que, a fin de evitar la peligrosa pendiente hacia el utopismo, Marx se abstuvo de tratar la economía postrevolucionaria, como sí lo había hecho con la capitalista. Su obra principal, sin ciertamente ser la mejor, Das Kapital, apenas si alude al pasar, aquí y allá, al socialismo. Su temática es una crítica del capitalismo, donde sienta la tesis de su inestabilidad, debida a la depauperación de los obreros –fruto de su competencia con la maquinaria y de la intensidad, presuntamente creciente, del ciclo económico; factores ambos que al mismo tiempo precipitarían la caída de burgueses al proletariado. Polarizada así la población, con gran predominio de los trabajadores, exasperada además su rebeldía, las condiciones para la revolución estarían dadas.

¿Qué acontece después? La revolución marxista sobreviene, como secuela de la Primera Guerra Mundial, en Rusia. No en la vanguardia del capitalismo, pues, como Marx había pronosticado, sino en uno de sus flancos. Claro que, al mismo tiempo, aportando un enorme territorio y muy importante población. Pero si la primera guerra suministró la energía para la primera zancada, el aporte de la segunda, que incluyó la mayor parte de Europa central y Asia oriental, incluyendo China, le mató el punto. A mediados del siglo XX un tercio de la humanidad vivía bajo el estandarte de la hoz y el martillo. Marx no habría acertado sobre la ruta, pero sobre del destino parecía haber estado en lo cierto.

No demoraría, sin embargo, en saberse que no era así. El experimento socialista duró aproximadamente 70 años a contar desde la revolución de Octubre. El sistema soviético espontáneamente dejó de funcionar, sin ninguna presión externa, simplemente hizo implosión, y un sistema de mercado, sin planificación socialista, entró en funciones por defecto. En China, dos o tres años antes, gracias al liderazgo de Den Xiaoping, ya se había pasado del socialismo a un sistema de libre mercado. La población china recibió el cambio alborozada. Recientemente se publicó una encuesta internacional sobre si el sistema de libre mercado era el mejor, a cargo de la firma GlobeScan, para el cual 21.000 personas fueron entrevistadas, preguntándoseles si el sistema de libre mercado era o no el mejor. La marca máxima por la afirmativa, de 73 %, se registró en China, dos puntos por encima de los EEUU, y en contraste con los pocos en los que la negativa fue mayoritaria, entre los que se encontró Argentina, con apenas un 43% por el sí.

El ministro Bonomi tiene todo el derecho para sostener que el Uruguay debería acercarse más al socialismo, pero no creo que, legítimamente, pueda formular su propuesta sin justificarse. Después del colapso soviético, en Inglaterra, en 1991, se publicó un libro editado por Robin Blackburn, titulado "Después de la Caída", al que contribuyeron 18 intelectuales de izquierda, de diversos países, –varios bien conocidos en nuestro medio, como Norberto Bobbio, Jürgen Habermas, Eric Hobsbawn y Eduardo Galeano (único latinoamericano de la muestra)– que traducían todos un sentimiento de tremenda confusión. Galeano, por ejemplo, declaraba sentirse como un niño perdido en la tormenta. Se trataba del reconocimiento de un fracaso del socialismo con alcance universal. ¿Cómo puede el ministro invitar a sus compatriotas a unírsele en una aproximación a un sistema económico –podrá ser más que un sistema económico, pero sin duda es un sistema económico, y la mayor parte de la gente sin duda lo tiene esencialmente por tal– sin explicarles que (presuntamente, según su información) existe una manera comprobada para evitar los sacrificios sin fin que experimentaron incontables en Europa, Asia, África y América, bajo el mismo régimen, incluso el exterminio de cien millones, como se perpetró en el siglo XX.

Pongámonos, antes de concluir, a salvo de malos entendidos. Existe una acepción del vocablo "socialismo" que se presta a malos entendidos. Los partidos europeos que desde el siglo XIX se denominaron "socialistas", establecieron una separación clara con el socialismo soviético y allegados. Primero por el SPD alemán, con su declaración de Bad Godesberg, en 1946, pero en lo sucesivo todos o casi todos ellos. Esa bifurcación condujo a la locución "socialismo real", que concibe el sistema con sus aditamentos de revolución, dictadura del proletariado, colectivización económica, partido único, y policía secreta, entre otros. No creo que la adhesión del ministro sea por la modalidad llamada "socialdemocracia"; no lo creo por su trayectoria política, y la comunión con Fidel Castro, que sin duda comparte todo el FA. Pero si así no fuera, este articulista se congratularía en hacer público que lo expresado aquí no se le aplica.

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