Este artículo va dirigido a los lectores capaces de apreciar el horror que el socialismo ha comportado en todas sus expresiones históricas, y que sin embargo retacean su apoyo a la economía de mercados por razones éticas. A este dubitativo lector le perturban dos clases de objeciones morales al capitalismo. Una tiene que ver con los contrastes entre ricos y pobres. El otro, con el motor de la actividad económica. Sueña con otro orden de cosas, en el cual las diferencias de fortuna resultasen atenuadas, y la acción humana no tuviese que reconocer en el provecho personal su principal resorte.
No pretenden, pues, estas líneas convertir a los socialistas convencidos; pero la limitación de su objetivo va más allá: tampoco pretenderán disipar todas las reservas de sus destinatarios. Aspiran apenas a que éstos consientan en que discurramos juntos algunos minutos acerca del papel que incumbe a la moral en toda esta cuestión.
Refirámonos a aquellos cuya pobreza es objeto de su inquietud; de la nuestra, si se me permite asociarme a ella. ¿Qué nos pide la moral al respecto? ¿Exclusivamente que nos afanemos por mejorar su condición? ¿O además que hagamos, dentro de lo que está a nuestro alcance, lo necesario para mejorarla? Si lo primero, pretendemos ser juzgados sólo por nuestras intenciones, o tal vez aceptemos que se nos mida también por el grado de generosidad de nuestra entrega. Si lo segundo, convenimos que nuestra lucidez sea puesta en la balanza, y que por su insuficiencia pueda encontrarse que no damos el peso requerido.
Si lo primero, la nuestra es una ética de convicción, según la terminología de Max Weber. Si lo segundo, formamos parte del restringido grupo que acepta una ética de responsabilidad.
¿Por qué es reducido el número de los que abrazan la segunda clase de moral? ¿Qué ha acontecido a nuestra cultura para que lo obvio luzca misterioso? Ya que si la moral nos manda amar, y amar es querer el bien del amado, ¿cómo podríamos descargar nuestra obligación haciendo algo que de hecho le infiera un mal? Sabiendo, sobre todo, como es nuestro deber saberlo –por ser cosa harto patente– que nuestra mente es maestra en el arte del auto-engaño, y descolla en la aptitud para convencernos a nosotros mismos de que aquello que nos complace –digamos, porque concita general aprobación en nuestro derredor– está identificado con el bien de los demás.
Mejor que nadie lo ha dicho Pascal: “Esforcémonos por pensar bien; he aquí el principio de la moral”. Pascal no nos dice que hayamos de ser juzgados por el resultado de nuestros actos; nuestras fuerzas son demasiado flacas para ello. Pero nuestra intención no nos justificará si está referida tan sólo al fin, si no abarca los medios, si no comienza por preguntarse cuáles son los instrumentos idóneos para perseguirlo, si no va hasta el fondo de la cuestión, y aplica en ello todo el tesón y todo el rigor posibles.
Me haré la ilusión de que el lector dubitativo me ha concedido este primer punto. Antes de proseguir en la dirección que desde allí se otea, pido licencia para tocar la segunda objeción ética que el capitalismo le suscita. Pronto se verá que una y otra están entre sí.
El lector que duda lo hace desde una ética cristiana, que ensalza el desapego de los bienes materiales. ¿Cómo dar su adhesión a un sistema que cifra su buen funcionamiento en la amplia difusión entre los seres humanos del deseo de provecho personal?
Antes de seguir adelante, convengamos en que eso es precisamente lo que hace la economía de mercados; presumir que cada cual busca su felicidad, y que lo hace racionalmente. A algunos la búsqueda de la felicidad les conduce a la religión contemplativa, y a otros al ejercicio de la bohemia artística; pero para la mayoría la acumulación de bienes materiales es una consideración importante. Si este caso no constituyese la regla, la economía de mercados no podría funcionar; alguna forma de socialismo tendría que ser la respuesta.
Entendámonos bien. La economía de mercados no presupone el egoísmo cerril de los sujetos económicos, y es perfectamente compatible con la generosidad y el sacrificio. Pero por más incremento que estas virtudes puedan infundir a la calidad de vida de una sociedad, el grado de su prosperidad y bienestar económicos en un contexto capitalista no proviene de ellas. Es como decía Adam Smith: no es sobre la benevolencia del panadero, del carnicero y del bodeguero que baso mis esperanzas de cenar esta noche.
