Hay constituciones y constituciones

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Las constituciones en serio están basadas en el principio de la libertad. Pero hay otras cuyo objetivo esencial es engañar a la población, intentando la toma del poder absoluto pero confundiéndolo con ciertas formas democráticas, aunque vacías de contenido.

Vale decir que no todas las Constituciones son iguales. Hay Constituciones auténticas, que nombro con C mayúscula, con el consiguiente respeto, en honor del espíritu de Libertad que las inspira; y otras que querrían parecerse a ellas, pero sólo engañan a desprevenidos; que, como símbolo, querrían edificar un castillo hecho de roca viva, pero sólo llegan a erigirlo de cartón de piedra, material esencialmente perecedero, que anuncia la corta vida que les espera. Yo las nombro con c minúscula, ya que ningún espíritu noble palpita en su interior.

Antes no era así. Había una sola clase de Constitución, la verdadera. Sí, de vez en cuando, había hombres que aspiraban imponer su voluntad tiránica aguardando el momento en que la Constitución mostrase flancos endebles; y, puesto que las Constituciones no dejan de mostrar ocasionalmente la debilidad que acecha en el ser humano, lograban los enemigos de la libertad asestarle un golpe eficaz. A esa clase de golpista se llama "dictador". Al régimen político del dictador se lo conoce como "dictadura". Por lo general, ese régimen suele ser de duración limitada, por más que a la impresión del pueblo termina pareciéndole eterno.

Debemos ahora ocuparnos de las constituciones con minúscula. Obviamente, éstas se sitúan en el terreno, o parte del terreno, que anteriormente ocupaban las dictaduras. ¿En qué consiste este nuevo fenómeno? Esencialmente, consiste en la tentativa de engañar a la población, intentando que la toma del poder absoluto pueda confundirse con el régimen propio de la Constitución. En vez de la estrategia basada en el recurso del arma castrense, orientada habitualmente hacia situar a un militar ambicioso en el lugar del presidente, con desdén respecto de las votaciones, el nuevo sistema de la tiranía se muestra dispuesto a seguir la ruta de la, como suele decirse, democracia: establecer un nuevo partido, según el procedimiento fijado por la ley, luchar en los comicios, y soportar, a veces, al principio, derrotas humillantes. Al mismo tiempo, desde el principio, prometiendo a quienes lo siguieran, una transformación de maravilla en el país respectivo, mostrando un liderazgo listo para sacrificarse hasta el fin por el ideal que proponen. Finalmente, para redondear la perspectiva de éxito, ayuda mucho un pueblo sufriente, deseoso de las promesas que le harán oír y —como un político de esta índole afirmó cierta vez— deseoso de ser engañados. Sin duda, un camino más largo, inicialmente más penoso, pero de más eficacia, y de mayor durabilidad, que el de la dictadura stricto sensu.

Ya están trazadas las líneas generales, recurramos ahora a la historia. Sugiero echar un vistazo sobre el episodio de Hitler y el Nazismo. Otro, relativamente nuevo, que está aún en operación, liderado por un militar venezolano, Hugo Chávez, que acaba de reformar la constitución —ahora sin duda escrita con minúscula— que asegura al presidente condición de vitalicio, con tal de recibir aprobación popular al cabo de cada período de gobierno. Podríamos valernos asimismo de los episodios de Mussolini y el Fascismo y el de Juan Domingo Perón y sus descamisados, que —podría sostenerse— se mantiene, en alguna medida, por más que, ya hace mucho, post mortem, políticamente en actividad. Pero el espacio nos obliga a limitarnos al caso de Hitler.

Éste caso es sumamente expresivo. Su vida en su Austria natal va de mal en peor. Ya en plena juventud, se mantiene por ayudas de parientes y en invierno protegido contra las inclemencias, en instituciones de caridad. Eventualmente, habiéndose convertido en germanófilo, cruza la frontera con Alemania, donde pronto se topa con la guerra de 1914. Se enrola en el ejército alemán, en el cual su comportamiento es distinguido, mereciendo el ascenso a cabo. Poco después de retirarse del ejército, inicia su carrera política. El partido que encabeza se llama Nazionalsozialismus. Los valores que predica son, ante todo, el racismo: los arios son la raza maestra, que debe dirigir el mundo. Los alemanes representan la parte mayor de la raza aria. Las razas de color son inferiores y, entre los blancos, lo son los eslavos y, particularmente, los judíos, a quienes atribuye que, aun siendo alemanes, ayudaron a los enemigos de Alemania en la reciente guerra, lo cual los condena a la exterminación. Semejantes ideas tendrían que despertar el horror o el sarcasmo, pero, tal era la moral del país derrotado, y el extraño poder de la oratoria hitleriana, que convencen. En 1920 era ya el jefe indiscutido de un partido organizado y dotado de la eficacia de la fuerza física. En 1923 Hitler intentó un golpe de Estado —un craso error—, pero haber sufrido una franca derrota y nueve meses de cárcel no le restaron popularidad. Al contrario, en cautiverio escribió un libro —el famoso "Mi Lucha"— que políticamente le favoreció. También le ayudó el crecimiento del Comunismo, cuyas legiones rojas se batían en las calles de Berlín con las pardas del Nazismo una noche sí y otra también.

Al fin, en 1933, Hitler llega al poder. Por elecciones. ¿Democráticamente, entonces? En general, me temo, las respuestas serían afirmativas. Pero sin reflexión. Utilizando muchas veces métodos de la democracia, como plebiscitos o leyes aprobadas por mayoría, Hitler vació el sistema de contenido. Del lado de la izquierda reconocida, la cuestión es más difícil. En Cuba no es cuestión cuántas mujeres y hombres tienen voto, porque no lo tiene nadie, ni tampoco pueden salir de la isla, pero vaya usted a convencer a los izquierdistas de que el gobierno de La Habana no es democrático. La cuestión es difícil pero habrá que buscarle alguna solución. Como, por ejemplo, que la conducta democrática es incompatible con presidentes vitalicios en las repúblicas y ciudadanos impedidos de salir del país, sea el que fuere.

La idea central que expreso en este artículo no es mía. O es mía porque la he incorporado a mi haber. La creación en tal sentido la hube leyendo el artículo ¡Vivan las dictaduras!, en Búsqueda del 26 de febrero, de la autoría de Claudio Paolillo. La encontré sumamente original y oportuna. Si me atreví a valerme de ella fue sólo para contribuir a difundirla y apoyarla con nuevos ejemplos.

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