Una reciente mudanza ha trasladado hacia el oeste el eje de mis paseos junto al mar: ahora comienzo en bulevar Artigas y, si me encamino hacia el Parque Rodó, en una mañana de domingo la paz es total, y el ejercicio puede combinarse idealmente con la reflexión. “Lástima”, me digo, “que todo esté tan sucio, que el césped aledaño a la cancha de golf esté cubierto de papeles y que los yuyos crezcan lujuriantes por cualquier resquicio, y no son pocos, que les ofrezca el pavimento.” Pero esto no es, en realidad, un obstáculo a mis reflexiones, sino el comienzo de la primera.
La asociación de ideas lleva mi pensamiento a otro traslado a pie, menos grato, que estaré haciendo mañana por la mañana, desde mi estacionamiento en Andes a mi oficina en la plaza Independencia, y a los obstáculos que deberé sortear hasta llegar a destino, fruto amargo de la obra que está remodelando a 18 de Julio. La corriente del pensamiento prosigue –confieso que tengo una mente que propicia ese tipo de cauce– por la comparación entre los gastos de capital y de mantenimiento en el presupuesto municipal. ¿Cómo debe repartirse el dinero entre uno y otro para optimizar los intereses de la población? En apariencia el problema es falso, porque el mantenimiento parece estar determinado por el capital que exista, cosa de que éste no disminuya, pero en realidad no es así. Si, de hecho, el mantenimiento que se lleva a cabo es inferior al requerido, y por lo tanto la gente tiene que vivir entre veredas rotas, yuyos rampantes, basura en las calles y hoyos en el pavimento, el elevar el gasto de mantenimiento para que la gente camine y ruede sobre pavimentos sanos y contemple espacios limpios de malezas y desperdicios, tiene que generar un incremento de la calidad de vida comparable con el que la inversión edilicia pueda promover.
Es por tanto legítimo inquirir por qué razón Mariano Arana puede presumir de que los montevideanos preferimos que nos remodele la principal arteria antes que tener esos otros elementos de bienestar ciudadano en los que nuestro déficit es tan visible. Yo no he encontrado a nadie que entienda el proyecto, menos aún que lo apruebe, pero me consta cuánto sufrimos muchos con las veredas deprimente y peligrosamente deshechas y padecemos con ver a la otrora llamada tacita de plata convertida en una pocilga. Algún día algún intendente tendrá que emprender la tarea de civilizar –mi memoria me pide que ponga “recivilizar”, pero admito que ella puede ser falible– a los pobladores de la capital para que tengan por ella un adarme de consideración en cuanto a no arrojar a la vía pública papeles y otros desperdicios. Y no comprendo cómo puede, él que reconocidamente quiere a su ciudad, desdeñar el honor de ser él mismo ese gobernante comunal; y cómo prefiere pasar a la historia como el intendente que angostó 18 de Julio, o que le hizo lo que sea que está empeñado en hacerle, sobre cuyo destino polémico nadie debería dudar, en lugar de ser el que le dio –o devolvió– a sus pobladores el sentido del decoro y el orgullo de vivir en una ciudad razonablemente prolija. Seguramente no gastaría con ese fin más que una pequeña fracción de lo que le cuesta el proyecto en ejecución, y ello sin cargar a sus costos los infinitos trastornos que está ocasionando, y por mucho tiempo va a seguir infiriendo, a los vecinos.
En mi solitaria caminata llego a las canteras del Parque Rodó y cuando me disponía a pedir al tránsito ambulatorio el efecto clarificador de las ideas que los filósofos peripatéticos le atribuyen, la visión del estanque encadena mis reflexiones al tema municipal. Flotan en el agua innumerables bolsas de plástico. Debemos sin duda al fenómeno de la biodegradabilidad que una cantidad mayor aún de papel no contamine decisivamente el paisaje. Me pregunto: ¿Qué utilidad puede rendir la construcción de un estanque (gasto de capital) si no se emplean recursos en conservarlo limpio (gasto de mantenimiento)? Mis ojos se posan en la cascada, último aditamento edilicio al paisaje de la zona. El agua cae en varias etapas. En la primera brota con un pronunciado color café. Más abajo se ve agua clara y espuma blanca, pero el efecto está arruinado. ¿Será insoluble el problema o no habrá dinero para gastos de mantenimiento?
Sobre la baranda del puente tendido sobre la calle se ve un cartel que dice “Montevideo, capital administrativa del Mercosur”. Lo que me faltaba para arruinarme el paseo. Juan Bautista Alberdi nos llamó (en 1852) la California del sur, por el empuje y la vitalidad de nuestra economía. Más tarde fuimos la Suiza de América, en el decir de muchos, por la estrictez democrática que nos distinguía. Ahora, ¡ay!, nuestro destino es inequívoco: de ser ahora la Bruselas del Cono Sur ni Dios nos salva. Amo a la capital de Bélgica, pero el papel que le ha tocado representar en Europa, como sede de la apabullante burocracia de la Unión, no lo querría para nuestra ciudad. ¿Le tocará al Mercosur ir por el mismo camino de regimentación por el cual la Unión Europea transita? El peligro es fuerte, y haber seleccionado a Montevideo como capital administrativa, a Montevideo, donde deja usted caer al pasar una semilla de burocracia y le crece en seguida un bosque, no ayudará a resistirlo. A ello le debemos el hermoso reciclaje del Parque Hotel, que ahora me deja ver su nueva lozanía, pero ¿cuánto tiempo transcurrirá hasta que les quede chico?
En seguida, a mi derecha, me castigan la vista los graffiti, que le roban a la recia pared de roca toda su belleza. El blanco, sobre ella, resulta particularmente estridente. ¿Valía la pena un ingente gasto de capital en la zona si no había manera de librarse de los odiosos garabatos? Tal vez aquí también, sin embargo, algún gasto de mantenimiento, en limpieza y vigilancia, pudiese devolver a la empresa algún sentido.
Llego a Julio María Sosa, y cruzando la avenida me topo con el gaucho, con la china en la grupa de su flete, haciéndose visera con la mano para escudriñar la lejanía. ¿En pos de qué cosa van los ojos del criollo indómito? Será –¡no! perezca la idea– que nuestro gaucho está buscando el teatro de verano, sabedor de que la Intendencia ha adelantado el Carnaval? No lo creo, ciertamente, no. Pienso, en cambio, que otea el horizonte en procura de otra tierra como la que fue suya; de su libertad, orgulloso; ante la autoridad, arisco; de la idea de que pudieran querer organizarle a él las diversiones, despectivo. Sospechando que las pagaría él de todos modos, por más que le dijeran que eran gratis.
Trepo por la subida de la Facultad de Ingeniería y parece que por fin podré distanciarme de mi inmediata circunstancia física y poner mis ideas en orden. El vecindario duerme, o se ha marchado al Este por el fin de semana. Reina una paz maravillosa. Con tanta lluvia el verdor de la hierba es indescriptible. ¡Qué ocasión para filosofar! Como diría Teofrasto, el peripatético, un paso tras otro van acercándonos a la verdad. La belleza y el silencio circundantes son una invitación para pensar. La única cosa: caray, ¡otra vez! ¿Por qué habrá tantos papeles tirados por todas partes?