Hay proposiciones sobre el ser de las cosas, sujetas a controversias, que no son susceptibles de solución definitiva. Hay creyentes y hay ateos, y no se entrevé que tales puntos de vista puedan unificarse. Hay quienes siguen a Darwin en cuanto al origen de las especies, y quienes se aferran al creacionismo. Pero también hay casos encaminados hacia soluciones. Hasta cierto punto del siglo XVII discutían los que afirmaban que el aire estaba sujeto a pesantez, como la materia en general, con los que lo negaban. Similarmente, hasta cierta altura del siglo XIX había quienes afirmaban que, si dejas juntarse polvo y desperdicios en tu desván, se te llenará de microbios e insectos, aun tal vez de roedores y parásitos, mientras que otros negaban que ningún ser vivo, por elemental que fuere, puede ser generado espontáneamente. En ambos casos la ciencia dijo la última palabra: en el primero por medio del experimento de Puy de Dôme, diseñado y ejecutado por Pascal, y en el segundo, en los Alpes a cargo de Pasteur.
Pero no solo la ciencia resuelve debates pendientes. La historia, asimismo, es a veces capaz de zanjarlos. Colón lo hizo en buena medida, en cuanto a que la Tierra es un esferoide, al llegar a lo que se llamaría América, por más que se topó con un continente inesperado; en todo caso, la esfericidad del planeta quedó sólidamente confirmada al arribar a destino los restos de la flotilla de Sebastián Elcano, tras un viaje redondo. De modo que, desde dicha experiencia náutica, ya nadie asevera, como solía hacerse en el siglo XV, que la Tierra es plana; y, si alguien lo hiciere, suscitaría la risa de la gente, y él mismo ganaría fama de tonto.
Por supuesto, existe una pluralidad de tales nociones, debatidas hasta que la experiencia zanja definitivamente la contradicción, y en torno de una de ellas se desarrollará este artículo. Él versará sobre la orientación de una economía. Es decir, una economía debe ser un orden —lo opuesto de un caos—. Y, ateniéndonos a lo esencial, ese orden puede reposar sobre dos bases alternativas: el funcionamiento libre de una economía ("libre" en el sentido de que la intervención del gobierno está estrictamente limitada por una ley fundamental) y, alternativamente, por el plan diseñado y controlado por un comité de planificación. Marx reconoció que el sistema burgués era más eficiente y creativo que ningún otro anterior. Schumpeter, profesor de Chicago, sostuvo que el suyo había sido el elogio más expresivo del capitalismo que jamás se había hecho; pero le profetizaba una decadencia fatal, operada por la creciente miseria en que los trabajadores caerían, impelidos por la competencia que les harían las máquinas y la creciente intensidad de las crisis económicas —lo cual guiaría al proletariado inevitablemente hacia la revolución. Pero si lo que Marx sostuvo hasta escribir el Manifiesto (1848) es una interpretación de la prehistoria y la historia, todo lo subsiguiente —desde la crisis final del capitalismo, pasando por la revolución proletaria y la dictadura del proletariado, el período socialista y —notablemente— la consumación de la sociedad sin clases, el florecimiento del comunismo, cobrando vigencia la regla "de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades", que por supuesto implica el fin de la escasez (utilidad marginal del producto=0)— no es más que una sarta de profecías desmentidas por la experiencia.
En efecto, el pronóstico de depauperación de los trabajadores quedó desmentido ya en el siglo XIX, pero en el XX terminantemente. En toda Europa, en EEUU y Canadá, en buena parte de Asia (sobre todo en Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur) su nivel de vida excede claramente el de la pequeña burguesía latinoamericana, y la media y alta están cada vez más a su alcance. En cuanto a las contracciones cíclicas, ellas no han cesado de suavizarse en los países de capitalismo maduro, relegando fenómenos relativamente menores a los países emergentes. En cuanto a estos, los dos enormes países que encabezan el conjunto —China e India— disputan el liderazgo de los viejos colosos. Hablar en toda esa enorme área de revolución, de eliminación de la propiedad privada, y de economía planificada, solo puede provocar risa y, en el mejor de los casos, indiferencia absoluta.
Mis lectores no carecerán de fundamento si me acusan de llover sobre mojado, pero el hecho es que ese discurso disparatado, equivalente a renovar la tesis de que la Tierra es plana, sigue teniendo ecos en nuestro medio. Esta vez Julio Marenales, el cabecilla tupamaro, acaba de comunicarle al público que tuvo en Salto, según informa El Observador del 18 de octubre (pág. 6), su intención de suprimir la propiedad privada en el Uruguay, e implantar la propiedad colectiva. A esa intención Marenales la califica de "mala", y sólidas razones le asistirían para así describirla, mas, desgraciadamente, lo hace en son de burla. Por lo que parece, Marenales cree que las economías colectivas funcionan bien, o al menos pasablemente. No sé si cree asimismo en la Tierra plana, y en la generación espontánea; de hecho no sé nada al respecto, pero quien no tiene un filtro en la cabeza que le cierre el pasaje a las opiniones retrógradas en general, hechas polvo por experiencias indiscutibles, si se traga una, bien puede tragarse las demás.
Alguien podría objetar que la adhesión de Marenales por la economía planificada no es cosa de ayer, y que solo está siendo fiel a los principios de su juventud; pero en ese lapso se apoya mi argumento central. Cuando los tupas guerreaban en Montevideo y adyacencias, un tercio de la población mundial vivía bajo la hoz y el martillo. Buena parte de Europa y porciones abundantes de Asia, densamente pobladas, ignoraban qué cosa es una economía de mercado. Los que apoyaban sus regímenes políticos y económicos estaban tan equivocados entonces como ahora, pero la aritmética de las masas hacía su fuerza. Hoy en día, nada de eso queda en pie. O, si quieren ustedes que entremos en detalles, Cuba y Corea del Norte sí siguen leales a su viejo ideal. Una idea probablemente atractiva para Marenales y los suyos podría ser instalarse en su colectivo seno. No creo que todas las localidades estén ya vendidas.