Este artículo no es sobre Tabaré Vázquez, sino sobre el país que le tolera lo que le tolera; de todos modos, tiene que referirse mucho a él y arrancar ocupándose de él.
No ocultaré que tengo de Tabaré Vázquez la peor de las opiniones. No podría hacerlo, como va a ser obvio a lo largo de esta página, pero de todos modos es mi deber de lealtad hacia el lector denunciar mis sesgos ya al comienzo. Debe haber una fuerte tendencia en los seres humanos a formar juicios adversos sobre las personas que piensan de manera diferente, o cuya obra les disgusta. No me ha costado, por ejemplo, ningún esfuerzo llegar a la conclusión de que Carlos Marx fue un dechado de depravación –mal marido, mal padre, mal amigo– aparte de la odiosidad de sus doctrinas. Tal vez el hecho de que Bertrand Barère estuvo complicado en los peores aspectos de la dictadura jacobina no sea ajeno a mi opinión de él como la figura más despreciable que exhibe la historia. No siempre, sin embargo, ocurre lo mismo. El amor que siento por la obra de Wagner y mi admiración por su devoción indeleble al ideal estético abrazado en su juventud, no han impedido que lo reconozca como un ejemplar humano, en todo lo demás, detestable. Y al revés, el hecho de sentirme en las antípodas ideológicas del Frente Amplio no obsta a la admiración que me inspira el general Liber Seregni, por su indeclinable fortaleza moral durante la larga hora de persecución, y por su emerger de ella sin trazas de odio ni resentimiento. Y con Danilo Astori me he pasado media vida polemizando, sin que nunca me viniera a la cabeza que nuestro enfrentamiento fuese otra cosa que intelectual.
Con Tabaré Vázquez me ocurre algo muy distinto. Padezco, por de pronto, una ceguera total frente a su carisma. Sin hallarme por supuesto alcanzado por su influjo, puedo comprender el fuego que un Fidel Castro o un Adolfo Hitler han ejercido sobre sus auditorios. Que el estilo frío y untuoso del doctor Vázquez enardezca a las multitudes permanece para mí como un enigma impenetrable. Eso en cuanto a la incomunicación que frente a él experimento. Pero voy a lo principal, que no es lo que dejo de sentir sino el rechazo que con frecuencia me suscita lo que de él leo u oigo. Y –lo que es en rigor mi tema central de hoy– la exasperación, indignación más bien, que me causa la indiferencia de mis compatriotas respecto de lo mismo. Empezando con el silencio de sus seguidores, que podría entender si fuese calculado, dirigido a mantener expedito el camino que según creen les lleva, a cada uno de ellos en alguna medida, al poder ansiado; y siguiendo con el silencio de los demás, que ése no lo puedo comprender, en ninguna medida y bajo ninguna hipótesis.
Y paso a los ejemplos, con los que pretenderé infundir sustancia a estos enunciados generales. Situémonos en el reciente enfrentamiento entre Vázquez y Jorge Batlle. Lo provoca el segundo. Usa un lenguaje sumamente duro y afirma que el líder frenteamplista mintió al hacer campaña contra la reforma constitucional actuando, según sus propias declaraciones, por disciplina partidaria, y contra sus convicciones favorables a la enmienda. El doctor Vázquez tiene una excelente oportunidad para reiterar y expandir su defensa del valor “disciplina partidaria”, como superior al de “lealtad a la propia conciencia” que había llevado a Zabalza a ignorar aquélla. En lugar de ello, ¿qué se le ocurre al líder de la izquierda? Dos cosas. Primero mentir. Hubiese habido o no mentira en hacer campaña contra sus convicciones, sí la hubo cuando dijo que era falso que él estuviera a favor del balotaje, y que sólo lo favorecería dentro de un régimen parlamentarista como el francés, porque entonces, si su campaña contra la reforma no fue contra corriente de sus convicciones, ¿a qué haberla invocado como prueba de su adhesión a la disciplina partidaria? Y, por si tamaña inconsistencia fuese poco, se le ocurre al indiscutido candidato frenteamplista descender hacia la forma más rastrera y a la vez más ridícula del sofisma ad hominem que registre la historia: pretender descalificar a su adversario por los dichos de su propia madre. “Mi hijo siempre dice macanas”, habría comentado cierta vez doña Matilde en un programa de TV, con una mezcla de humor y ternura que debe haber sido transparente para el mundo entero. ¿Hay alguien que dude de que la ceguera moral que el doctor Vázquez puso de manifiesto en la instancia es casi imposible de empardar?
Y la cosa sigue. En su recio ataque Jorge Batlle afirmó que las promesas que el doctor Vázquez suele dirigir a quienes se encuentran en dificultades, sabiendo que no va a poder cumplirlas, son una inmoralidad. Otra gran oportunidad para demostrar la altura que tuvo y perdió el conductor frenteamplista; adhiriéndose a la sinceridad de cada promesa que haya hecho y negando la imposibilidad de cumplimiento. Pues, otra vez, ¿qué se le ocurre al candidato que las encuestas muestran a la cabeza de la opinión pública? Otra vez el sofisma ad hominem, al parecer para él una segunda naturaleza: acusa a su vez de inmoralidad a su adversario. ¿En qué sentido las fallas que tuviese el acusador atenuarían la responsabilidad del acusado? Peor aún, para su retruque el doctor Vázquez recurre al infundio; a la sórdida calumnia de la “infidencia”, que nunca tuvo en su favor la sombra de una prueba.
Uno habría esperado ante tanta bajeza un estallido de indignación que rivalizase con Hiroshima y Nagasaki. En vez de ello, nada. Indiferencia de los medios, más allá de la información objetiva, insensibilidad de los hombres públicos, de todos los formadores de opinión. Y no es el primer caso. ¡Qué ha de serlo! Está el caso de los plagios. Se da noticia por una carta de lector en un semanario del primero de ellos. El doctor Vázquez responde. Su lenguaje es arcano; pero una cosa clara dice: si leyesen los artículos previos de la serie sobre el neoliberalismo que venía publicando, el cargo de plagio se vendría al suelo. La misma persona denunciante sigue el consejo del imputado y revisa la serie; y ¿qué encuentra? Pues simplemente un plagio mayor. Y, entonces, la actitud de Tabaré Vázquez ¿en qué consiste? Dice que no va a contestar, que ya le ha dedicado mucho tiempo al asunto. Y reiteradamente en público hace bromas sobre el asunto, tratando de desplazarlo del plano de la tragedia al que de veras pertenece, al del sainete.
Queda el último. La guinda sobre la crema sobre el helado. En el último artículo de la serie sobre neoliberalismo, cita a Hayek. Habría querido que Hayek hubiera escrito algo realmente despectivo sobre la democracia, que le hubiese servido para poner entre comillas. Selecciona un pasaje, pero no es del todo lo que querría. ¿Qué se le ocurre al líder de la izquierda? Poner lo que él quisiera que Hayek hubiera escrito. Para fortalecer su tesis. Dentro de las comillas que le dicen al lector que eso exactamente es lo que el autor dijo. La falsificación a continuación del plagio: ése es el meollo de la historia. ¿Y el país? ¿Los medios? ¿Los políticos? Nada. Sólo silencio. Señores: Uruguay es hoy un país sin sentido moral, que tiene el amor a la verdad en estado cataléptico. Yo me declaro en abierta ruptura espiritual con él.