Y entiéndase bien asimismo esto otro. La retórica anticapitalista suele abundar en referencias a una codicia desenfrenada como motor de la acción humana en la economía de mercados. Ahí hay un error fundamental. Ningún impulso que sin freno procure el provecho personal puede ser más socialmente destructivo. El sistema de la economía libre supone y requiere, para mantener al espíritu de lucro dentro de su cauce debido, y para hacerle rendir todo su potencial de creatividad y de servicio, imprescindiblemente una doble restricción: la restricción del derecho, que me obliga a cumplir los contratos y a respetar la propiedad ajena –por algo el estado de derecho se desarrolla paralelamente a la economía de mercados, y nunca ha existido más que en su ámbito– y la restricción de la competencia (lo que no significa, dicho sea de paso, la competencia perfecta, esa entidad de laboratorio, sino sencillamente la falta de cortapisas institucionales a la entrada de empresas al mercado).
Ahora bien, enfoquemos nuestra atención en el agente económico característico en una economía de mercados. No es un homo oeconomicus –otro ente de laboratorio–; conoce la amistad y la filantropía; ocasionalmente, (muy ocasionalmente, es cierto) es capaz de un acto genuinamente caritativo; en su trabajo, siente el orgullo de hacer las cosas bien; pero ni el esfuerzo ni el ingenio que despliega en su actividad serían inteligibles si no pudiesen adscribirse a su deseo de prosperar, y procurarse, para sí y los suyos, la mayor cantidad de riquezas posible.
¿No sería preferible, éticamente superior, que hiciese otro tanto en un espíritu de servicio a la comunidad? Así pensando, el dubitativo lector anhela un sistema en que ello fuera factible. Y le retacea por consiguiente su apoyo a la economía de mercados.
Aquí es donde comete su equivocación. Se le ha enturbiado la visión, y el ser y el debe ser de las cosas se le han trabucado de mala manera.
La operación intelectual mediante la cual desea que los hombres fueran distintos de como son en realidad, y, trocasen su ánimo de lucro por un vivo sentido de solidaridad social, no participa, como tal operación intelectual, en ninguna medida de las virtudes del ideal ético que la inspira. Es una confusión fácil de cometer, pero al mismo tiempo indiscutible. Si el lector siente con particular nitidez la vigencia del ideal ético de desapego respecto de los bienes materiales, que no se equivoque: es un llamado a su propia santidad personal, no una exhortación a que pierda el tiempo deseando que los demás sean como no son en realidad.
Y lo peor es que si cae en tal error, se hallará apenas a un paso de otro error mucho más grave: el consistente en pensar que un sistema basado en un ser humano como a él se le representa que debería ser, es aplicable a los hombres y mujeres tales como son.
Y eso no sólo configura un error intelectual. Implica a la vez un acto moralmente reprensible. Por descontado, siempre que se acepte la ética de la responsabilidad. De lo contrario, no hay problema. Si no hay que esforzarse en pensar bien, si vale dejar que los sentimientos empuñen el timón, si las buenas intenciones cubrirán con su manto purificador las peores calamidades, adelante, no se inquiete usted. Bastará con que se inquieten aquellos a quiénes usted querría proteger.
Olvidaba que el punto relativo a la ética de responsabilidad, frente a la ética de convicción, me había sido concedido.
Entonces ya tendremos al lector, por más que dubitativo aún, empeñado en inquirir, no cuál sea el sistema cuya descripción “a priori” resulte más bonita, sino aquél que con superiores probabilidades de mejorar la condición de los más necesitados, a la vez que asegurar la libertad y la prosperidad de todos.
Este artículo no tratará de convencerle de que la economía de mercados es ese sistema. Ello estaría fuera de los términos de referencia convenidos al comienzo. Por el momento me contentaré con que busque usted; con que se detenga a esforzarse por pensar mejor, y vuelva a buscar enseguida, sintiendo que un imperativo ético de lucidez pesa incesantemente sobre sus hombros. Y sin olvidar nunca que el camino del Gulag está empedrado de buenas intenciones.