Revoluciones

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El significado de "revolución", en el ámbito político, no es fácil de definir. Por su etimología, denota algo que da vuelta, lo mismo que el tambor de un "revólver", otra voz proveniente de la misma raíz latina. Pero todo eso nos ayuda poco en nuestro empeño por saber qué sentido encierra el vocablo.

Podemos perseguir mejor nuestro objetivo por una vía diferente, como es la de una anécdota harto conocida, que –sea o no fidedigna– es ciertamente ilustrativa. Se cuenta que el 14 de julio de 1789, al regresar de su jornada de caza al palacio de Versalles, Luis XVI oyó rumores relativos a la toma de la Bastilla, que acababa de consumarse en París. "¿Es una revuelta?" inquirió el monarca. "No, majestad", respondió un cortesano, "es una revolución". Una revuelta presupone un partido ofendido, que se alza en busca de justicia. La revolución viene a ser el superlativo.

Quedan fuera del área semántica que he sugerido ciertas variaciones sociales que entrañan una rápida aceleración de un habitual dinamismo, sin el elemento de conflicto que domina nuestra primera descripción, pero suelen llamarse también revoluciones. De lejos, el ejemplo más saliente que puede proponerse del género de revolución pacífica a que acabamos de aludir es la llamada comúnmente "revolución industrial", que surge en Inglaterra, en las postrimerías del siglo XVIII y en los comienzos del XIX. La tasa de crecimiento de la producción industrial mostró entonces una clara aceleración, atribuible al empleo de nueva maquinaria, así como también una rápida urbanización de la población trabajadora, que afeó muchas ciudades inglesas, pero mejoró su salubridad, contribuyendo, junto con el progreso de la medicina, a reducir la tasa de mortalidad. La fuerte expansión de la oferta de mano de obra, proveniente de la agricultura, impidió que la demanda impulsase al alza los salarios, hasta mediados del XIX, cuando la media de los salarios europeos empezó a crecer a razón del 2% anual, sostenidamente.

Mi propósito es tratar de la primera clase de revolución. En ella vamos a distinguir dos especies. Una es la de aquellas en que los revolucionarios toman el camino de las armas contra un agravio infligido por el poder en su país, o ante una discrepancia radical con él, centrando su objetivo en un fin concreto. Estas han mostrado tener buenas probabilidades de éxito. En la segunda, que se caracteriza por un objetivo de gran amplitud, que incluye la concreción de un país nuevo, irreconocible, de una calidad moral y material esencialmente superior, enfocando la evaluación tanto en la colectividad como en sus individualidades. Las revoluciones de esta clase, en su totalidad, han culminado en indiscutibles fracasos, y su popularidad en ciertos movimientos políticos es incomprensible.

Los ejemplos de revoluciones que sólo se dirigen contra metas muy concretas son la inglesa de 1688 y la de las 13 colonias inglesas de América, que culminó en 1776. En la primera, la clave de la discordia residía en la religión del rey. Mientras que Jacobo II, nieto de Carlos I, ejecutado por la rebelión puritana encabezada por Cromwell (para mí una verdadera revolución, de mal resultado, al haber fracasado el sistema republicano de los insurgentes) había recibido en Holanda una educación protestante, y había presidido la restauración de la monarquía inglesa con pleno éxito, su hermano Carlos había ido a parar a la corte de Luis XIV, de donde había emergido católico. Muerto Jacobo sin descendencia que le sobreviviera, asumió la corona Carlos (II) y se despertaron sospechas de que el nuevo soberano intentaría elevar al "papismo" a la condición de religión oficial del reino, dignidad que la Iglesia Anglicana ocupaba esa desde los tiempos de Isabel I. El desplazar a Carlos implicaba importar una nueva casa reinante del exterior, y en tal carácter los revolucionarios atrajeron a Guillermo de Orange, príncipe holandés, protestante, y casado con María, inglesa y hermana de Jacobo y Carlos, a la cual reconocieron eventualmente la plena dignidad de reina (no sólo reina consorte). La amenaza de una guerra civil pareció abatirse sobre la Gran Bretaña, pero la negociación, el talento de los ideólogos (entre los cuales John Locke se destacó) y la prudencia de Carlos, que comprendió que militarmente los dados estaban echados en su contra, evitaron el derramamiento de sangre.

Los ingleses en su mayoría se sienten muy orgullosos de esta revolución de hace más de tres siglos, luego de la cual nunca se alteró en lo más mínimo el orden constitucional. Suelen referirse a ella como la "revolución gloriosa". G. M. Trevelyan, el historiador que se ha especializado en ella en buena medida, opina que debería llamársela "revolución sensata", ya que no sólo logró el objetivo central, sino que el rey Guillermo subió al trono llevando una cartilla bien completa de qué reglas se aplicarían a la sucesión de la corona, y otra (el Bill of Rights) que ponía por escrito lo que el common law había establecido, y ahora ya no podría discutirse, sobre los límites del poder real.

Igual éxito logró el levantamiento de los colonos ingleses de América un siglo más tarde. El tema crucial fue la pretensión del gobierno inglés de cobrarle impuestos a los colonos. Estos pagaban sus tributos locales y subvenían a las necesidades de su sector público. El gobierno inglés, personalizado en la eventualidad en la figura del rey, Jorge III. Los acontecimientos se precipitaron hacia la violencia, y finalmente estalló una guerra civil en la que los colonos, pocos como eran –2 millones incluyendo mujeres y niños– derrotaron a las fuerzas de una de las grandes potencias de aquel tiempo. La independencia de las 13 colonias se concretó en 1776. Es posible llegar a la conclusión de que la revolución tuvo un final positivo porque el nuevo Estado (EEUU de América) y el Reino Unido de Gran Bretaña han sido casi todo el tiempo fraternales amigos.

En cambio, las revoluciones violentas, como la francesa y la rusa, concluyeron su experiencia con pésimos resultados. Lo veremos con cierto detalle el sábado próximo.

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