El triunfo del SPD (Sozialdemokratishe Partei Deutchlands) ha hecho que la prensa nos recuerde que 13 de los 15 países de la Unión Europea están gobernados por partidos socialdemócratas. ¿Qué significa semejante cosa?
La pregunta luce erizada de dificultades. Vean ustedes hasta qué punto: los partidos de la izquierda europea se diferencian mucho unos de otros; al mismo tiempo, todos se parecen mucho a su alternativa, que son los partidos de centro. O hay demasiado que distinguir, o no hay nada.
Demos un vistazo a ambos lados del canal de la Mancha. En la margen occidental nos encontramos con la impecable ortodoxia económica de Tony Blair, en la oriental reverdece con Lionel Jospin la vieja orientación estatista francesa. La idea de combatir el desempleo acortando la jornada laboral con salarios iguales podría tener sentido en un país colectivizado, pero va frontalmente a contracorriente de la economía de mercado.
Al mismo tiempo, en la campaña victoriosa de Schroeder en Alemania se usó el lema publicitario “Nosotros haremos lo mismo pero lo haremos mucho mejor”, que hace a un lado la ideología como criterio de opción de los electores, y nominalmente la sustituye por la eficacia. Por otra parte, como la calidad de los jugadores sólo se conoce en el campo de juego, lo único que ese enfoque transmite en el fondo es la idea: “Básicamente Kohl y yo somos la misma cosa: ¿por qué no darme a mí una oportunidad?” O tal vez: “La democracia hace posible la variedad en el gobierno, ¿por qué no aprovecharla?”
Sin embargo, hay algo que este enfoque no aclara. Si la balanza de la preferencia ciudadana se inclina hacia un lado u otro ante opciones difusas por criterios básicamente aleatorios (como el hastío por tener mucho tiempo la misma figura política en el poder) o un transitorio descontento, el resultado para una muestra relativamente grande como es el conjunto de países de la UE, tendría que arrojar algo parecido a igualdad entre la izquierda y el centro. Una gran concentración en uno de los polos, como los 13 sobre 15 de que hablábamos, parece exigir como explicación algo más que el mero azar.
El problema parece más arduo aun en razón de que el “socialismo democrático” comparte con el “real” el mismo sustantivo nuclear. ¿Cómo es que el derrumbe tragicómico del segundo no proyecta sobre el primero una luz subliminal desfavorable? ¿Cómo es que a la gente no se le encoge el estómago ante una propuesta que habla de “socialismo” antes de tener tiempo de considerar el adjetivo que lo acota?
La contestación a estas preguntas, hijas de la perplejidad, tal vez pueda ayudarnos a superar la paradoja que representa el éxito del socialismo allí mismo donde acaba de asistirse a su fracaso más estrepitoso. Tiene que ser que el electorado europeo se halle enraizado en una tradición que le permita apreciar con facilidad la diferencia tajante entre dos especies de un mismo género. Para apreciar lo cual tendremos que recurrir, como con tanta frecuencia es imperioso en los asuntos humanos, a la ayuda de la historia.
Ella nos presenta a la socialdemocracia como el fruto de un esfuerzo prolongado de muchos, prácticamente a través de toda Europa, para separar del marxismo a la corriente de opinión con que se sentían identificados. De lo cual podremos aquí apenas esbozar tres episodios: uno alemán, uno inglés y uno español. Ello nos ayudará a entrever al socialdemócrata como una figura cuyas convicciones positivas permanecen borrosas, pero de la que conocemos con precisión algunas convicciones por la negativa: no cree en la propiedad colectiva de los medios de producción; no cree en una dinámica del capitalismo que le conduzca a su autodestrucción; no cree que la revolución sea el medio de instaurar la estructura social deseable y no cree en una fase dictatorial como medio de plasmar las reformas a que aspira.
Hace un siglo Eduard Bernstein expuso su disenso con algunas tesis centrales del marxismo que sustentaba el socialismo alemán. Señaló que los hechos demostraban que el pronóstico de Marx sobre la progresiva depauperación de los trabajadores era falso. Lo mismo sostuvo acerca de la profecía marxista sobre la creciente intensidad del ciclo económico. En tercer lugar, observó que el progreso de las condiciones políticas permitía el acceso al poder de las masas obreras, de modo que lo que se precisaba no era prepararlas para la lucha violenta sino una campaña para persuadirlas de la buena doctrina. Bernstein habló de “socialismo evolucionista”. Sus tesis fueron condenadas por los intelectuales que gobernaban el SPD, y prácticamente por todos los partidos afiliados a la Segunda Internacional, pero los dirigentes sindicales la apoyaron. Eventualmente, después de la segunda guerra mundial, en la reunión de Bad Godesberg, 1956, quedó dueña del terreno.
La doctrina de Bernstein fue montejada de “revisionismo” por sus adversarios, pero la palabra, ya sin su connotación despectiva, cobró significado general. En Gran Bretaña en 1956 (mismo año de Bad Godesberg) se publicó el libro de Anthony Crosland, titulado El futuro del socialismo, considerado por muchos el principal documento del revisionismo británico. En realidad, la obra de Crosland se limitó a dar forma brillante a ideas que habían sido expresadas ya por otros líderes laboristas, pero en sus últimas páginas desarrolló un pensamiento no sólo original, sino también de gran relevancia actual. Sugirió que, a medida que más y más objetivos socialistas se alcanzasen, los laboristas se verían llevados a adoptar posiciones que serían progresivamente difíciles de clasificar como socialistas o no socialistas.
Con la obra de Crosland quedó formalmente planteada la disconformidad del ala derecha del laborismo con la política favorable a la propiedad colectiva de los medios de producción que recogía la cláusula 4ª de su Carta Orgánica. Su eliminación recién fue conseguida en 1995, ya bajo el liderazgo de Blair.
En las elecciones de 1977 en España el PSOE se ubicó en segundo lugar. Era obvio que en lo sucesivo sería un firme candidato a disputar el poder. Antes de las siguientes elecciones, Felipe González, en el 28° Congreso, en mayo de 1979, hizo moción para que se suprimiese la adhesión al marxismo contenida en la Carta Orgánica. Como ella fue rechazada, presentó renuncia. Líder indiscutido, cuya fama era comparable a la de los mayores dirigentes socialdemócratas de Europa, terminó ganando la batalla: en setiembre se convocó a un congreso especial, y la referencia al marxismo fue excluida definitivamente de la constitución partidaria. El PSOE también había tenido su Bad Godesberg.
En resumen, a través de una lucha de casi un siglo, los socialdemócratas han trazado para sí un perfil nítido, que los distingue de los comunistas y de cualquier partido de carácter marxista. Si ello no explica su actual posición dominante en los gobiernos de la UE, al menos sí hace entender que el desastre del socialismo real no les distancie de los electores. Sin temor a que ninguno de los gobiernos socialdemócratas trate de perpetuarse en el poder mediante un golpe leninista, ni introduzca reformas de difícil reversibilidad, como le ocurrió a Rusia, presuntamente se dejan llevar por una preferencia atávica por la retórica socialista. Qué poca diferencia hay con los partidos de centro más allá de eso.