La hora de Don Quijote

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WILSON FERREIRA LLEGÓ A NUESTRAS COSTAS CREYENDO QUE A LA REPÚBLICA LE HABÍA LLEGADO LA HORA DE DON QUIJOTE, CUANDO LO QUE ELLA CREÍA ES QUE TODAVÍA ESTÁBAMOS EN EL TIEMPO DE SANCHO PANZA.

Hay algo que me resulta imposible: rememorar la historia de Wilson Ferreira Aldunate sin ser en seguida presa del deseo de reescribir la historia de mi país, y rebelarme ante su ineluctable realidad, en todo lo que concierne al tiempo de su prisión y proscripción política, y a todo el proceso del llamado “retorno a la democracia”, locución que lo describe con inadmisible reticencia; porque retorno a la democracia habrá habido, pero también hubo el sacrificio de un inocente en el altar de la normalidad institucional a cualquier precio.

Y cuando luego, inevitablemente, tomo conciencia de que rebelarse contra la realidad es cosa de locos, y me avengo a aceptar que lo que es es, y seguirá así por siempre, entonces doy en cavilar, con igual compulsión, sobre el modo en que habremos de pagar, o estaremos pagando, nuestra inexcusable falta; convencido como me hallo de que no hay acontecimientos históricos sin consecuencias; para bien o para mal, según sea el caso.

Para desenvolver mi pensamiento dejen que me remonte a junio de 1973, cuando, rota la institucionalidad y establecido el régimen de facto, Wilson Ferreira se exilia prestamente; primero en Buenos Aires, refugio eminentemente inseguro, según los hechos trágicamente demostrarían, después en una variedad de otros lugares más distantes. Sus adversarios intentarían imputar estos desplazamientos a pusilanimidad, pero el propio régimen autocalificado de cívico militar se encargó de difundir una orden de captura que contra él existía, por “asistencia a la asociación subversiva, atentado contra la Constitución en el grado de conspiración” y otros delitos de enorme gravedad, dictada por un juez militar en 1976. Esto colocaba a Wilson Ferreira en una categoría exclusiva entre los políticos: los había proscritos y no proscritos; proscritos a quienes más adelante se desproscribía y a quienes no; y en una clase para él solo, como quien dice con precio puesto a su cabeza, estaba Ferreira Aldunate. Todo dentro de un sistema de distinciones basado en la más total arbitrariedad.

Su situación no sólo es grave, sino también duradera. En marzo de 1983, cuando ya se habían iniciado los contactos entre políticos y militares, con vistas a una salida al impasse institucional, el Ministerio del Interior de la dictadura reitera la orden de captura de 1976. Como si dijeran: a éste no sólo no lo vamos a habilitar nunca como candidato, sino que tampoco lo queremos en el país.

El país, por su parte, recibe esta muestra de discriminación salvaje con increíble pasividad. Sin duda protesta el semanario que representa el sector del Partido Nacional liderado por Ferreira Aldunate, La Democracia, que muy pronto sería clausurado definitivamente. De la prensa independiente me reconforta poder citar el cuestionamiento de Búsqueda, cuya dirección a la sazón este columnista ejercía: “Queremos información”, demandaba el semanario, “sobre las pruebas en que se basan las imputaciones dirigidas contra el Sr. Ferreira Aldunate.” Y agregaba, invocando la solidaridad de la condición de libertad o esclavitud: “Es un asunto de nuestra directa incumbencia.”

La opinión pública calificada no estaba viendo la cuestión desde una perspectiva análoga. Para muchos la necesidad de un acuerdo con los militares aconsejaba pasar por alto cuestiones de mero alcance individual. Una figura que desempeñaría un papel protagónico en el proceso de reinstitucionalización profetizaba: “Si no se logra un consenso con la FF.AA. se abrirá una etapa de negros presagios.” Aquella hora era, o al menos así se la veía, el tiempo de la prudencia. ¿Tiempo para la adhesión irreductible a los principios esenciales? Tiempo para ser testigos de la libertad? ¿Para el sacrificio? ¿Para el heroísmo? No, esos tiempos serían otros. ¿No proclama el Eclesiastés que hay tiempos para todo? Aquél era sólo para la sagacidad y la prudencia.

La culminación de este proceso llega, naturalmente, junto con el propio Wilson Ferreira, que arriba a mediados de 1984 en un barco desde Argentina, por las suyas, acompañado por su hijo Juan Raúl. ¿Qué es, por ventura, lo que iba a acontecer? ¿Cuál sería, de tan portentoso drama, el desenlace?

Es precisamente para este trance dramático que yo, como les contaba al principio, caigo vuelta a vuelta en la tentación de idear un desenlace distinto del que resultó real. No siempre me sale el mismo. A veces la multitud irrumpe en el recinto portuario, deja paralizada a la guardia militar y se lleva a su líder carismático en andas. Otras veces la población comienza una estrategia de resistencia pacífica tipo Gandhi, ante la cual los dictadores deben rendirse. Cuando me encuentro menos imaginativo veo a los líderes políticos rechazar toda negociación hasta que se libere al injustamente preso, dejando que la presión popular obligue a los militares a ceder. Es la realidad la que me resulta intolerable: que todo, absolutamente todo, haya acontecido de acuerdo con el libreto preparado por las autoridades castrenses. Que hayan sido capaces de tener a un hombre inocente, cuya culpabilidad nunca fingieron siquiera tomar en serio, por todo el tiempo que se les ocurrió, y que las elecciones se hayan celebrado exactamente cuando ellos las habían planeado; que el propio Partido Nacional, por más que no participó en las negociaciones finales, sí presentó candidatos a los comicios y contribuyó a conferirles la apariencia de una legitimidad que de derecho natural nunca poseyeron.

Hay más. La chatura de la historia uruguaya en el lapso post electoral continúa siendo apabullante, a través de lo que se llamó la Coordinación Nacional Programática y del apresurado otorgamiento de amnistías a diestra y siniestra, olvidándose de los militares hasta que la negociación de una para ellos se había vuelto imposible, y el futuro pasó a evocar cada vez más al choque frontal de dos trenes. Lo notable es que quien levantó el nivel de esa historia no fue otro que el hombre a quien todos habían dejado marginar de ella, y gracias a cuyo liderazgo pudo llegarse a la Ley de caducidad, y a salvar a la recién restaurada institucionalidad de un accidente que no habría podido soportar. En otras palabras, cuando la sagacidad y la prudencia dejaron de alcanzar, cuando se necesitó algo más, y de hecho la virtud que el momento exigía fue la grandeza, quien estaba allí para suministrarla fue el propio Wilson Ferreira Aldunate.

Estoy lejos de considerar que éste fuese un hombre perfecto, pero pienso que, antes de ocuparse de sus defectos, el país tendrá que hablar mucho todavía de la deuda que con él contrajo. Yo, en particular, querría hablar más sobre su regreso, a meterse en las fauces del lobo. Evidentemente él traía en su equipaje algo que el país no supo recibir. Pienso que un tono vital para nuestra democracia, una capacidad de estimación para nuestras libertades, que hoy podría depararles una seguridad que no tienen. Todo, pienso, porque llegó a nuestras costas creyendo que a la República le había llegado la hora de Don Quijote, cuando lo que ella creía es que todavía estábamos en el tiempo de Sancho Panza.

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