En este mes se cumplen 30 años de las violentas jornadas que dieron en llamarse la “revolución de mayo”, que tuvieron su epicentro en París. Fue el último episodio de significación mundial al que se le atribuyó el nombre de “revolución”; por ello tal vez se justifique un artículo para recordarlo.
¿Fue de veras una “revolución”? Si por tal entendemos una transformación súbita y radical de las instituciones y la cultura en general, o por lo menos alguna discontinuidad histórica significativa, la respuesta negativa se impone. Sí, en cambio, equiparamos aquel concepto al de una rebelión que se alza, no contra agravios concretos, sino en pro de una utopía, la cosa, según veremos, cambia.
Pero no podemos continuar sin refrescar un tanto las memorias.
Original y fundamentalmente, se trató de una revuelta estudiantil. Un clima de violencia universitaria se había iniciado en Estados Unidos, sobre todo en Berkeley, tres o cuatro años antes, y propagado al resto del mundo económicamente desarrollado.
Factores circunstanciales hicieron que en París ese clima suscitase un terrible huracán. En el marco de desorden a que estamos acostumbrados, el edificio central de la Sorbona fue ocupado. Contra un precedente reiterado, el gobierno pidió a la Policía que desalojara el local, y con ello el vendaval se desató.
Aquí le cedo la palabra a Herbert Marcuse, uno de los mentores del movimiento: “Los estudiantes convergieron sobre la Sorbona y, dado que se informaba que la Policía volvería a despejar el sector por la fuerza, se construyeron barricadas. Este suceso realmente espontáneo…los estudiantes tomaron simplemente los innumerables automóviles estacionados…y sin la más leve consideración por la propiedad privada los dieron vuelta y los atravesaron en las calles… Luego arrancaron las señales callejeras, “sentido único”, “pare”, o lo que fuere, y con ellas removieron los viejos adoquines de París, que ya habían servido en las revoluciones de 1848 y 1870, y los utilizaron como armas contra la Policía… Y siguieron poniendo sobre las barricadas todo lo que pudieron encontrar…hasta una altura de tres y medio a cuatro metros”.
Cuando la Policía los desalojó con gases lacrimógenos, el líder de la revuelta, el alemán Dani Cohn Bendit, resolvió pedir ayuda a los sindicatos, y los estudiantes tuvieron éxito en obtener que se declarara la huelga general. Otra vez Marcuse: “…los estudiantes mostraron a los obreros lo que debía hacerse, y…los obreros siguieron las consignas y el ejemplo establecido por los estudiantes”. Aparte de los edificios universitarios fueron ocupados teatros, fábricas, aeropuertos y estaciones de televisión. Cerca de 10 millones de trabajadores llegaron a movilizarse, y Francia se paralizó. El premier Pompidou hizo un acuerdo con los líderes sindicales, otorgándoles diversos beneficios, pero las bases lo repudiaron. Entonces el presidente De Gaulle abandonó París el 29 de mayo para celebrar una conferencia con líderes militares franceses en Alemania y, regresando el día siguiente, se dirigió al país por televisión planteando a los ciudadanos la opción entre él y la anarquía. Los partidarios del orden recuperaron la confianza y se aprestaron a un enfrentamiento armado. La izquierda, desalentada por la negativa de los comunistas a jugarse el todo por el todo, aflojó la presión, y aceptó la transferencia del dividendo al plano electoral, donde De Gaulle obtuvo una victoria aplastante.
Y todo eso, ¿para qué? Los revoltosos no levantaron ninguna bandera de importancia conmensurable con la amplitud del movimiento. Si alguna vez hubo una rebelión por la rebelión misma, ésa fue la ocasión. Si se hubiese querido probar que masas gigantescas pueden ser conducidas a la lucha por un liderazgo totalmente irresponsable, nadie podría haberlo hecho mejor. Cómo fue que esta pesadilla llegó a hacerse realidad quedó librado a la conjetura.
En tanto que aventura de estudiantes, es natural buscar sus orígenes en la influencia de los intelectuales más próximos a aquellos. Ya cité a Marcuse, como narrador del episodio, pero no cabe duda de que fue con respecto a él mucho más que eso.
Por algo fue en Berkeley, donde él enseñaba, que saltó la chispa del gran incendio internacional que culminaría en París.
Marcuse enfila sus baterías hacia la sociedad contemporánea de los países ricos, a la que trata de “represiva”, por lo que ve en términos de “liberación” la acción contra ella. “…Hoy tenemos que liberarnos”, escribe la víspera de las jornadas francesas, “de una sociedad que funciona relativamente bien, que es rica y poderosa. Me refiero estrictamente a la liberación de la sociedad opulenta, es decir, de las sociedades industriales adelantadas”.
La vida en ellas es intolerable, y sólo subsisten gracias a “…mecanismos sociales de manipulación, adoctrinamiento y represión que determinan (la) carencia de una base de masas, mediante la integración de la mayoría de las fuerzas opositoras al sistema social constituido”. Ello incluye a los obreros, por ende Marx ha quedado superado. La punta de lanza revolucionaria ahora está representada, en parte, por aquellos grupos a los cuales la sociedad opulenta margina, como las minorías étnicas, los delincuentes y los hippies, y sobre todo por los estudiantes, y otros intelectuales. que pueden ver a través de los mecanismos de manipulación y adoctrinamiento.
Siendo ésa su doctrina es natural que interpretara los acontecimientos de París, donde precisamente se hallaba cuando se produjo el estallido, como una confirmación de aquélla.
Hablando en California durante la gran asonada, decía: “…ha llegado la hora en que…millones de personas no quieren más.
“No quisieron levantarse a la mañana e ir a su trabajo y atravesar la misma rutina y escuchar las mismas órdenes y ajustarse a las mismas condiciones de trabajo y representar los mismos roles.
“Simplemente estaban hartos…” Podría haber un cambio que les liberase de la rutina y el tener que trabajar; y, por tanto, tenía que haberlo, impostergablemente. “No podemos esperar y no esperaremos”, dijo en una conferencia poco después. “Sin duda yo no puedo esperar”. Sartre, otro inspirador del movimiento, concordaba: “…los jóvenes protestan y rechazan porque se están asfixiando”.
El utopismo que enciende las imaginaciones en mayo de 1968 es un utopismo desmelenado. Otra vez Marcuse, hablando precisamente entonces: “Es al mismo tiempo una rebelión moral, política y sexual. Una rebelión total”. Y, como había ocurrido en Cuba, cuyo héroe Guevara fue también el héroe de mayo, la transformación radical del ser humano no quedaba afuera de la utopía. Continuaba Marcuse: “Estos jóvenes rebeldes personifican ya al nuevo tipo de hombre, al nuevo Adán”.
A esta altura no sorprenderá al lector que la filosofía de la revuelta quedase plasmada en graffitis sobre los rumores de la Sorbona. Marcuse se siente exaltado por dos; uno: “La imaginación toma el poder”, y el otro: “Seamos realistas; exijamos lo imposible”. Y el entusiasmo de Simone de Beauvoir fue suscitado por este elocuente lema antirrepresivo: “Prohíbese prohibir”. Alguien debería haber garabateado también: “Cuidado con la bobera; también puede hacer revoluciones”.