Reforma del Estado

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"Una indicación de posible cambio puede haberse vertido con el concepto de Uruguay productivo"

He seguido con gran interés todas las declaraciones y comentarios relativos a una anunciada reforma del Estado uruguayo, particularmente las emanadas del presidente de la República. Son las primeras señales de la promesa de cambio genuino que trajo consigo el nuevo gobierno. Fuera de ese ámbito, el cambio estaba siendo imperceptible. En parte era totalmente ilusorio. El uso de la ley y los decretos para promover el bienestar obrero, si bien explicable por su orientación de izquierda, tenía en el país nutridos antecedentes, principalmente identificables con el batllismo, que, en su primer ejercicio, bajo el liderazgo de don Pepe, se adelantó al mundo entero en dictar la "ley de 8 horas", por más de haber sido dudoso el efecto sobre los intereses de los trabajadores. Otro tanto cabe afirmar acerca de la fuerte intervención promovida por el siguiente Batlle, en igual dirección, notablemente por medio de los consejos de salarios, que en la segunda mitad de los años '50 compartieron, junto con la política monetaria (emisión contra redescuentos) y el control de importaciones para terminar con la estabilidad del peso y caer en un cruel estancamiento (crecimiento real = 0) que duraría veinte años. En cuanto al fomento del sindicalismo agresivo, una de las principales facetas de la etapa inaugural del gobierno del FA, tiene fuertes antecedentes en el primer batllismo, y ni entonces ni ahora van a mejorar las condiciones de vida, ni de la comunidad en general, ni de los trabajadores en particular.

Una indicación de posible cambio puede haberse vertido con el concepto de "Uruguay productivo", manejado por el gobierno actual. Ciertamente, la ruptura de la prolongada caída en la mediocridad económica requeriría, obviamente, un fuerte movimiento en la dirección de mayor producción y mayor productividad de los recursos. Pero este lema bien orientado permanece por el momento carente de determinación. En algunas exposiciones que han trascendido, dan la impresión de que el "país productivo" se consigue aplicando algunas ideas que se les ocurren a los líderes del FA, y pasan desapercibidas a quienes podrían procurarse más dinero si aguzasen algo más su ingenio. No suele ser así. La gente por lo general se da mañas en averiguar lo que le conviene, pero la idea puede tratarse de una manera para ganar plata del bolsillo de agentes libres, lo que suele ser difícil, o de ordeñar a agentes que están sujetos a su voluntad.

Por ejemplo, si el agente de que se trata es titular, directa o indirectamente, de un monopolio, y el público, quieras que no, está obligado a comprarle a él, el hecho de que el monopolista gane no es en grado alguno indicativo de que a la comunidad le ocurra otro tanto. Lo mismo, en general, ocurre con el manejo del Estado más generalmente. El Estado es, antes que nada, una máquina para redistribuir riqueza. Manejarse con tal fin gravando a unos con impuestos y pagándoles a otros sueldos que ni de lejos se ganan, es juego de niños.

Por eso seguí con sumo interés las noticias que El Observador difundió a partir del lunes 26 de agosto sobre este tema, iniciando ese día en pág. 6, con el título "Ejecutivo analiza hoy la reforma del Estado", y en tapa al día siguiente, en el principal titular, se leía "Vázquez dejó entrever que se acerca el fin de los monopolios", a la vez que llamaba "la madre de todas las reformas" a la reforma del Estado. Yo había publicado mi artículo sabatino el 24, con el título "¿Hasta cuándo el monopolio?", y, naturalmente, la coincidencia, que parecía mostrar al presidente Vázquez reaccionando positiva y casi instantáneamente, frente a mi reclamo, no podía dejar de resultarme estimulante. Naturalmente, aun sin dejar de prever que surgirían obstáculos, el vigoroso tratamiento dedicado al asunto por el presidente no podía ignorarse.

Hoy, sin embargo, mi optimismo, tras recibir un balde de agua fría, como voy a contarles, se desplomó. Para dar cuenta de él debo referirme a la sesión académica celebrada por la Sociedad de Amigos de la Universidad de Tel Aviv el 31 de agosto, en la que se trató de las economías de Israel (Leonardo Leiderman, profesor de la U. de Tel Aviv) y Uruguay (Mario Bergara y Juan Carlos Protasi), actuando como moderador Ignacio de Posadas. En el período de aclaraciones, de Posadas planteó a Bergara la posibilidad de que, dentro del tema que el subsecretario de Economía había tocado, por qué razón la reforma del Estado, cuyo resultado debería influir sobre las demás, se reservaría para la última etapa, notablemente en el caso de la reforma tributaria, en vez de abocarse a ella en el lugar que la lógica indicaría, que sería el primero. Ante lo cual la respuesta del subsecretario resultó clarísima, pero al mismo tiempo destructora de las esperanzas que algunos habíamos dejado crecer en nuestro interior.

Según Bergara, la última reforma a considerar era indiscutiblemente la del Estado, y su dificultad tal, que bien podría no acabarse nunca con ella. Bergara no tuvo tiempo de desarrollar su tesis. La dificultad, ¿en qué radicaría? Bien puede Bergara haber mencionado una pluralidad de razones, pero fue una de ellas la que se me metió entre ceja y ceja, y le quitó lugar a toda otra en mi memoria, a la vez que marcó a fuego el concepto que quiso transmitir. Expresó el alto funcionario que la complicada estructura humana de que se trataba en gran parte de una difundida noción de derechos adquiridos.

"Derechos adquiridos" —¿qué duda cabe?— a los puestos de trabajo en el Estado, con las prerrogativas usuales, que no están en la Constitución ni en la Ley, pero sí fueron mantenidos por todos los gobiernos desde tiempos inmemoriales. Si el FA está resuelto a continuar esa tradición, es obvio que no puede implantar una verdadera reforma del Estado. Y es igualmente cierto que toda pretensión de cambiar pronto se probará ficticia. Repito que no será esta la primera vez que los uruguayos optamos por seguir deliberadamente encadenados a la pobreza: pero, si es así, ¿por qué habrían de fingir ahora una estrategia cuya falsedad no demorará en quedar de manifiesto?

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