Si se compara la situación del país a fines del siglo XIX con la actual, deberíamos reinterpretar la historia económica del siglo XX desde una perspectiva muy crítica.
Hace algunos días, o algunas semanas, como sería tal vez más preciso decir, asistí a una conferencia, en la que el expositor se valió de imágenes y datos numéricos a fin de demostrar el estado histórico en que nuestro país ha caído, consecuencia de una involución en todos los aspectos posibles en que una comunidad pudiera proyectar de sí misma una imagen deprimiente, a lo largo de mucho tiempo. El disertante es un joven abogado, que tiempo atrás sirvió al país como representante nacional por el partido Colorado, llamado Daniel Lamas. Su retorno a la política se centra en función de un grupo de amigos correligionarios, él mismo así lo dice, impulsados por la angustia de ver a su partido en la situación en que se encuentra.
Los datos que Lamas ha reunido sobre nuestra condición actual, que presumo ha estado compartiendo con colorados, de la capital y el interior, para justificar proyectos indicados a fin de superar tan crítica situación, no ha querido reservarlos para el ámbito de su partido, sino que ha sentido la necesidad de compartirlos con todos sus compatriotas. Usando una metáfora ajena, diría que a Daniel le duele el Uruguay, y a todos los que con él se afligen querría arrrimarles la lacerante información.
La reunión a que me he referido no respondió a ninguna invitación política, ni nada en lo dicho allí se asemejó a la propaganda, en absoluto. Su tema —en power point— se concentró en los hechos por medio de números y gráficas, así como, a veces, series de datos, descritos brevemente. La impresión es aterradora. Lamentablemente, una descripción, aun abreviada, excedería del tamaño de esta columna. Una enumeración de los temas es tan lejos como puedo permitirme, y adicionar algo personal. Yo diría que el aspecto que más tortura al expositor es la evasión de jóvenes preparados. Entre 1960 y 1998 huyeron 478 mil; entre 1998 y el 2004, otros 122 mil; 600 mil uruguayos nos abandonaron en 40 años, y en el primer semestre de 2008 se fueron otros 21.500. La papelera Botnia tuvo que salir al exterior para encontrar 1.000 trabajadores con cierta capacitación. La pobreza se expande y es más profunda. Vivimos una crisis cultural. Los carritos no ceden. La delincuencia crece. La seguridad es el pánico de nuestra gente. La educación en manos del Estado está en quiebra, desde la primaria hasta la terciaria. Etcétera. Se trata, sin duda, de una situación terrorífica.
La idea práctica de hacer una lista de calamidades se combina naturalmente con la de idear remedios para subsanar cada mal. Los remedios implicarán un conjunto de leyes y decretos, aplicarlos bien y esperar que la mejoría opere según lo previsto. Se trata, sin duda, de un método lógico que, probablemente, en algunos casos pueda ser indispensable. Pero, al mismo tiempo, no es el único método. ¿Fue siempre así, como Lamas certeramente nos exhibe, en tiempos relativamente cercanos? Todo lo contrario. La economía uruguaya progresó apreciablemente tan pronto como fue un país independiente. Tenemos datos sobre el comercio exterior desde 1830 y el incremento de las exportaciones es importante. Después de la Guerra Grande (1839-1851) el crecimiento económico es espectacular. El ilustre argentino Juan Bautista Alberdi, autor de la Constitución de su país, de 1853, escribía del Uruguay: "... Con su Constitución expansiva y abierta hacia el extranjero, ha salvado su independencia por medio de su población extranjera, y camina a ser la California del Sud".
En 1853 California experimentaba la fiebre del oro. Era, sin duda, la región que recibía más habitantes del mundo entero. Las palabras de Alberdi aquí recogidas ¿habrán sido una exageración? Veámoslo con calma. En el lapso 1852-1860 la población oriental creció a la tasa de 7,4% al año. A dicha tasa de crecimiento en los ocho años nos da un incremento patrimonial de 3,6 veces el valor inicial. Para un período mayor tenemos el testimonio del historiador inglés Peter Blakewell. Él sostiene que entre 1852 y 1915 la tasa máxima entre los países sudamericanos correspondía a Uruguay, con 3,55%, seguido por Argentina (3,1%), Brasil (2%), México (1%) y Bolivia (0,5%).
O sea que nuestra situación en (digamos) la segunda parte del siglo XIX, se ubicaba en la antítesis de la descripción de la actualidad, como hemos visto siguiendo los números de Lamas. ¿Cómo tal desgraciada inversión puede explicarse? Si exploramos, a grandes rasgos, la política gubernamental a fines del siglo XIX y el principio del XX, encontraremos pistas interesantes. La economía era enteramente libre. Nada puede acreditar ese juicio mejor que la derogación de la usura en 1838, a los ocho años de nuestra independencia. La ley N° 165, del 4/4/1838, disponía así: "El interés del dinero será el que acuerden las partes contratantes". En 1865 se aprueba una reducción del arancel de importación, cuyo promedio era de 15%. En 1888, en la etapa del "Militarismo", bajo la bandera de defender la industria nacional se vuelve a elevar el arancel, que pasó a ser más del doble. Comparemos con Argentina. En 1862, el cociente de las importaciones per cápita da un cociente (Uru/Arg) de 1,86; en 1900, de 1,02; las exportaciones per cápita arrojan cocientes de 2,43 y 0,92. Salta a la vista que el Uruguay está cerrando su economía.
Recurramos al invalorable estudio del historiador-economista Luis Bértola y su equipo de investigadores de la Facultad de Ciencias, Universidad de la República, titulado Uruguay y la región (1870-1990). Ese estudio muestra con indiscutible rigor científico que, entre 1871 y 1887, el ingreso per cápita en Uruguay era esencialmente equivalente al promedio de Inglaterra, Francia y Alemania.
Dada la oposición de las condiciones económicas de fines del siglo XIX por un lado y de nuestra situación actual, ¿no es imperativo revisar la historia económica de nuestro siglo XX desde una base esencialmente crítica?