El punto más débil de la concepción marxista consiste en su pronóstico de que los salarios reales caerían sostenidamente hasta la rebelión de los obreros. Ello haría que su combatividad eventualmente se volviera irresistible
La "izquierda" se llama así porque la Asamblea Nacional francesa, en tanto introducía reformas que acabarían con la monarquía absoluta, y eventualmente con la monarquía a secas, hacía sentar a los diputados de inclinación conservadora a la derecha del presidente del cuerpo, y a la izquierda a los que participaban de la orientación dominante, apoyando con su oratoria y sus votos a la Revolución.
Antes de que ésta adviniera, no se conocía otro episodio importante llamado "revolución" con un propósito deliberado de cambio social, apoyado en las armas si fuere necesario. Una revisión de la historia central europea y norteamericana nos convencerá del carácter original del episodio francés. En Inglaterra, en la primera mitad del siglo XVII, Carlos I intentó gravar a sus súbditos con un impuesto, a fin de fortalecer la marina del Reino, ante lo cual el pueblo inglés se rebeló, por no haber intervenido el Parlamento, ante lo cual estalló un violento conflicto, siendo el pueblo vencedor y Carlos I ejecutado. Curiosamente, esta confrontación se llamó "Guerra Civil" y no "Revolución". En la segunda mitad del mismo siglo, también en Inglaterra, se suscitó otro conflicto, al rechazar el pueblo al heredero del trono, hijo de Carlos I, por ser católico, resolviéndose el conflicto, llamado oficialmente "revolución" (por más que operó sin derramamiento de sangre al nombrarse herederos al trono, conjuntamente, al matrimonio de un príncipe holandés, Guillermo de Orange, y su esposa, hija de Carlos I) (1688). Finalmente, desde nuestro ángulo de visión, tenemos la Guerra de la Independencia de las 13 Colonias Inglesas, sitas en América del Norte (1775-1781), llamada también "revolución". Ninguno de estos conflictos se prolonga por motivos pendientes.
El gran paso adelante se concretó a mediados del siglo XIX con el genial Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx
El panorama francés es por completo diferente. La violencia se manifiesta en una variedad de planos. En París funciona permanentemente un tribunal, asociado a una nueva invención, la guillotina, así nombrada por su inventor, M. Guillotin. Los cuellos del rey y la reina no tardaron en ser igualmente seccionados. Un matrimonio que osó vestir de luto por la muerte de aquellos dos cayó por el filo del mismo aparato, que trabajaba de sol a sol. Diputados viajan para que las provincias participen en la práctica de justicia. Por ejemplo, en Lyon los diputados hacen que se ahoguen en el Ródano varios miles de "enemigos", a la vista del pueblo. Pero también la violencia en el campo de batalla es practicada por la Revolución, contra diversas potencias, a veces con éxito. De este ámbito surgirá la figura de Napoleón Bonaparte, hasta convertir a Francia en una nueva clase de monarquía, Napoleón convertido en un emperador potentísimo, cerrándose el círculo de la historia con la batalla de Waterloo.
Para lo que las condiciones no estaban dadas era la orientación a los trabajadores, en una dirección de eficiencia. Las autoridades revolucionarias se limitaban a fijar precios máximos, y castigar a quienes los violaban, y a perseguir a los mercaderes que ocultasen sus existencias, con la guillotina. Después de Waterloo, transcurrieron muchos años hasta que los trabajadores tuvieran contacto con operadores orientados hacia mejorar su suerte. El gran paso adelante se concretó a mediados del siglo XIX con la contribución de Carlos Marx, cuyo genial Manifiesto del Partido Comunista (1848) supuso para el trabajador una interpretación de la historia del ser humano, partiendo del hombre primitivo, desconocedor de la propiedad privada, pasando por el capitalismo burgués, al cual reconoce la creación de "fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas". Esta etapa no sería el fin, sin embargo, merced a la fuerza arrolladora de la dialéctica histórica, que lleva a enfrentar a burgueses y proletarios, debido, entre otras cosas, a la caída de los salarios reales, conducente a la Revolución proletaria, al triunfo de los trabajadores, a la dictadura del proletariado, y eventualmente a la comunidad de libres e iguales. "Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político... (Entonces) surgirá una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos."
El punto más débil de la concepción marxista consiste en su pronóstico de que los salarios reales caerían sostenidamente hasta la rebelión de los obreros. Ello haría que su combatividad eventualmente se volvería irresistible. De hecho los salarios reales comenzaron a crecer alrededor de mediados del siglo XIX y mantuvo su incremento a una tasa anual del 2% hasta el fin del siglo, lo que implicó un crecimiento de 2½ en 50 años. Marx debe haberse influido por el hecho de que, hasta el medio siglo (recuerde el lector que el Manifiesto vio la luz en 1848) no se registró ningún incremento que el desarrollo industrial de aquellos tiempos conducía a esperar. 1848 fue un año notablemente revolucionario (aunque no para Marx y sus comunistas, a la sazón todavía en pañales). Algo semejante a 1968 con sus rebeliones estudiantiles en París y diversos otros centros estudiantiles de Europa y EE.UU., mucho entusiasmo, pero flor de un día. ¿Qué pasaba en Europa a mediados del siglo XIX? Entonces se vivía la culminación de la Revolución Industrial (¡cuidado!, bicho con igual nombre pero diferente en todo lo demás), y la demanda de mano de obra se expandía a gran tren. Sin embargo el aflujo de trabajadores del sector agrícola al industrial debe haber evitado la suba del precio de la mano de obra, hasta que la relación agrícola/industrial alcanzara el valor de equilibrio.
El papel del nivel creciente de salario para posponer la revolución en Europa Central soñada por Marx —más concretamente en Alemania, como residente en la Inglaterra inaccesible en que vivía— es obvio. En 1883, cuando muere, el ingreso real se había duplicado, llegando a un nivel que habría sido propio de la pequeña burguesía, aparte del progreso económico estable que ya llevaba un tercio de siglo. En una palabra, la perspectiva de revolución en Europa Central se había esfumado. Sólo posible, tal vez, sería en otro ambiente, por ejemplo Rusia. El sábado próximo me ocuparé de considerar qué ocurre cuando ese sueño se hace presente, así como de la izquierda en tiempos en que se ha hecho manifiesto que la revolución rusa no funcionó.