Mi artículo de una semana atrás ponía en tela de juicio la laicidad de nuestra enseñanza, demostrando el sesgo con que explica a los alumnos un tema determinado: las consecuencias sociales de la revolución industrial. Por el mismo método, consistente en el examen de dos textos de historia de 3er año de liceo, hoy me propongo probar que el sesgo es mucho más marcado aún a propósito de la filosofía económica concomitante, el liberalismo. Entonces designé a los dos textos en base a siglas hechas con las iniciales de sus respectivos autores: TMA (Traversoni, Mazzara y Arocena) y AGS (Abadie, Galiana y Sandrin) y hoy me atendré al mismo criterio.
Ambos libros identifican totalmente al liberalismo económico con el empresariado de la época, al que se refieren con la palabra “burguesía”. AGS pregunta sobre qué ideología tiene “este sector social” y con un subtítulo responde: “Liberalismo económico”; aclarando enseguida: “En materia económica el liberalismo consagraba los principios del capitalismo” (página 20). Y TMA: “El liberalismo fue la ideología de la burguesía” (página 36).
Nada podía hallarse más alejado de la verdad. El empresariado quería entonces, como esencialmente sigue queriendo aún, protección y monopolio. El liberalismo proponía libre cambio internacional y competencia. El empresariado estaba en general a favor de las colonias. El liberalismo fue antiimperialista. Los empresarios eran propensos a los acuerdos colusivos. Los liberales los condenaban. Oigamos a Adam Smith: “La gente del mismo negocio rara vez se reúne, aun por festejo y diversión, sin que la conversación termine con una conspiración contra el público, o en alguna estratagema para elevar los precios”. Adam Smith tenía muy clara la diferencia entre el interés de los empresarios y el interés general y, consiguientemente, la baja credibilidad de éstos. Advertía: “Nuestros mercaderes e industriales se quejan mucho del efecto de los altos salarios sobre la suba del precio… No dicen nada del mal efecto de los altos beneficios. Callan respecto del efecto pernicioso de sus propias ganancias. Se quejan de las ajenas”. Y más adelante: “El interés de los negociantes…es siempre en algunos aspectos distinto de, y aun opuesto, al del público. (…) La propuesta de cualquier nueva ley o reglamento de comercio que provenga de ellos debe ser escuchada con gran precaución, y nunca adoptada antes de examinársela larga y cuidadosamente; y con una atención, no sólo escrupulosa, sino también suspicaz”.
Ninguno de los dos libros dice una palabra sobre la preocupación social de los liberales. Habían contemplado la miseria atroz de los trabajadores con total indiferencia. AGS lo vuelve explicable: el liberalismo es un reflejo de los valores y actitudes de los burgueses, que “despreciaban al que fracasaba y consideraban que la pobreza era un signo de ineptitud”. Una vez más, el texto se sitúa en el polo opuesto de la verdad. El sueco Eli Heckscher, él mismo no liberal, como ningún miembro de la escuela de Estocolmo lo fue, en su monumental obra sobre el Mercantilismo, al comparar a mercantilistas y liberales, declara que la principal originalidad de éstos fue su percepción de lo social. Y, mencionando a Adam Smith, Bentham, Romilly, Malthus, Wilberforce, sir Robert Peel, y lord Shaftesbury, habla de su lucha contra el pauperismo, el tráfico de esclavos, el abuso del trabajo infantil en las fábricas, las truculentas leyes penales, “y una multitud de otros temas, considerados con aprobación o indiferencia por la época anterior”.
En un sentido análogo, Lionel Robbins, que actuó en la Universidad de Londres, sostiene que la escuela liberal inglesa, “…desde sus comienzos en las especulaciones filosóficas de Hume y Smith hasta las preocupaciones esencialmente prácticas de Senior y los Benthamitas, debe ser considerada una escuela de reforma económica y social”. Nada más expresivo que los conceptos que vertieron algunos de los liberales más representativos a propósito de los salarios. Adam Smith, tras preguntarse si el incremento de éstos es deseable, responde que la solución es sobremanera fácil; y agrega: “Los sirvientes, obreros y trabajadores de distintas clases representan la gran mayoría de toda gran sociedad política. Y lo que mejora las circunstancias de la mayor parte nunca puede ser considerado una inconveniencia para el todo. Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz, si en ella la vasta mayoría de sus miembros están en la miseria”. Y Thomas Malthus, refiriéndose a la reclamación de mercaderes e industriales por salarios bajos que les permitiesen competir internacionalmente, es terminante: “Si un país sólo pudiese ser rico corriendo una carrera exitosa por salarios bajos, yo no vacilaría en decir: mueran tales riquezas”.
Pero ningún otro liberal alcanza sobre este tema la cima de elocuencia a que John Stuart Mill asciende. Luego de haber descartado propuestas que estimaba infundadas para mejorar los salarios, expresa: “¿Se trata de un problema insoluble? ¿Es posible acaso que la economía política no pueda hacer nada más que objetarlo todo y demostrar que nada puede hacerse? Si ése fuese el caso, la economía política podría cumplir una tarea necesaria, pero que a la vez sería triste e ingrata. Si el grueso de la raza humana tuviese que permanecer por siempre como hasta ahora, esclavos de un trabajo en el cual no tienen interés, y por tanto no sienten interés, en la noria desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche para cubrir apenas sus necesidades, y con todas las carencias intelectuales y morales que ello implica: yermos los sentimientos y la mente; incultos, porque no podrían estar más cultivados que nutridos; egoístas, porque todos sus pensamientos son reclamados por sus necesidades; carentes de intereses y sentimientos como ciudadanos y miembros de la sociedad; y con el sentido de la injusticia amargándoles la mente, tanto por lo que a ellos les falta como por lo que los demás tienen; no imagino qué podría inducir a nadie con alguna capacidad de raciocinio o concebir esperanzas sobre el futuro de la raza humana”.
¿Cómo describir el tratamiento del liberalismo que se inflige a nuestros jóvenes? Sólo se me ocurre afirmar que configura una falsificación flagrante de la verdad histórica. En un grado tal que desafía mi capacidad de sugerir una explicación. Que la voluntad de adoctrinar tenga la mayor parte de la responsabilidad me resulta difícil de poner en duda. Pero no sólo se han redactado los textos. Las autoridades los han aprobado. Con el asesoramiento de expertos que con frecuencia se nos presentan como la imagen misma de la infalibilidad. Con el avenimiento sumiso de innumerables docentes que pasan por buena a los alumnos la moneda falsa que viene en los libros. Todo bajo el manto de la laicidad. El Hermano Mayor es objetivo; es respetuoso de las conciencias de los educandos; el Hermano Mayor es neutral en todo lo opinable. Nunca miente.
¿Cómo Orwell no pensó en todo esto?
Entretanto, no abandonemos a nuestros jóvenes. Sólo una reforma educacional drástica puede salvarnos. Y restaurarnos una esperanza que hoy no puede menos que tambalearse.