El naturalista escribió a un amigo, con un claro toque de ironía: "Nuestro antepasado fue un animal que respiraba agua, poseía una vejiga natatoria, una cola de pez, un cráneo imperfecto, y ciertamente era hermafrodita".
En febrero se han cumplido 200 años del nacimiento de Charles Darwin, en Inglaterra, famoso por su obra científica sobre las especies animales y vegetales, y su variación, por su tesis sobre el hombre, que no es otra que el mismo principio para todos los demás seres vivos: todos, menos los más primitivos, verbigracia, los microorganismos, de cuya base han de remontarse por etapas, es decir, gradualmente. Por tanto, aplicándose también al ser humano. A un amigo le escribía, con un claro toque de ironía, lo siguiente: "Nuestro antepasado fue un animal que respiraba agua, poseía una vejiga natatoria, una cola de pez, un cráneo imperfecto, y ciertamente era hermafrodita." Si su amigo le hubiese preguntado sobre el tiempo que la transformación, de la ameba al hombre de Piltdown, probablemente daría una respuesta de billones o trillones de años. Normalmente, los enfoques de Darwin eran de largo alcance.
Charles Darwin nació de una familia de larga prosapia, hijo de un médico reputado y de considerables recursos económicos. La tradición familiar hizo que entrase en la Universidad de Cambridge, con vistas a estudiar medicinas. Allí fue un fracaso y otro tanto en la Universidad de Edimburgo, tras la misma formación. Un desilusionado padre lo condujo de vuelta a Cambridge, donde finalmente siguió aceptablemente los cursos dirigidos a capacitarle para ser un eclesiástico ("clergyman") de la Iglesia de Inglaterra. Paralelamente, siguió cursos de naturalista, que eventualmente le darían la información requerida, combinada con estudios científicos, con los que incumben a los naturalistas, ámbito dentro del cual, sin graduarse cabalmente, llegaría a alcanzar fama mundial, a la vez que satisfacer por fin su verdadera vocación.
El factor que multiplicó el interés que su segunda estancia en Cambridge había despertado fue la ocasión fortuita para trabajar en el terreno de sus intereses primordiales. No bien había terminado su estudio formal en Cambridge, y aprestándose a cumplir los deberes de clergyman, se le invita a integrar, como técnico "naturalista" (equivalente a nuestra Historia Natural, especialista en describir la naturaleza y su potencial, los animales, plantas y minerales, sobre lo cual no había información) de la tripulación de un buque, el Beagle, cuyo propósito era —según se decía, sin contestación— científico. Nadie, que yo sepa, ha informado sobre quién financiaría la operación, y el nombre completo del navío ("HMS Beagle") y el haber aceptado a Darwin para dirigir la investigación excluye, en mi opinión, que el inversor fuera otro que la Corona Británica.
Darwin mostró interés primario en el ofrecimiento. En seguida debió enfrentar la oposición de su padre. El Dr. Darwin lanzó a la lid una amplia colección de objeciones; las principales siendo, a mi criterio, que la aceptación lo devaluaría como clérigo, y que el puesto de experto ya debía haber sido ofrecido antes, y sólo por las negativas ajenas habría sido Charles aceptado. Finalmente, la tenacidad del hijo doblegó la oposición del padre. Charles, por tanto, se embarcó en el Beagle, y permaneció abordo, y activo en su tarea, cinco años casi exactos, por tanto de vuelta a casa en 1836, a los 27 años. Reconociendo explícitamente que aquel viaje constituía el principal acontecimiento de su vida hasta entonces, y tonificando su confianza en sí mismo por los grandes elogios recibidos por su ejercicio de naturalista, inició la definitiva y culminante etapa de su trabajo.
Hacerle justicia a Darwin en el espacio con que disponemos sería insostenible. Me propongo resumir los aspectos salientes de su trabajo científico, inevitablemente arduo, para el lector y, para ser sincero, también para el articulista, para rematar con la cuestión, más polémica e interesante, de la descendencia del hombre.
Darwin, una vez que se estableció en Inglaterra y se puso a trabajar duro, escribió unos cuantos libros. La Enciclopedia Británica, en su colección de Grandes Libros —55 volúmenes, algunos abarcando más de un autor— dedica uno exclusivo a Darwin, donde incluye dos obras suyas: "El Origen de las Especies" y "La Descendencia del Hombre". El primero es distinguido entre toda la obra del autor por varios comentaristas; el otro tiene un título atractivo: ambos demarcan el área darwiniana por la que vamos a dar un ligero paseo, del cual extraerán ustedes estas conclusiones. Las especies no son permanentes, ni invariables. El transcurso del tiempo más la variación de las condiciones de vida, por sí solos cambian radicalmente las características de los animales. El ejemplo que voy a proponerles no lo extraeré del libro de Darwin, sino de nuestra historia. Apenas iniciado el siglo XVII, un dignatario criollo residente en Asunción del Paraguay, de nombre Hernandarias, dejó en la Banda Oriental algunas parejas de vacunos, y se fue. Después de un siglo los apacibles vacunos estaban dotados de cuernos desmesurados y del temperamento de fieras salvajes. Hay quienes dicen que nuestros ganaderos recibieron sus animales gratis. Nada de eso. Con el stock de vacunos que nos trajo Hernandarias, no se podía hacer ya ganadería, sólo caza, como si se tratase de felinos salvajes. Para los orientales esta parte de la obra de Darwin no debería ofrecer dificultades.
Ahora vamos a la descendencia del hombre. El libro que más arriba se ha nombrado, no trata del origen del hombre, sobre lo cual un naturalista no podría observar, ya que nadie ha visto jamás un hombre descendiente de una especie distinta, ni vivo ni muerto. No hay materiales aptos para investigar. Lo que sostuvo Darwin fue la simple consecuencia del principio de cómo se expande la familia de los seres por la evolución de las especies. Si de todas las etapas sobre las cuales hay pruebas se acepta la evolución de un género hacia otro superior, no se ve, sostiene, por qué el hombre sería una excepción. Desde el punto de vista religioso ha habido dificultades. Algunas iglesias cristianas no aceptan la evolución, en lugar de la creación: la Anglicana, por ejemplo, no la Católica que, como informó El Observador el 7/2, sostiene que la evolución no basta para comprender al hombre. Los Musulmanes no aceptan la evolución a dicho efecto, y Turquía es el país con menor aceptación en la tesis de Darwin, el cual, sea dicho de paso, se apartó de la Iglesia Anglicana por este mismo principio.