El poder de las mayorías está limitado por la Constitución del Estado. Si no hay Constitución, o no se la respeta, el régimen entonces califica como totalitario
Es una curiosidad que en algunos rincones del mundo, notablemente en América del Sur y Central, la izquierda política está en expansión, rebosa optimismo, se siente segura, como si le constara que el sistema con que Marx soñaba hace un siglo y medio va a convertir en una realidad; el resto del mundo, con los recuerdos bien frescos del fracaso de los sistemas del socialismo y del comunismo, estirando sensiblemente la terminología marxista. Entre los izquierdistas europeos, la reacción ante los escombros del muro de Berlín fue de desorientación. Tendiente al fin de sus comunes esperanzas, poco después de la caída del muro (1989) Robin Blackburn, conocido intelectual de izquierda inglés, armó un volumen conteniendo el sentir del grupo, titulado Después de la caída (After the Fall, Verso, London, New York). Muchos informaron sobre su tristeza; entre otros: N. Bobbio, La utopía al revés; Eric Hobsbawm, Adiós a todo aquello; Giovanni Arrighi, Centenario marxista, centenario americano; Jürgen Habermas, ¿Qué significa el socialismo hoy? El único consultado no europeo, el uruguayo Eduardo Galeano, me parece de todos el más sincero: Un niño perdido en la tormenta, tituló.
No sé a ciencia cierta si los europeos y norteamericanos, al cabo de casi 20 años, habrán cambiado la visión que por 1990 les hacía percibir remota la implantación de un sistema colectivista en sus territorios. Pero tengo la impresión de que el tema ya no les interesa, pues creen que el sistema colectivista es impracticable. En cambio, como señalaba al comienzo de este artículo, bastantes sudamericanos y otros pocos parecen ver la revolución sin mayores dificultades. Ese es el sentir en la mayor parte de opiniones políticas de ambientes izquierdistas, y estos ambientes tienden a expandirse. Su esperanza se basa en una creciente mayoría de izquierda y una gran fuerza moral en función de la calidad de sus principios.
La libertad política, derivada del voto, solo libera a la mayoría. Los minoritarios quedan supeditados a la voluntad de aquella
Los valores éticos que se aprestan a invocar, y a motivar a sus partidarios, incluyen, o pueden incluir, el valor de la libertad. La izquierda propondrá la libertad, y sus crecientes adeptos del mundo, notablemente en América del Sur y Central, tienen la impresión de que sus argumentos dan pie para justificar un sistema económico colectivista. A condición de que el concepto de libertad que estamos considerando sea el adecuado para el fin de que se trata. ¿Lo es realmente? Antes que nada, habiendo dicho que hay más que una clase de libertad, una que vale para justificar que los socialistas estén habilitados para regir la economía de un país, debemos inquirir cuál es la diferencia que las separa.
La clase de libertad que nos ha ido ocupando en este artículo es de índole política, la misma clase que se utiliza en una polis a fin de adjudicar los puestos de influencia o poder en función de los números de balotas que cada grupo haya insertado en las urnas. El tipo de libertad que importa en todo lo que concierne el obrar de un individuo es la libertad individual. El funcionamiento libre de una economía, o sea de la clase óptima de libertad a efectos de que los agentes, empresarios o trabajadores por igual, tiene que ver con la libertad individual exclusivamente. La libertad política, derivada del voto, solo libera a la mayoría. Los minoritarios, por su parte, quedan supeditados a la voluntad de aquella. Aunque, claro está, el poder de los mayoritarios está limitado por la Constitución del Estado. Si no hay Constitución, o no se la respeta, el régimen entonces califica como totalitario.
Pero en materia económica la libertad está a sus anchas. Un orden puede lograrse por la voluntad de un solo hombre. En una fábrica confluyen las voluntades del empresario y de cada uno de los trabajadores. Y la multitud de empresas en una ciudad obedece a las voluntades de innumerables agentes que desempeñan una amplia variación de actividades. Y, si ampliamos la visión, veremos el orden económico extenderse pari passu, espontáneamente. ¡Cuán importante, en el área económica, es la espontaneidad! ¡Cuántos errores se cometieron, en la URSS particularmente, por ignorarla! ¿Qué quién descubrió tal importancia, a la vez que sentaba la piedra angular de la economía? Pues, por supuesto, Adam Smith. Y, ¿cuántos lectores (superficiales) del filósofo escocés incurrieron en error atribuyéndole el anuncio de un ser misterioso, personificación de la providencia, que se ocupaba de compatibilizar los distintos intereses? Cuando, en realidad, La riqueza de las naciones encerraba una cuidadosa explicación de tal metáfora.
En apretada síntesis, el empresario X invierte donde espera que allí la remuneración del capital sea máxima, y el obrero exigirá un salario mayor cuando percibe que su productividad ha aumentado, etcétera. La libertad es posible porque los individuos son capaces de colaborar sin saberlo y los mercados son instrumentos cibernéticos que permiten transmitir una colosal masa de información.
Como ha escrito el economista argentino Alberto Benegas Lynch, "la caída del muro de Berlín se explica porque los bolcheviques tuvieron la arrogancia de pensar que ellos podían sustituir la espontaneidad histórica por un comité de planificación". Desde otro ángulo podrá observarse la debilidad económica de Rusia en la época del derrumbe del muro. Cito de un libro que escribió uno de los principales economistas rusos, Alexei Ulyukaev, y se editó en Inglaterra, dentro de una colección, traducida del inglés, Centro de la Investigación sobre Economías Post Comunistas. En la página 3 del libro se lee: "La situación económica de Rusia hacia el fin de 1991 puede ser descrita sin exageración como catastrófica. En un año el ingreso nacional había descendido más de 11%, el producto bruto doméstico en 13%, la producción industrial en 2,8%, el producto agrícola en 4,5%, petróleo y gas en 11%, hierro en barras 17%, y el producto de las industrias 10%. Las exportaciones descendieron 37% y las importaciones 46%."
Será forzoso insistir, y aclarar.