¿Cuántos países mantienen el sistema económico que desarrollaron los rusos y que, al cabo de la Segunda Guerra Mundial, se aplicaba en un tercio del globo terráqueo? Solo dos, Corea del Norte y Cuba. Los dos se hallan en situación económica precaria y reciben asistencia de terceros países
El presidente Barack Obama acaba de permitir las remesas de dinero y los viajes hacia Cuba de los cubanos residentes en Estados Unidos. Obama reclama gestos similares de Cuba, que indiquen que el régimen autoritario liderado por los hermanos Castro tarde o temprano irá hacia una apertura. Ante el anuncio, las autoridades cubanas se han mostrado indiferentes. Otro tanto acontece con buena parte de la comunidad cubano-estadounidense, cuya reacción ha sido relativamente tibia. Un tiempo atrás los cubanos expatriados sí que habrían protestado por la medida de Washington, particularmente en Miami, que habrían interpretado la decisión como un acto amistoso hacia los comunistas, que restarían fuerzas para expulsarlos de La Habana.
A esta altura de los tiempos, sin embargo, son no pocos los exiliados que han muerto, y los que sobreviven han ido transfiriendo sus esperanzas al hecho de que los Castro no son inmortales, y su desaparición abrirá necesariamente oportunidades para poner fin a un estado de cosas que ha convertido la isla, originalmente alegre como una rumba, en un valle de lágrimas.
¿Pero es que la decisión de Obama no ha contado con aprobación alguna? Negativo. En efecto, cada vez que, en una conversación cualquiera, se destacaba la pobreza actual de la isla, su fracaso en organizar la producción de bienes y servicios en nivel comparable con el que ella generaba antes de aplicársele rigurosamente el sistema comunista, implantado con estrecha asistencia de la URSS, si en la plática se incluía a algún o algunos admiradores de Fidel, de inmediato surtiría la defensa del sistema económico caribeño, invocando el aislamiento económico de Cuba, aduciendo a las sanciones que Washington le había impuesto. Mientras se mantuvieran las sanciones, en una palabra, no era posible evaluar en debate el sistema económico de los cubanos revolucionarios. Si esa evaluación se intentaba, lo que ella arrojaría era una excelente calificación del bloqueo yanqui reduciendo a la miseria a un pueblo luchando por su libertad.
¡Disparate! El embargo —no bloqueo— económico decretado por Washington no tuvo nunca la más mínima influencia sobre la economía cubana. De hecho, La Habana puede comerciar con casi cualquier parte del mundo, incluida Europa, siempre que pueda pagar o disponga de bienes para exportar en canje. Incluso la Cuba castrista ha comerciado y comercia con Estados Unidos mediante triangulaciones. Al gobierno cubano, en su momento, le llovieran las ofertas de terceros países, especialmente de Canadá y México, para ayudarles a burlar las medidas de Washington.
Más difíciles fueron los embargos que se impusieron a Italia en 1935, por la invasión de Abisinia, decretados por la Liga de las Naciones, aunque los italianos nunca dieron señales de que les molestara; y otro tanto a la España de Franco, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, para sancionarlo por resolución de la ONU por haber desplazado a la república constitucional por un gobierno militarista, que tampoco dio señales de ser molestado. Ambas sanciones se han perdido en la noche de los tiempos. Un bloqueo en serio, ese que implica rodear un territorio con una fuerza militar apreciable que no deja pasar mercadería alguna, fue el que impuso Gran Bretaña a la Francia napoleónica a principios del siglo XIX; o el que implantaron los aliados a la Alemania nazi al inicio de la década de 1940; o el que EE.UU. aplicó a Cuba durante la Crisis de los Misiles de 1962, al borde de una guerra nuclear, cuando impidió con su flota y fuerza aérea el ingreso a la isla de los barcos soviéticos. Pero, en comparación con esos casos, las sanciones comerciales actuales contra Cuba son insignificantes.
Al gobierno cubano le llovieran las ofertas de terceros países para ayudarle a burlar las medidas de Washington
En resumen, pues, el sistema económico adoptado por Fidel y sus allegados, con la asesoría del gobierno soviético, fue desde el principio, y hasta hoy, un fracaso absoluto. El sistema vigente en la isla fue creado por los rusos bajo el liderazgo de Stalin y sus adláteres. Pero ellos mismos lo abandonaron hacia la década de 1980, cuando Stalin llevaba unos cuantos años de fallecido; por los jerarcas deprimidos, y por el pueblo espontáneamente, al punto que también la propia Unión Soviética dejó de existir, como también en todos los países dominados directamente por ella. Y el sistema pereció también en China, el otro gran centro de influencia marxista, donde se optó por el sistema capitalista, bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, que propuso el principio "Un país, dos sistemas". Los chinos se liberaron del sistema comunista de producción e intercambio de bienes apenas pudieron librarse de los sucesores de Mao Tse-Tung, "la banda de los cuatro", hace más de tres décadas.
¿Por qué los chinos debieron esperar la muerte del gran líder comunista del Oriente? Sencillamente porque intentar el cambio de sistema mientras Mao vivía era demasiado peligroso; después de todo, se trataba del gobernante de todos los tiempos que mató más seres humanos que ningún otro, un mínimo de 70 millones. Los chinos son una enorme cantidad de hombres y mujeres, que tienen que comer. Usar el sistema comunista un día más de lo forzoso, sin pasarse al sistema de mercados, que es el sistema que sirve para producir, es una tontería, y los que secundaban a Mao tenían conciencia de ello.
Hoy en día, ¿cuántos países mantienen el sistema económico que desarrollaron los rusos y que, al cabo de la Segunda Guerra Mundial, se aplicaba en un tercio del globo terráqueo? Solo dos, Corea del Norte y Cuba. En todo el mundo. Los dos se hallan en situación económica precaria y reciben asistencia de terceros países.
Cuba, que solía ser uno de los países más ricos de América Latina, se empobreció a la vez que la convivencia se volvía cada vez más trágica. Los cubanos quieren emigrar, pero el único medio de abandonar la isla consiste en embarcarse en una balsa, hecha con tablas y neumáticos, en la cual la probabilidad de morirse es una de cada cuatro. Las autoridades tienen cada vez menos argumentos para justificarse, y la enorme mayoría de la humanidad tiene claro que la población cubana sufre cotidianamente una tortura intolerable.