Crisis: ¿hay medio de evitarlas?

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En realidad el tema de las crisis no es estrictamente económico, sino que tiene un elevado componente de psicología social

Para comenzar, aclaremos de qué estamos hablando. Se trata de la alternancia de lapsos de prosperidad y depresión: aproximadamente, unos y otros de duración semejante. Esos movimientos alternantes serían susceptibles de representación gráfica: la expansión por una línea con pendiente ascendente, y la contracción por una descendente. El cambio de signo —de contracción (-) a expansión (+), de nuevo a contracción, etc.—, puede ser relativamente suave (si lo es en varios períodos el perfil de la gráfica recuerda el sinusoide, o el perfil de una carretera a lo largo de la Cuchilla Grande). Alternativamente, la prosperidad se transforma bruscamente en depresión; la producción cae, el paro laboral da un brinco, numerosas empresas quiebran, aun las más prestigiosas, no pocos bancos deben cerrar sus puertas, muchos ahorristas ven sus esfuerzos trocarse en humo. Es entonces que puede aplicarse el vocablo "crisis". El antecedente más famoso es la crisis norteamericana de 1929, que mantuvo la depresión hasta el lejano 1933, dolorosa en parte porque en la década de 1920 los EE.UU. parecían concretar sus sueños económicos, que parecían ahora hacerlos añicos. Y ahora hay quienes ubican la crisis actual —cuya realidad nadie discute, mundialmente— entre las grandes.

¿Qué sabe la economía respecto del "ciclo económico"? No mucho, por cierto. Cuando yo enseñaba economía, exponía —con algunas reservas— tres teorías para explicar la cuestión: el ciclo corto norteamericano, de entre tres y cuatro años, el ciclo de Juglar, con una duración de siete a 11 años, y el ciclo largo de Kondratieff. Pero no creo que ninguna de ellas tenga utilidad práctica. Paul Samuelson, en su manual, declaró que una lista de teorías separables de ciclo económico habría que contarlas por docenas, y todas parecían diferentes (1967). En realidad, el tema no es estrictamente económico, como la inflación. Sabemos que si las autoridades imprimen muchos billetes subirán los precios, y si el público teme que el gobierno va a empapelar, no es la oferta de dinero que se infla, sino la demanda que se contrae, y también —según la gente trata de librarse de los billetes— hay inflación. Con el ciclo la cosa difiere, como la experiencia actual lo acredita. En EE.UU., los dos grandes bancos que prestan, o prestaban, contra hipotecas, que habían disfrutado pago puntual y creciente valor de las garantías, se resistieron a aceptar que esas circunstancias se estaban desvaneciendo, y persistieron en sus políticas, terminando con pérdidas multimillonarias. En Detroit, las mayores empresas automotrices, las más grandes y ricas del mundo, prefirieron transar con los sindicatos que exigían salarios disparatados antes que suspender su actividad; mientras un mayor número del mismo ramo, en las Carolinas, Norte y Sur, empresas de propiedad de italianos, alemanes, franceses, japoneses y quizá otros más, que se preocuparon por averiguar dónde habrían de instalarse dentro de EE.UU. donde no hubiera sindicatos, o si los había fueran prudentes, ganaban plata con sus automóviles, mientras los de Detroit se arruinaban.

No todos los hombres de negocios hacen lo que les conviene y, de hecho, todos los años hay gente que se arruina

¿Qué tiene que ver todo esto con la economía? Poco y nada, ciertamente. En economía presumimos que los agentes (del latín, ago, hacer) actúan en manera de maximizar sus objetivos, en general y, particularmente, para empresarios y hombres de negocios, maximizar sus patrimonios; y de ahí inferimos las leyes de su ciencia. Y lo hacemos con confianza, porque creemos que el supuesto coincide con la realidad. Claro que sabemos, al mismo tiempo, que no todos los hombres de negocios hacen lo que les conviene y, de hecho, hay gentes que, en cierto número, se arruinan todos los años. Pero esos son demasiado pocos en el conjunto para hacer tambalear a la ciencia económica, máxime una ciencia que ha sabido explicar certeramente, desde el siglo XVIII, todo el hacer de la gente en materia de dinero y bienes. "La excepción confirma la regla" es un refrán bien acreditado; pero las crisis plantean un panorama diferente. El error de agentes, habitualmente los dejamos de lado por su escaso peso relativo. Se trata de un error que incide solo superficialmente, a lo largo de todo el tiempo. En el largo plazo no cuenta. En el corto, tampoco. En economía lo podemos ignorar. En relación con los errores que provocan la crisis, la cosa cambia, aunque solo en parte. El dolor y las pérdidas en este caso son tremendos. La economía durante un margen de años está dominada por ellos. Pero no, por cierto, todo el tiempo. Aun sin saber cómo deberíamos enfrentar ese enemigo, y aunque abandonásemos la esperanza de dominarlo, sería locura o, mejor dicho, tontería, apartarnos del sistema de libre mercado, ya que este sistema, en un plazo del orden de medio milenio, le ha significado a los pueblos que han tenido acceso a sus beneficios, en términos de vida, bienestar material, libertad y cultura, más de lo que nadie ninguna, anteriormente, puede comparársela a través de cuatro o cinco mil años de civilización.

Sería locura o, mejor dicho, tontería, apartarnos del sistema de libre mercado, que ha cambiado la faz del planeta

Una expresión de tontería e ignorancia es la actitud de muchos socialistas, u otros izquierdistas, en cuanto a anunciar la pérdida de prestigio para que la economía libre siga en casi todo el mundo. Intentan representar las decisiones de los agentes libres como una suerte de desorden, sin coordinación alguna. Por contraste, la política de izquierda, marxista, tendría segura la orientación que los agentes, principalmente el Estado, que mantendría la armonía de la economía socialista. Es un absurdo tras otro. La Unión Soviética terminó disolviéndose debido a la imposibilidad para operar como una economía. Ensayaron con la Perestroika, de Gorbachov, a mediados de los años 80, que fracasó. Luego Uskorenie, que significa "acelerador", también en la intervención de Gorbachov. Su fracaso fue igual al anterior, si no peor. Finalmente, a principios de los 90, se resolvió liquidar como organización nacional a la Unión Soviética, ante la imposibilidad de hacerla funcionar.

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