La visita del Papa a Cuba ha despertado enorme interés por una variedad de razones. Obviamente, Castro ha querido capitalizar la presencia del Sumo Pontífice en la isla para contrarrestar la imagen de su patético aislamiento, y demostrar que su interminable monólogo es capaz de volverse diálogo, dadas las circunstancias; pero no debe haberle pasado desapercibido que había un precio a pagar en términos de una Iglesia provista ahora de una voz que difícilmente podrá ser nuevamente acallada. Las exhortaciones del Papa a Castro (v. gr. apertura de la sociedad cubana, liberación de presos políticos) y al gobierno de Washington (cesar el bloqueo a la isla) han tenido también apreciable repercusión, más de la que sus probables efectos prácticos podrían justificar. En un plano más profundo, el encuentro de los dos líderes evoca el viejo tema sobre el cristianismo y el marxismo. ¿Qué tienen en común los dos líderes que se encontraron en La Habana días atrás? Y, ¿qué es lo que en sus respectivos credos les separa?
Las semejanzas son importantes superficialmente, y ello no es de extrañar en tanto el marxismo es en realidad una rama herética del tronco judeocristiano. Bertrand Russell puso hace muchos años de manifiesto su naturaleza de religión, cuando estableció una conocida tabla de equivalencias, que incluyen “el pueblo elegido=el proletariado” y “la Iglesia=el Partido Comunista”. De ahí el carácter ateo de este último, visto el carácter exclusivista de las religiones occidentales.
Uno de los puntos de aparente semejanza es la doctrina sobre “el hombre nuevo”. El concepto y la terminología provienen de San Pablo: “…despojaos del hombre viejo, viciado por la corrupción del error: renovaos en vuestro espíritu y revestíos del hombre nuevo…” (Ef. 4, 22-24). La profecía de Marx decía que el hombre nuevo surgiría de la sociedad sin propiedad privada de los medios de producción, por tanto sin clases, y haría posible la desaparición de toda coerción, del Estado mismo, y consagraría la libertad e igualdad perfectas, Para el cristianismo el hombre nuevo es suscitado por una transformación interior, en que el amor del mundo y de uno mismo queda supeditado al amor de Dios. Es lo que se llama conversión. La conversión es la revolución cristiana. Es un acontecer personal, pero nada excluye que pueda alcanzar proporciones colectivas, y la sociedad sea ella misma transformada. En cualquier caso la dirección causal va de dentro hacia afuera, no al revés, como en la revolución marxista.
¡Qué fracaso el de la profecía marxista! El sacrificio de tres generaciones en lo que fue el más sangriento imperio de la historia, que incluyó operaciones de ingeniería social que exterminaron a decenas de millones de seres humanos, no dejó en su estela ni un ápice de desasimiento de lo material entre los sobrevivientes, en realidad todo lo contrario. Y Cuba lleva al extremo el fracaso de la planificación central de la economía. Fidel protesta contra el embargo comercial estadounidense, pero él es en realidad su único aliado, la única defensa de un régimen que transformó un país rico en otro sumido en la miseria, que para abandonarlo, cada noche seres humanos desesperados se lanzan al cruce del estrecho de la Florida en la más frágiles embarcaciones y a través de la guardia costera castrista, las más de las veces al costo de sus vidas. Yo repruebo el embargo comercial impuesto por los EEUU, pero atribuir la escasez de bienes a ello, en un país que puede comerciar libremente con México y Canadá, y con todo el resto del mundo (en Uruguay, por ejemplo, donde su gobierno debe 20 millones de dólares, compraría ávidamente si sólo pudiese concedérsele crédito ilimitado) es sencillamente absurdo.
La cosa curiosa de esta confrontación es la influencia marxista en medio de su siniestro fracaso sobre los teólogos cristianos. Los hechos han establecido inequívocamente que la economía de mercado, un sistema cuyos orígenes se sitúan en un período de apogeo de la Iglesia y de la fe, en los siglos XI a XIII, un sistema que se nutre de virtudes morales, el primero que prescindió de mano de obra servil, a la vez es el único en toda la historia de la humanidad capaz de poner un nivel de vida decoroso al alcance del grueso de la población. Naturalmente, el sistema de mercados no propende por sí mismo a la conversión de los hombres y mujeres que viven en su ámbito, pero ¿desde cuando el sistema de producir bienes materiales tiene al mismo tiempo que satisfacer las necesidades espirituales de la gente? De hecho, sin embargo, el discurso de la Iglesia, y de las distintas denominaciones cristianas en general, tiende a ser generalmente adverso a ese sistema de producir y distribuir bienes a través de la espontaneidad de los mercados, y ello de varias maneras distintas.
La manera radical consiste en la llamada teología de la liberación. En esencia consiste en una inmanentización radical de la escatología cristiana; dicho más simplemente, en ubicar la salvación con plenitud en el mundo y en el tiempo, igual que la herejía marxista. Aquella ha justificado las insurrecciones armadas en función de las intenciones liberadoras con que sus líderes han tomado las armas; la cuestión de si su éxito culminaría en un resultado diametralmente opuesto de sus ideales ni siquiera recibe fugaz consideración.
Esta afinidad con la guerrilla marxista ha valido a varios liberacionistas condenas al silencio por la jerarquía eclesiástica. Pero numerosas ideas afines resuenan en los templos con gran frecuencia. La liturgia católica del domingo pasado recordaba el pasaje del Evangelio en que Jesús, invitado en la sinagoga de Nazaret a leer las Escrituras, elige un fragmento de Isaías que dice: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; …para poner en libertad a los oprimidos…” Temo que en innumerables parroquias en el mundo entero este pasaje de literatura mesiánica haya sido entendido literalmente como un endoso de Jesús a las revoluciones en sentido secular, del género de la que Fidel y el Ché Guevara iniciaron en Sierra Maestra y culminaron con el infortunio del pueblo cubano no bien descendieron triunfalmente a La Habana.
Temo por tanto al mismo tiempo que muchos cristianos no hayan recibido de sus conductores espirituales la luz suficiente para discernir en la aproximación física del Papa y Fidel Castro en ocasión del viaje pastoral de aquel la imagen de la oposición frontal que en ella debe verse, y que en el aire santurrón con que Fidel optó por mostrarse hayan creído ver una apertura al mensaje de sabiduría y humanidad que Juan Pablo le traía desde la Sede de Pedro. Y temo por fin que no perciban que el incremento de la libertad en la isla que el Papa anhela no depende de un cambio de actitud del dictador, sino que es consustancial con un cambio radical del régimen que él impone. Temo que no hayan sido preparados para comprender que mientras el Estado en Cuba siga siendo prácticamente el único empleador, el progreso de la libertad allí es una contradicción en los términos; porque la condición esencial de un esclavo es precisamente la de no poder elegir para quién trabajar.