Medio siglo de comunismo caribeño

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Discutir si los únicos dos estados socialistas que quedan en el mundo —Cuba y Corea del Norte— demuestran el éxito o el fracaso de un sistema es una forma injustificable de perder el tiempo

El 13 de enero El Observador dedicó varias páginas, incluso de primera, a la entrada de Fidel Castro y sus batallones en La Habana, el 1 de enero de 1959. En realidad, ese ingreso dejó poco y nada para festejar, si mucho para lamentar, sobre los presos por convicciones condenadas por el tirano, por vidas frustradas en la pobreza inevitable, por balseros que arriesgan sus vidas cada noche para escapar a La Florida, y un cuarto de ellos la pierde, por las mujeres que por necesidad se ven impulsadas a la prostitución por la decisión del gobierno de retornar al mismo sistema de turismo de alto nivel. Me place poder hacer constar que la posición de El Observador al respecto de Cuba comunista es esencialmente igual a la mía. Voy a reproducir lo que fue un colgado del lado izquierdo de la página 2, teniendo a la derecha la foto de un cartel que deletrea el sustantivo revolución, dejando por debajo numerosas sombras de seres humanos. El colgado decía: En enero de 1959 una banda de jóvenes revolucionarios encabezados por Fidel Castro, tomó el poder en Cuba y por un tiempo gozó la simpatía de casi todo el mundo. Luego el régimen viró hacia el socialismo autoritario y se convirtió en una manzana de la discordia de la guerra fría. Hoy, medio siglo después, la revolución cubana, con sus luces y sombras, es una estampa del pasado. Estamos, sobre todo en la parte final, de acuerdo. Pero no puedo silenciar algunas observaciones, sin pretensión de unidad, o sin más unidad de haberlas vivido, en esta tal vez última ocasión de escribir en un periódico sobre Cuba comunista.

Me invitaron a viajar a Cuba. A principio de la década de 1990, siendo este articulista presidente del Banco Central, recibimos la visita de quien vendría a ser mi equivalente en Cuba. Me pidió una entrevista sobre un asunto importante y, naturalmente, se la concedí de inmediato. La cuestión tenía que ver con un convenio, no recuerdo de qué fecha, sobre la venta de pollos, con un crédito recíproco de US$ 20 millones. La posibilidad de comprarles alimentos de clase alguna a los cubanos era estrictamente imposible, de modo que la evolución del convenio se centró en compras a crédito hasta que los 20 millones se hicieron humo. Yo esperaba una solicitud de extensión del crédito y había preparado una negativa cortés, pero me formuló otra propuesta: ellos compraban un pollo, pagándolo, y automáticamente se incrementaba el crédito en el convenio original. Naturalmente le señalé que ese arreglo equivalía a que en adelante compraran contado, pero el colega insistía y yo accedía suscribir un acuerdo disparatado. Sin decir nada, tuve que inferir que lo que quería era poder anunciar que Uruguay ampliaría el crédito sin límite, ocultando el compromiso de comprar contado. El convenio que quería el cubano se firmó y, muy agradecido, me invitó a visitar Cuba, respondiéndole yo que por el momento me faltaba el tiempo.

La Habana se entristece con Fidel. Todo lo malo que se dice de Fulgencio Batista es cierto, menos que el pueblo lo pasaba mal durante su gobierno. Cuba, después de Argentina, era el país con mayores ingresos por cabeza de toda Latinoamérica. Los pobres se beneficiaban por la suavidad del clima y el gobierno les suministraba música gratis. En casa teníamos con frecuencia una testigo, una jovencita, que se llamaba Solange, recién llegada de La Habana, donde sus padres habían tenido un pequeño comercio, y era compañera de mi mujer en clases de inglés. Me parece verla narrándonos lo alegre que La Habana era, y lo triste que se había vuelto con la revolución. Aquella preciosa criatura se contoneaba con infinita gracia, asegurándonos que antes lo hacían todos: andar por una calle en paso normal y, al llegar a la plaza (todas las plazas) insensiblemente, automáticamente, trocaban el paso normal por el de rumba u otro semejante. Eso, nos decía Sol, se acabó cuando llegaron los barbudos.

Tampoco era demasiado difícil subir en la escala social. Otro amigo cubano nos suministra un ejemplo. Se llamaba Domingo Santodomingo, nacido de padres gallegos en la ciudad provincial de Matanzas, donde su padre era dueño de un café. Un hermano de su padre, que tocaba el violín, le enseñó el arte a su sobrino. Cuando éste terminó secundaria, emigró a La Habana y se consiguió un puesto en la orquesta del Teatro de la Zarzuela, donde tocó todas las noches del año, salvo verano, mientras estudiaba derecho. Cuando se graduó, se ofreció como dactilógrafo en uno de los principales estudios (bufetes), con el sueldo de dactilógrafo, por lo que debió seguir tocando el violín. Al año, con el título y la experiencia en un gran bufete, pudo entrar como abogado en otro semejante y, cuando los barbudos le dijeron que tenía que emigrar, tenían, él y su mujer (ambos nuestros entrañables amigos), una casa en La Habana, otra en Varadero, y toda clase de comodidades. Lo que define su clase es que, viviendo en Montevideo en un nivel de empleado de comercio, nunca les oímos, ni al uno ni al otro, más que elogios a Montevideo.

Todavía hay en Cuba casos más parecidos a esclavos tradicionales (...) y alquila sus profesionales como si fueran animales

La revolución cubana, ¿éxito o fracaso? Por supuesto, tremendo fracaso. Pero no basta diagnosticar tal resultado comparando ingresos por cabeza, en Cuba frente al capitalismo, como Corea frente al capitalismo. En Cuba el ingreso medio de gente que trabaja es de US$ 17, pero, aunque luce, y es, un ingreso terriblemente bajo, está el hecho de que los precios de los bienes de consumo están fuertemente subsidiados, de modo que es preciso buscar comparaciones objetivas. Y las hay diversas notablemente expresivas. La primera es la de la libertad de movimiento, incluso a través de las fronteras del país comunista. ¿A qué nos hace pensar la gente que no puede salir de su territorio? Pues, a una persona que tiene limitados sus movimientos dentro de determinados márgenes, es inconcebible que no se le considere una cierta clase de esclavo, ¿Qué otra cosa? Pero todavía hay en Cuba casos más parecidos a los esclavos tradicionales. Cuba se especializa en preparar a médicos en oftalmología y alquilarlos como si fueran estrictamente esclavos, por no decir animales, siendo el alquiler, menos los gastos acordados, de propiedad del gobierno cubano. Y todavía quedan las mujeres que pueden entrar en los hoteles de alto nivel, para hacer más grata la estadía de hombres ricos, etc. etc. Dejemos que el lector use su imaginación.

Pero, si no se trata de un caso especial, sino de las revoluciones socialistas que, reunidas, hasta la caída del muro de Berlín, representaron un tercio del globo terráqueo, y ahora reúnen solamente dos Estados necesitados de ayuda externa, parece que dedicar reflexiones a determinar si una o ambas están siendo exitosos fracasos es una forma injustificable de perder el tiempo.

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