Empresa pública, empresa privada

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DESPERTAMOS DEL SUEÑO SOCIALISTA QUE TAN CARO NOS RESULTÓ, UNA EXPERIENCIA APROXIMADAMENTE COETÁNEA A LA SOVIÉTICA. PERO NUESTRO SOCIALISMO NO TUVO UNA RAÍZ HISTORICISTA SINO ÉTICA.

La república está despertando de su sueño socialista, que tan caro le resultó; una experiencia aproximadamente coetánea a la soviética. Está despertando, pero ¡cómo le cuesta!

El socialismo uruguayo no estuvo basado en Marx, sino en Ahrens, un filósofo también alemán, menos conocido que aquél, pero que, en lo que a su influencia en Uruguay concierne, tuvo la ventaja de ser leído por Batlle y Ordóñez. Nuestro socialismo no tuvo, como consecuencia de ello, una raíz historicista sino ética. El imperativo categórico de Ahrens, discípulo de Krause, es: “Haz el bien por el bien, sin tener en cuenta las recompensas ni las sanciones.” Llevada al terreno económico, aquella regla fundamental hace que se atribuya superioridad a las motivaciones altruistas por encima de las de inspiración individual; y. concretamente en el ámbito de las empresas, exhibe como el desiderátum a la organización administrada con vistas a procurar la felicidad de los consumidores de sus productos y de los hombres y mujeres que trabajan para ella, y relegan a un nivel francamente inferior a las movidas por el fin de lucro de su dueño.

Batlle y Ordóñez, en una entrevista que mantuvo en 1907, concluida su primera Presidencia, con el entonces joven socialista argentino Alfredo Palacios, le confesó no haber leído a Marx y no saber si él mismo era socialista, pero le aseguró ser enemigo del individualismo “absoluto”, agregando: “…más de una vez he tratado de hacer prácticas ideas socialistas que me han parecido sumamente aceptables.” Fue en aquella ocasión, ante la pregunta de Palacios, que Batlle declaró ser Curso sobre Derecho Natural de Ahrens el libro que había ejercido sobre él máxima influencia.

Compárese el significado de la profesión de fe krausista-ahrensiana de Batlle con la concepción del orden económico liberal de Adam Smith. Para el escocés, un orden basado en la cooperación tácita de incontables agentes, cada uno motivado por sus intereses personales, las acciones de todos restringidas a la vez que acuciadas por la competencia, articulaba el quehacer social y armonizaba el interés personal con el colectivo. Para la pareja germana, el orden benefactor fluía directamente de la benevolencia del empresario. A su vez ésta dependía de que la bondad innata del hombre (componente rousseauniano de la doctrina, tan poco explícito como inequívoco) fuese promovida y garantizada por la intervención estatal. Por algo el artículo 44 de nuestra Constitución dispone que el Estado se ocupe del perfeccionamiento moral de la población: la idea tuvo que aguardar hasta 1934 para injertarse en la Carta, pero es de cuño claramente krausista y proviene de la cultura de las postrimerías decimonónicas del país. Por supuesto, en tanto sea incierto que las intenciones de los agentes privados puedan hallarse a la altura moral requerida, lo más seguro será instalar al frente de las empresas más importantes al propio Estado, cuyas finalidades son altruistas por hipótesis.

Uno no puede menos que preguntarse cómo es posible que una sustentación intelectual tan endeble haya podido servir de fundamento a una construcción socialista tan vasta y que aun ahora, frente a una corriente mundial arrolladora, esté ofreciendo una resistencia tan tenaz. Porque la construcción krausobatllista se desploma ante el más leve soplo de análisis; en efecto:

  • Hacer funcionar las empresas es el menor problema que tiene que resolver un orden económico, el mayor es asignar los distintos recursos escasos entre sus múltiples usos alternativos. Y eso se puede hacer de dos maneras solamente: por medio de la planificación centralizada y a través del mercado; y lo segundo requiere la sensibilidad de los agentes económicos a los incentivos y desincentivos económicos. Una sociedad compuesta sólidamente de altruistas sólo podría a la planificación, con el grado de ineficiencia que ella implica, el mismo que volteó al socialismo real en el mundo entero.
  • El Estado es una construcción intelectual, no una realidad que encontremos en el tiempo y el espacio tridimensional, donde sólo percibimos hombres y mujeres que gobiernan o son gobernados. Los gobernantes no son esencialmente distintos de los gobernados. Por ser electos o nombrados para cargos públicos no dejará ninguno de estar determinado en su comportamiento por sus intereses personales. Si alguien tiene el control de una empresa y puede apropiarse de las ganancias que ella obtenga, sus intereses personales generalmente podrán describirse diciendo que procurará maximizar esas ganancias. Si no se le deja apropiarse de los beneficios, caso característico del administrador público, no por ello sus motivaciones habrán de experimentar una transformación radical y así lanzarse tras el bien ajeno en lugar del propio. La diferencia estará en que su interés personal ya no consistirá en maximizar las ganancias (e implícitamente por tanto en minimizar los costos) sino otros fines que su estatuto no excluye, como maximizar su popularidad, o su poder, o su disfrute sensual, con el consiguiente efecto –por regla general calamitoso– sobre la economía de la empresa.
  • Para concluir, la persecución de sus propios fines personales es facilitada al administrador público por la posición monopólica en que la ley suele colocar a su empresa, inhibitoria de todas las virtudes que la empresa privada suele exhibir, a condición de que el Estado no la cobije a ella también contra los sobresaltos de la competencia.

No creo que haya respuestas para estas objeciones contra la idealización de la empresa pública y por lo tanto tampoco contra los argumentos que promueven las privatizaciones. No puede por ello sorprender que la empresa estatal se halle en franca retirada en el mundo entero. Queda por inquirir por qué en nuestro medio ella es capaz de aferrarse con tanta tenacidad al grueso de las posiciones que otrora conquistó.

Pienso que el origen ético de nuestro socialismo, por endebles que hayan sido sus fundamentos lógicos, supo conquistar en el espíritu de nuestra gente lealtades hondamente arraigadas, de naturaleza cuasi religiosa. O religiosa a secas. Se trata de la deificación del Estado como Padre de todos. ente supremamente bueno, del que pueden predicarse todas las cualidades morales positivas. Capaz de perseguir el perfeccionamiento moral de sus hijos, como presupone la Constitución. “Sed perfectos”, leemos en nuestras Tablas de la Ley, “como vuestro padre el Estado es perfecto.” Doctrina que se hace una con el laicismo que se enseña en las escuelas y lo salva de su imposible neutralidad filosófica. Nuestro problema nacional no radica en que enseñemos a nuestra infancia a no creer en nada, sino que le inculcamos una idolatría peligrosa, según la cual el hombre se redime identificándose con el interés colectivo en el seno del Estado. En las antípodas del liberalismo, que nos predica que el poder corrompe y que su limitación, en tamaño y en potestades, es la única salvaguardia válida de la libertad.

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