Felipe González, que dejó el gobierno con una reputación de socialista esclarecido, aggiornato, de esos que, como Tony Blair, circunscriben a la sensibilidad su calidad de socialistas, pero a la hora de decidir piensan y асtúan como liberales, ha dado recientemente señales de que tales evoluciones pueden ser inestables. Estimulada su militancia por la condena penal de dos correligionarios, su discurso parece haber involucionado hacia etapas que creíamos superadas, como si la mariposa revirtiese hacia la oruga.
Dos cosas ha dicho que me suscitan estas reflexiones. La primera, que los socialistas no se inclinan ante los pronunciamientos del mercado. La segunda, que el gobierno del Partido Popular es incapaz de producir un proyecto de país. En puridad no se trata de dos proposiciones distintas, sino apenas dos variantes del mismo pensamiento. Para descartar los pronunciamientos del mercado, que lo son en definitiva de innumerables agentes, actuando en una concertación apenas parcial y borrosamente percibida por cada uno de ellos, dentro de un marco competitivo que premia el acierto y castiga el error, es preciso saber que el socialista individual, o el comité del Partido, en la paz de sus gabinetes, saben más y mejor que aquel anónimo y multitudinario ente.
La segunda pretensión es aún más osada. Se trata de que aquel mismo comité partidario, o líder iluminado, pueden formular ellos solos un plan de vida para todo el país. ¿Cómo es eso? ¿Acaso no es libre cada uno de nosotros para planear su propia vida y ejecutar luego sus planes según quiera y pueda hacerlo? ¿Y cómo, entonces, esa miríada de planes individuales y familiares, podría compatibilizarse con un plan maestro salido de la cabeza de los que gobiernan?
¿Debo presumir que los lectores siguen mi discurso? ¿Que se hacen cargo del carácter nítidamente socialista que posee la idea de trazar un “proyecto de país” desde un centro político que empuña el poder o aspira a hacerlo? No puedo dejar de entretener una duda, porque esa idea socialista, como tantas otras, ha calado hondo en nuestra convivencia, y la locución “proyecto de país” forma parte del léxico del político uruguayo; casi como aceptándose que cada partido debe elaborar uno y llevarlo al mercado político por ver si los ciudadanos se lo compran. Luego de lo cual los proyectistas, convertidos en gobierno, nos distribuirán los papeles como un director a los actores en el teatro, junto con el libreto y el vestuario, para que los representemos.
Tal vez quienes hablan de un proyecto de país no se hacen debido cargo de lo que expresan, pero existe una filosofía, por lo general bien vista entre nosotros, por más que seguramente menos bien leída, que es la de Rousseau, tal como se vierte en el Contrato Social: “…enajenación total de cada asociado con todos sus derechos a la comunidad”. Eso es lo que propone. A cambio de lo cual todos adquiriremos el derecho de participar en la “voluntad general”. En esta versión de la democracia, libre es la comunidad, y naturalmente lo es su voluntad, la voluntad general. ¿Y el individuo? Sólo libre en tanto que miembro del cuerpo social, porque a la voluntad general nadie tiene derecho a oponer la suya. “…Quienquiera se rehuse a obedecer a la voluntad general”, escribe Jean-Jacques en la más elocuente de sus frases, “será constreñido a hacerlo por todo el cuerpo social: lo que significa apenas que se le forzará a ser libre”.
Todo partido político liberal, es decir, todo partido que repudie la concepción rousseauniana de la libertad, debe rehusarse a tener un proyecto de país. De preguntársele por el suyo, debería responder: “No tenemos tal cosa. Si os pedimos vuestros votos, no es para forzaros a adoptar el plan de vida que nosotros, si hubiésemos caído en tamaña presunción, pudiésemos haber trazado para los demás. Lo hacemos para serviros; para daros lo que necesitáis para hacer vuestro propio plan de vida y llevarlo a cabo tan bien como cada uno de vosotros pueda hacerlo. Sabemos que necesitáis un sistema político en el cual la soberanía resida en la ley; donde vuestra integridad física esté a salvo; en que la propiedad se halle debidamente protegida y los contratos haya que cumplirlos; donde la moneda sea estable; y donde quienes ejerzan el poder interpreten adecuadamente el sentir solidario de la colectividad para suministrar recursos públicos a quienes no estén en condiciones de subvenir a sus propias necesidades. Nuestro programa dice cómo nos proponemos alcanzar esas metas y otras menores que concuerdan con ellas; pero nada contiene que pueda describirse como un proyecto de país: el país será el que vosotros queráis, y el que vuestros hijos y nietos vayan queriendo con el andar del tiempo. No en la plaza pública sino en la intimidad de vuestros hogares; no yendo a las urnas sino en vuestros trabajos y vuestros estudios y vuestras relaciones personales y familiares. Si lo que queréis es un gobierno que os diga de qué país debéis ser, y os quite la responsabilidad por decidirlo día a día por vosotros mismos, no es a nosotros que debéis votar”.
El gran enemigo de este enfoque de la cosa pública radica en la idea de que la razón humana, que es intrínsecamente individual, puede resolver acerca de los asuntos humanos y sociales mejor que las multitudes anónimas, cada componente actuando con sus propios fines a la vista (los que por cierto pueden incluir el bienestar de sus semejantes o de una parte más o menos estrecha de ellos) y sin tener conciencia de la mayor parte de los efectos de sus propios actos. Con razón pudo Felipe González, en esta fase más franca de su carrera, afirmar que un socialista no le cede nunca la derecha a los pronunciamientos del mercado. Porque el mercado es uno de los marcos paradigmáticos para que esa colaboración anónima, y en gran medida ignorada por los propios actores, vaya creando y recreando a los países; dicho de otro modo, para que surja y rija en ellos, como resultado de todo ese obrar aparentemente inconexo, un orden espontáneo. Con razón, como decía, está Felipe contra el mercado. Porque, si la propiedad colectiva y la planificación están, caída del muro mediante, forzosamente pasadas de moda, ¿qué otra cosa puede ser un socialista más que alguien que está contra la espontaneidad?
Todo comenzó en 1637, cuando Renato Descartes, al cobijo de una estufa en una gélida tarde alemana, fue llevado por sus reflexiones a pensar que las cosas hechas por una sola persona, asistida de su razón, eran preferibles a las construidas, de suerte aluvional, por muchos durante mucho tiempo; y que la grandeza de Esparta se debió menos a la bondad de sus leyes que a que todas ellas saliesen de la cabeza del mismo Licurgo. De esa manera dio, como quien dice, el puntapié inicial de la modernidad; marcó la cultura occidental y sigue marcándola. Por eso, y no por tontería, pide nuestra gente a los políticos proyectos de país, y por eso a tantos les cuesta creer que los dictados del mercado sean preferibles a las ideas claras y distintas salidas de una cabeza individual inteligente. Tal vez, lector, sea usted uno de esos. No se preocupe. Repase la historia, sobre todo la de este siglo que toca a su fin. Reflexione. Lea todo lo que pueda a Hayek y a Ortega y Gasset. Y tenga paciencia: es un mal que se cura.