Decían los escolásticos: De definitionibus non est disputandum. Sobre las definiciones no se discute; cada uno tiene derecho a definir los términos que usa. Y es así. Los diccionarios, es cierto, no son más que una sarta de definiciones; pero no es que sus autores, los lexicógrafos, quieran imponernos las suyas, sino informarnos apenas con qué sentido usa la gente las palabras. Lo que me propongo hacer hoy viene por ese lado; aunque este lexicógrafo aficionado se permitirá libertades vedadas a los profesionales.
¿Qué es un liberal? Para mí el concepto tiene tres ingredientes: el amor a la libertad, una idea de qué cosa sea la libertad y otra sobre el ámbito posible de la libertad, o sea un sistema que funciona sin un régimen centralizado de decisiones. El amor a la libertad es básico, pero por libertad no todos entienden la misma cosa. “Libertad o con gloria morir” cantamos en el himno. Preferimos la muerte a la esclavitud porque amamos apasionadamente la libertad. Con frecuencia oímos a alguien que protesta esa clase de sentimientos afirmar: “Soy liberal en política, pero no en economía”. Entonces tenemos que presumir que, aun amando la libertad, no se trata de un liberal. Que sí, tal vez, odia estar sujeto a una voluntad ajena, pero sólo cuando esa voluntad pertenece a un extranjero o a un gobernante de facto; mientras que le deja indiferente que un gobernante democrático decida por él a qué escuela irán sus hijos, quién será su proveedor de combustibles, con qué compañías podrá o no podrá contratar un seguro de vida, y cosas por el estilo. La conciencia de que la libertad es la capacidad de elegir por uno mismo es el segundo rasgo de la fisonomía de un liberal.
Una razón frecuente de la anuencia de muchos a un ámbito muy reducido de libertad, con lo que no llegan a ser liberales, es la imposibilidad de concebir que las decisiones no concertadas de gran número de personas puedan conformar algo distinto de un caos. Creen que el orden, en cambio, resulta de la planificación o al menos de la providente e infatigable intervención del Estado en la economía. El liberal, en cambio, por el tercer componente de sus convicciones, cree en un tipo de orden que se configura espontáneamente; un orden que proviene de la acción de todos, pero del designio de nadie. Cree, dicho de otra manera, que si cada persona se ocupa de promover su propio interés, la interacción de muchos, en un ambiente competitivo, sin demasiada intervención gubernamental, genera un resultado previsible, que beneficia a todos, aparte de ser esencial a la libertad, ese valor supremo de la vida en sociedad. Adam Smith, en 1776, comparó a ese orden con una mano invisible. La ciencia que explica cómo es posible que esto ocurra se llama “ciencia económica”.
Tenemos ahora una idea de qué es un liberal. El liberalismo no es más que la doctrina de los liberales. Pero el sufijo “ismo” es una fuente inagotable de confusiones, porque, por ejemplo, el capitalismo no es la doctrina de los capitales, lo que no quiere decir nada. El capital es una cosa concreta, hecha de máquinas, edificios, puentes, oleoductos, aeronaves, etcétera; y el capitalismo también es una cosa, pero abstracta, un sistema que se caracteriza por que el capital sustancialmente es de propiedad privada, el trabajo es libre (es decir, no hay esclavos ni siervos) y los bienes y servicios, incluso los servicios que prestan los trabajadores, se transan en mercados. Por mercados, dicho sea de paso, entendemos unas instituciones en que los agentes cooperan los unos con los otros sin saberlo; una forma de solidaridad que no sabe su nombre.
Para que el liberalismo impere, se requiere que el capitalismo exista. Porque si no existe, si el capital no es privado sino colectivo y los trabajadores son esclavos (recuerden que esclavo es el trabajador que no puede elegir a su empleador, como ocurría en la URSS y ocurre en Cuba), no funcionarán los mercados y la mano invisible sufrirá un ataque de parálisis. Pero aunque, por lo dicho el capitalismo es una condición necesaria para que el liberalismo pueda encarnarse en la realidad, no es al mismo tiempo una condición suficiente. De hecho, el capitalismo precedió al liberalismo en cosa de seis siglos. El capitalismo nació allá por el siglo XI cuando, tras dos siglos de oscuridad en que casi todas las ciudades desaparecieron, advino un primer renacimiento de la economía y la cultura y la vida urbana. Fue precisamente en las ciudades libres de la Edad Media que nació el capitalismo, y generó su propio derecho, como segregación espontánea de la actividad mercantil (¡otro orden espontáneo!) del cual casi todas las instituciones del moderno derecho comercial proceden. Pero este florecer de la actividad económica, sin el cual las catedrales románicas y góticas serían inexplicables, no desarrolló una doctrina liberal que le proporcionase sustentación en el mundo de las ideas, porque toda la actividad intelectual estaba entonces centrada en la Iglesia, y ésta, terrateniente, tenía puesta su atención en el mundo rural, donde reinaba el feudalismo, cuyo tránsito hacia el capitalismo insumiría aún varias centurias. Fue sólo en el segundo “renacimiento”, en los siglos XVI y XVII, que se desarrolló una teoría económica del capitalismo, pero no fue el liberalismo sino su misma antítesis. Dio en llamarse a esta nueva escuela mercantilismo. Sus principales fuentes literarias son dos: los dictámenes que los asesores del rey o de sus ministros dirigían a sus superiores, y, en segundo lugar, los memoriales que ciertos empresarios, y las gremiales de empresarios, escribían a las mismas autoridades. Como podría sospecharse, esta escuela pugnó por una política comercial netamente proteccionista, por la regulación de las industrias, con limitaciones para la entrada de nuevas empresas a los mercados, por el control de los salarios para evitar subas que pusieran en peligro la competitividad de las industrias nacionales, y por el desaliento de la exportación de materias primas. Algo, en términos generales muy parecido a la orientación de CEPAL, sobre todo bajo Prebisch.
El liberalismo surgió combatiendo al mercantilismo. En el primer libro sistemático de economía, y primera exposición comprensiva del liberalismo, La riqueza de las naciones de Adam Smith, la crítica a aquella escuela se cuenta entre los temas más importantes. De modo que el capitalismo no nació liberal, ni mucho menos, y el reino del liberalismo en su ámbito, que lució definitivo en cierto tiempo, terminó demostrándose inestable. El siglo XX ha sido un mal siglo para el liberalismo, con la expansión del colectivismo bolchevique, del fascismo y el nazismo, del mercantilismo cepalino, y de diversos otros tipos de dirigismo. Ha sido un buen siglo para los liberales, en cambio, porque los avances del enemigo le ha obligado a combatir; es decir, a sacudir la complacencia que el éxito siempre induce; a pensar, por tanto, у a debatir. Lo que hace esperar –como lo auguran las dos últimas décadas de la presente centuria– que el XXI será un gran siglo liberal. La cuestión radica en no aflojar el esfuerzo. Hace un par de semanas ya les conté acerca de algo que los liberales hacen para mantenerse en forma.