La gente no duda de que se puede abrir la economía, pero no está segura de cuáles serían sus consecuencias. O, sencillamente, tiene miedo. Por eso es fundamental que la ciudadanía se convenza de que la apertura es factible, y comprenda su utilidad
Comienzo con un resumen de los dos artículos anteriores. En su historia económica, Uruguay alterna luces y sombras. Es lo que ocurre en todas las historias humanas; pero el caso es, de todos modos, particular, porque la mayor parte de las luces iluminaron escenarios muy distantes. Y, encima de ello, la proyección de sombras cobró apoyo, como si fuera de luces, y la de luces ha caído en el olvido, o sea en el reino de la imposibilidad, para la gran mayoría de nuestros conciudadanos.
Por ejemplo: si a gente joven, que supiese que el edificio ahora anexo al Palacio Estévez demoró 70 años en construirse, les dijesen que el Estadio Centenario insumió apenas seis meses en erigirse e inaugurarse en 1930, sería improbable que lo creyesen. Y, análogamente, si les dijesen que el Teatro Solís se edificó en tres años, sin que ni el Estado, ni ningún ente público, contribuyese siquiera con un peso para levantarlo, y que se inauguró en 1856, con una compañía europea estrenando una ópera de Puccini, sería en vano cualquier esfuerzo para convencerles de que así fue. Bien, tal vez en vano no, pero sí se necesitaría un gran comunicador para que los uruguayos creyeran en esas verdades.
Es que el Uruguay de, digamos, 1860 a 1870 era receptor constante de barcos cargados de inmigrantes, los que, si lo deseaban, estaban trabajando el día siguiente al arribo en la capital; o bien, la mayoría, tres cuartos por lo general, se embarcarían para el interior: para trabajar también en seguida, naturalmente. Ese Uruguay vio editarse 40 periódicos en idiomas diferentes del español, tal vez algunos por un número solo, tal vez apenas unos cuantos. Pero, en todo caso, esos 40 periódicos eran testimonio del amor de los recién venidos a la tierra lejana, pero no por desprecio de su origen, sino para hacer la América. Con ese fin, Uruguay era el país que mejores oportunidades ofrecía.
Ese Uruguay no han llegado a discernirlo muchos políticos de los tiempos que corren. Tal vez por falta de memoria histórica, o, lo que es igual, porque, en su educación, entre muchas fallas, no se les enseña que la gente de trabajo otrora venía más intensamente a nuestro país que al resto de Sudamérica, a pesar de que no hace tanto de ello, ya que hasta 1912 el grueso de inmigración se orientaba hacia nuestro territorio. Piense el lector en todas las variedades climáticas y de recursos, así como de tamaños de los mercados y el número de clientes pudientes que ofrecían Argentina y Brasil; pero, sin embargo, hasta 1912, desde 1850, el destino de los inmigrantes iba preferentemente a nuestro país. No hacia Argentina, ni a Brasil, ni a México, ni a Chile, ni a ningún otro país de la región. Escogían a Uruguay, por dos tercios continuos de siglo.
¿Por qué razón, entonces, mientras tanto, los políticos se sintieron obligados a promover condiciones con altos derechos de aduana a los trabajadores, en pleno siglo XIX? Es un misterio. Tiene que ser, en todo caso, que se inspiraban en la ignorancia. El político que, en los albores del siglo XX abrigaba sentimientos más intensos al respecto era José Batlle y Ordóñez. Un hombre bueno y honesto, a la vez que poco ilustrado, que, con el fin de mejorar las condiciones de vida del pueblo uruguayo, se lanzó por la ruta opuesta a la más deseable. Ya dije en el primer artículo de la serie que él "era contrario a que se importase del extranjero todo lo que pueda producirse en el país". ¿Por qué? No nos lo dijo. Normalmente se importa, no lo que no se pueda procesar, sino lo que resultaría más caro producirlo nosotros mismos. No sé por qué, ya que ni Batlle era tonto, ni lo eran tampoco muchísimos de quienes lo sustentaban. Habrá sido por el deseo irresistible de ayudar a los obreros, aunque no lo necesitasen, pues la apertura de fronteras es óptima para todos los trabajadores de los países pequeños, como Singapur, Hong Kong, Taiwán, Irlanda, Holanda, Chile y muchos otros.
La apertura de fronteras es óptima para los trabajadores de los países pequeños, como Singapur, Taiwán, Irlanda, Holanda, Chile y otros
Lector: este es el principal punto a resolver en relación al saludable crecimiento del país. Sin duda. El tamaño del Estado, de su terrible peso sobre la estructura de la producción nacional, es menos grave, por dos razones: en primer término, porque nadie duda de él ni de la magnitud del gravamen, mientras la cuestión de la apertura comercial suele ser un signo de interrogación en la conciencia de nuestros compatriotas.
¿Qué ocurre? La gente no duda de que podemos abrir la economía, pero no está segura de cuáles serían sus consecuencias. O, sencillamente, tiene miedo. Por eso es fundamental que la ciudadanía se convenza de que la apertura es factible, y comprenda su utilidad, para después, en seguida, enfrentar el problema del Estado. Hay aspectos, como el que representa el monopolio de ANCAP, que son una especie de chiste. No tiene sentido mantener el monopolio de una empresa creada con el solo propósito de darle trabajo a un conjunto de obreros. Al tratarse en Diputados la ley de creación de ANCAP, votaron en contra Emilio Frugoni, representante socialista, y Eugenio Gómez, el miembro comunista. Conste que no se trata de eliminar ANCAP, sino solo derogar su monopolio. Si pudiese funcionar sin monopolio, retiraría todo lo que he escrito al respecto. Y también sería necesario restituir el respeto por la propiedad privada, sin lo cual la inversión requerida para el gran desarrollo, como el que tuvimos en nuestros orígenes, no se conseguiría.
Es preciso dotar a Uruguay de una economía abierta como la de Chile, que tiene derechos de importación que en promedio rondan el 3%
Es preciso dotar a Uruguay de una economía abierta, digamos, como la de Chile, que tiene derechos de importación de 6%, y un gran número de tratados tipo TLC, que en la mayor parte de los casos fija aranceles de 0%. Los chilenos consideran que su gravamen promedio para importaciones en general es de 3%. Ese tipo de apertura sería satisfactoria, naturalmente, al cabo de algunos años, tres o cuatro, por lo menos, porque nuestro país tendrá que hacer algunos cambios, ante todo en materia de impuestos y tipo de cambio, asuntos que tal vez algún día se comenten desde esta página.