Hablando en un barrio de Montevideo el 19 de marzo, Tabaré Vázquez negó enfáticamente que estemos asistiendo en el mundo al fin de las ideologías. Yo estoy de acuerdo con él. Un mundo sin ideologías sería un mundo en el cual las opciones políticas abiertas a los ciudadanos no fueran más contrastantes que la que plantearía elegir entre Margaret Thatcher y Tony Blair; en el cual, por tanto, no cupiese esperar cambios importantes originados en la órbita política, y donde la dinámica social fuese un simple reflejo de la innovación tecnológica. Hegel y los hegelianos conciben al cambio como una consecuencia de las ideas, y a la historia como la marcha dialéctica de las ideas hasta la victoria final de la idea absoluta, que pondría fin al devenir histórico. Fin de las ideologías vendría a ser igual, pues; a fin de la historia. Creo que se trata de una visión falsa, simplemente por que no soy hegeliano, ni historicista, y por lo tanto no me parece cognoscible el futuro de la historia, ni asegurada la racionalidad de ésta, ni excluible la posibilidad de un colapso de la civilización occidental, lanzada tal vez por el despeñadero por donde se precipitaron todas las civilizaciones anteriores, esta vez por alguna ideología disparatada.
Pero aclaremos esto: el hecho de creer alguien que aún hay ideologías, y que bien puede seguir habiéndolas indefinidamente, no significa que quien así piense deba por ello tener él mismo una ideología, y si la tiene saber en qué consiste. Sin ir más lejos, a mí me suenan muy sospechosas las razones que Tabaré Vázquez invocó para fundar su aserto en tal sentido. “Cuando hoy se dice por ahí”, manifestó el líder de la izquierda uruguaya, “que las ideologías han caído cuando cayó el muro de Berlín o cayó la cortina de hierro…se maneja una enorme mentira”. “Quienes dicen”, continuó, “que ya no hay muros que nos atrapen se olvidan de que hay en el mundo un nuevo muro, una nueva cortina de oro que separa a los pobres de los ricos.” Un cóctel de metáforas más propicio a desatar la ovación del público que a transmitir ningún pensamiento inteligible.
Ante todo, hagamos memoria sobre qué cosa significó la erección de esas murallas reales, no simbólicas, de cuyo derrumbe se ha tratado aquí. Ellas no se elevaron como consecuencia directa de ninguna ideología, sino de la distribución geográfica del poder, con sus consiguientes fronteras, a un lado de las cuales se gobernaba conforme a la ideología marxista leninista, también llamada del “socialismo real”, mientras del otro lado funcionaban economías de mercado. La razón de ser de las murallas no consistió en las diferencias ideológicas a un lado y otro de las fronteras, sino en la preferencia arrolladora de los habitantes de la zona marxista leninista por el sistema que regía del otro lado, y en la férrea resolución de los dictadores socialistas de no dejarles votar con los pies. Así se fueron levantando los muros de bloques; se los fue adornando con alambradas de púas, dotándolos de guardias armados de metralletas y flanqueados por mastines feroces, que miraban hacia dentro de fronteras, ya que sus objetivos no eran los invasores, sino los fugitivos.
Naturalmente, el desplome de esos muros, como fruto espontáneo del odio de los esclavizados en su interior, difícilmente podría dejar de tener consecuencias ideológicas, aunque en modo alguno tuviesen que consistir en la liquidación global de todas las ideologías de una vez por todas. El shock para todos los marxistas de buena fe fue brutal. Ellos habrían esperado que las murallas fuesen erigidas por los capitalistas, para retener a sus esclavos proletarios, irresistiblemente atraídos por la sociedad de los libres e iguales. Es lo que el famoso socialista Norberto Bobbio llamó “la utopía invertida”. Eduardo Galeano describió su íntima y desolada confusión como la de “un niño perdido en la tormenta (1991).”
Objetivamente, los acontecimientos de fines de la década de 1980 no pudieron dejar en pie a la ideología marxista leninista, pero no con la misma transparencia al socialismo en general. La diferencia radica en la amplitud de uno y otro concepto. Es muy difícil decir qué cosa sea el socialismo. Yo diría que no se puede ir más allá de considerar al socialismo como la ideología que se opone a que la distribución de la riqueza sea fundamentalmente determinada por las fuerzas espontáneas del mercado, por oposición a (en algún sentido) la voluntad consciente de la sociedad. Y una idea así no está en modo alguno casada con la de la planificación centralizada de la economía ni con la propiedad colectiva de los medios de producción. Al mismo tiempo, si tomamos el concepto con ese grado de generalidad, es bien poca cosa que alguien se declare “socialista”. Como plataforma política, por ejemplo, pienso que la información proporcionada a los electores sería totalmente insuficiente como fundamento de una determinación racional.
Por contraste, la ideología marxista ofrece al observador un concepto perfectamente delimitado, acotada como se halla por la obra conjunta de Marx, Engels y Lenin. Y en su caso la caída de las murallas no puede haber perdido la adhesión de todos los hombres y mujeres racionales. Porque la ideología de marras, por obra de su tríada paterna, incluyó inequívocamente los siguientes tres artículos de fe: (1) la revolución proletaria sería conducida por fuerzas históricas ineluctables hacia la organización económica inherente a la sociedad sin clases, sin posibilidad de error; (2) esa organización social, al eliminar las contradicciones del capitalismo. pondría al alcance de todos una abundancia jamás antes soñada de bienes y servicios; y (3) la misma organización social suscitaría también un hombre nuevo, que alcanzaría dentro de ella la plenitud de su realización. Y no cabe duda que ninguno de esos artículos pudo sobrevivir la caída de los muros y cortinas. El profesor Eric Hobsbawm, de la universidad de Londres, reconocidamente uno de los pensadores descollantes de la izquierda mundial, lo expresó terminantemente: “Quedó patentemente demostrado que quienes creímos que la Revolución de Octubre había abierto la puerta hacia el futuro de la historia del mundo nos habíamos equivocado.”
O sea que las ideologías no tienen que ser borradas por esa experiencia crucial, pero no sería racional que el marxismo leninismo continuase siendo la ideología de la izquierda. Y, hoy en día, ni dentro del país ni en el mundo exterior podemos averiguar cuál es la ideología de recambio a que han recurrido. Lo que Tabaré Vázquez nos sugiere, que una nueva ideología se apoya sobre una cortina también nueva, ésta de oro, simbólica y no real, que separa a los pobres de los ricos, no pasa de ser un conjunto de palabras, sin posible contenido sustancial. La pobreza, y la pobreza de los más, fue la compañera inseparable de la humanidad desde sus orígenes, hasta que la economía de mercado allegó, donde se le permitió actuar, un nivel de vida decoroso para la gran mayoría. El mismo Hobsbawm afirmó: “El argumento de que el socialismo se necesita para abolir el hambre y la pobreza ya no es convincente.” ¿Por qué no lee el Dr. Vázquez las autoridades de su propia tendencia? ¿Por qué al menos no se atiene a aquel gran consejo, ése sí de oro: “Piense primero, hable después”?