¡Abrir, abrir...!

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Uno de los grandes problemas de la enseñanza en Uruguay es que su orientación sale de las cabezas de solo cinco personas.

"Abrir, abrir...": con estas palabras cerraba Ignacio de Posadas la parte de un discurso dedicada a la enseñanza. Para él la circunstancia que afecta a toda la enseñanza oficial es que su orientación, y por tanto toda variación en el tiempo, sale de las cabezas de cinco hombres: es decir, del comité que todo lo puede, por obra de dichos cinco hombres, alejados de los docentes, y por ende de sus preocupaciones, del estímulo de sus ilusiones, de las inconveniencias por las últimas decisiones adoptadas, y ni hablar de las desavenencias de los alumnos. Por eso De Posadas no puede soportar que docentes y discípulos tengan que avenirse a lo que resuelvan para ellos, que no son de su mismo mundo, los cinco solos, que alteran un mundo que para sus subordinados es por entero ajeno. Por eso, entonces, el reclamo de abrir.

Iguales pensamientos tuve yo, tiempo atrás, y si no iguales, semejantes al menos. Aunque no los ventilé, como potencialmente podía hacerlo, porque medios tenía, pero me faltó la valentía de Ignacio. Temí, tal vez, que el público uruguayo no estuviese listo para renunciar a los principios de la burocracia. Pero, en fin, ahora que Ignacio saltó por encima de esas barreras, estoy en condiciones de participar en la contienda. Mi primer aporte consistirá en narrar una visita mía a una institución de enseñanza secundaria en Londres. En esa institución se enseñaba español, como uno de los idiomas extranjeros, de donde se consideró adecuado aprovechar la visita de un hispanoamericano (un servidor) presentado por un inglés, nacido en Uruguay, que había sido profesor de inglés en Montevideo (John Adams, hoy fallecido, que mantenía un fuerte cariño por nuestro país).

La idea fue que Adams y yo, amigos desde que habíamos enseñado inglés en el mismo instituto en Montevideo, expondríamos las características de Uruguay que pudieran interesar a alumnos de las edades respectivas. Pregunta: ¿Quién autorizó, o tenía que autorizar, para que este programa extraordinario pudiese llevarse a cabo? Respuesta: el Director. ¿Sólo el Director? Sí. ¿Quién contrata al personal docente? El Director, tratándose de docentes con determinadas calificaciones. ¿Quién los despide? El Director, asimismo. ¿Qué carácter tiene allí el empleo de los profesores? De tiempo completo, sujeto a renovación al fin del año lectivo, por ambas partes.

¿Qué conclusiones pueden extraerse de todo ello? Pues, sencillamente, en primer lugar, que en Inglaterra no tienen un arreglo institucional semejante al de aquí; no tienen CODICEN, como quien dice, que, según creo, es el nombre del cuerpo de cinco hombres que es el mandamás de la educación entre nosotros; por tanto, que es perfectamente posible sustituir el actual régimen que tenemos en el sector estatal por otro equivalente, que, grosso modo, sería el sistema de los colegios privados, permitiendo reducir la actual superioridad en materia de nivel de enseñanza, que —según es la creencia generalizada— el sector privado le lleva al estatal.

Espero que mis lectores no tomarán a mal que ahora recurra a mi propia experiencia en materia de niveles de enseñanza. Verán que mi opinión es menos favorable respecto de la escuela y el liceo públicos, de la que suele prevalecer. Invoco, para opinar, una experiencia dual —como alumno, y más tarde padre de alumnos, así como profesor de inglés. Yo hice 1º y 2º de primaria en un colegio privado, pero recién iniciado 3º contraje una enfermedad pulmonar que me hizo perder dos o tres meses de clases, con lo cual dejé de asistir a aquel colegio y, en principio, se aceptó en casa que repetiría el año. Pero, mientras todos mis amigos estaban ocupados por la escuela y sus deberes, yo me aburría terriblemente. Vivía entonces frente a una escuela pública de buena reputación —Escuela Grecia— y yo pedía a mis padres que tratasen que yo fuera admitido a mediados de año.

Con la promesa de que tendría un apoyo extracurricular, la Directora de Grecia autorizó mi ingreso. A partir de entonces no se consideró removerme del circuito estatal. Cuando cursaba 4º nos mudamos al Centro, donde pasé a la Escuela Nº 121, en la calle San José. La memoria sobre la enseñanza recién me empieza a funcionar a partir de 5º, pero desde entonces bastante bien por 5º y 6º dentro de primaria. La calidad era absolutamente deplorable. En general, la opinión solía ser bastante buena desde José Pedro Varela, y sólo se empeoraría últimamente, sobre todo en disciplina. No es un recuerdo que yo pueda confirmar, al menos hacia la década de los '30. En 5º año había dos grupos, a cargo de otros tantos maestros de edades provectas, que trataban de hacer lo mínimo hasta que llegara la jubilación. Lo único que les preocupaba era impedir que conversáramos entre nosotros en clase, bajo pena de terribles castigos —la copia en casa de un interminable cuento contenido en el libro de curso, siempre el mismo—, sin enseñarnos otra cosa que la imagen de la monotonía que sus rostros no dejaban de representar.

En 6º, culminación de primaria, tuve una maestra sumamente activa, pero cuya preocupación era la construcción de una carpeta con el trabajo del año, en el cual lo principal era la carátula de composiciones y fiestas patrióticas, cuyos títulos debían estar escritos en "letras de adorno" y dibujos coloreados. A la Directora no la vi nunca, que yo lo supiera, aunque durante las fiestas patrias estaría en el estrado.

Mis recuerdos de la secundaria son algo más atractivos, pero no cabalmente. Yo pasé los cuatro años de liceo en el Rodó. El Director era profesor de Matemáticas, pero sólo llegué a verlo cuando, en 3er año, fue mi profesor. En el mismo año tuve a un profesor de Historia Nacional que iba a clase alcoholizado y terminaba el curso en 1830, todos los años, igualmente sin ninguna consecuencia.

Yo empecé el aprendizaje de inglés en 1935, en el Instituto Cultural Anglo Uruguayo, y en 1945 me ofrecieron dar clases a principiantes. Fue entonces que supe de la responsabilidad del profesor. La hora de comenzar la clase es sagrada. A los que van a tomar un examen se les informa la fecha y hora. Llegada aquella, tiene que presentarse a la prueba. ¿Y si el examinador no llega a tiempo? Eso sólo puede ocurrir en una pesadilla. Lo más interesante, ningún ejercicio de preguntas y respuestas podía centrarse en un alumno, ni en pocos. El profesor no se sienta durante la clase. Transita por el salón y nadie sabe a quién le tocará la próxima pregunta. En una palabra, la Dirección vela por mantener el interés de todos los asuntos. Mientras tanto los alumnos del sector estatal recurren a la violencia para no morirse de hastío.

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