El socialismo en la historia

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La subcultura uruguaya posee rasgos socialistas, como su estilo centralista y antiespontáneo, que también son fuertes en toda América Latina.

La palabra "socialismo" posee una multitud de significados. En un sentido muy general tendríamos el caso en que los responsables de la política se proponen objetivos que abarcan a toda la comunidad. Mientras que en un régimen individualista, como el capitalismo, eso —en rigor— solo se concibe en relación con las necesidades colectivas, como la seguridad, la defensa y algunos aspectos de la salud y educación. Es cierto que en un sistema capitalista las autoridades procuran crear las condiciones macroeconómicas que dependen de sus decisiones, verbigracia sobre la política monetaria y el mantenimiento de un nivel de empleo elevado y estable. Pero el contenido concreto de los resultados económicos, como ser la especificidad de los flujos de bienes y servicios consumidos o usados en la inversión no están determinados, como sí deben estarlo —por lo menos en líneas generales— en un sistema socialista.

Un sistema socialista paradigmático es el que resultaría del contrato social propuesto por Rousseau: cada miembro de la comunidad cede a ésta todas sus propiedades, a cambio de participar en las decisiones comunitarias. Como las diferencias de opiniones se derivan de los distintos intereses, y estos a su vez de la propiedad privada, ahora los comunitarios llegarán a decisiones consensuadas. Se trata de un sistema por completo desprovisto de practicidad. Primero, porque un número significativo de decisiones son demasiado complejas para dirimirse en asambleas; de ahí que el comité de planificación que introdujo Lenin en Rusia es inevitable. Segundo, porque las divergencias de raíz idiosincrásica subsistirían a la abolición de la propiedad privada.

El ideal rousseauniano de un socialismo democrático nunca se ensayó siquiera, pues sus más fervientes partidarios, los revolucionarios franceses, recurrieron a la dictadura y el terror a los tres años de consagrada la Revolución. Los marxistas, que vienen a ser la segunda onda revolucionaria, partieron, conforme a las enseñanzas de su maestro, con una dictadura. Esta, en la doctrina marxista, se llama "dictadura del proletariado", pero no se trata más que de una forma de esconder la dictadura del partido de gobierno, en el caso la dictadura bolchevique. Como es sabido, Marx profetizó que esa dictadura sería solo provisional, en tanto el Estado, en tanto institución para administrar el dominio de la burguesía sobre el proletariado, iría perdiendo fuerza, hasta esfumarse hacia la nada. Nada de esto ocurrió. Lo que sí pudo apreciarse es que, cuando el régimen descuidó la práctica del terror, los marxistas leninistas perdieron empleos. Fidel Castro, que siguió esa evolución atentamente, muestra que, según parece, con terror, el régimen puede mantenerse indefinidamente, no importa cuán mal la población lo pase.

En movimientos ajenos al "socialismo real" se utilizó el concepto de planificación global. Básicamente, después de la 2ª Guerra Mundial, surgieron varias modalidades en tal sentido. A principios de los años '60, alentados por el proyecto de la Alianza para el Progreso, varios países latinoamericanos intentaron transitar por la senda de la planificación, en el sentido de programas de gobierno detallados, incompatibles con sendas economías de mercado. En el Uruguay se estableció un organismo llamado CIDE (Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico), que elaboró un plan de desarrollo para el lapso 1965-74, que, como los demás de la especie, careció por completo de eficacia. La oficina de Planeamiento y Presupuesto, cuyo nombre supone una actividad técnico-gubernamental no ejercitada, continúa funcionando, pero con competencias ajenas a la planificación. En Francia el Commissariat au plan, fundado por De Gaulle, llegó a tener mucha repercusión, pero allí, y en general en toda Europa, los organismos de esa índole perdieron pronto eficacia y terminaron clausurándose.

Sin embargo la subcultura uruguaya posee rasgos asociados al socialismo, en el sentido indicado al comienzo, prácticamente universales. Hay consenso, por ejemplo, en que todo partido debe tener un "plan de país", lo cual es incompatible con una economía de mercado, mientras que no suele hablarse de "plan de gobierno" del que ciertamente procedería unanimidad. La influencia colonial, y más tarde la batllista, atribuyen al gobierno el papel de compatibilizar las decisiones espontáneas de los agentes, lo que, en rigor, implica la planificación global. Por supuesto, las comunicaciones de Batlle y Ordóñez desde Europa a sus íntimos colaboradores, en cuanto a construir en Uruguay "un país modelo", configuran un esquema de gobierno estrictamente socialista.

Dichas tendencias culturales tienen sin duda origen en el período colonial español. Los dos reinos en que se dividía lo que se transformó en España por el matrimonio de Isabel y Fernando presentaban características marcadamente diferentes desde el punto de vista en que este articulista se sitúa: Aragón, que incluía Cataluña y dentro de ella nada menos que Barcelona, decididamente inclinado hacia el capitalismo, y Castilla, un reino básicamente militar, más poblado, al cual la guerra de reconquista le deparó el predominio, determinado a resolverlo todo legislando —más de seis mil leyes de Indias, cerca de 200 decretos económicos bajo Isabel y Fernando— resuelto a pensar a la comunidad como un todo a partir de su centro político; llamado mercantilista impropiamente, ya que de mercantil tenía lo menos posible, obligando a las posesiones imperiales a comerciar exclusivamente con la metrópoli.

Si uno contempla la evolución de los estilos de gobierno de la humanidad civilizada —unos cinco milenios— se da de bruces contra el enfoque socialista (recordemos: concepción globalista del gobierno, principio rector central en manos del gobierno, esencial desdén de la espontaneidad, de la fuente esencial del progreso, dando lugar a civilizaciones que tienden al estancamiento total, a las que el hastío tradicional termina por destruirlas, como ocurrió con la Unión Soviética, no bien el terror afloja). La ironía está en llamarse esos regímenes "progresistas", como el cerrado imperio español dio en llamarse "mercantilista". En esencia son iguales al imperio egipcio, que creó una civilización —una de las primeras— sobre la base de domesticar al Nilo, siguiendo luego iguales a sí mismos, hasta su última decadencia y caída. Y, para conclusión, nos encontramos ahora que aquel estilo centralista, antiespontáneo, de funcionar se revela el preferido de América Latina. Lectores: esto da para más.

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