Me refiero a su ideología. Tal vez usted no tenga ninguna, y preferiría tenerla. O la ha heredado de sus mayores, y no está seguro de que ese componente del patrimonio familiar sea el que más le conviene. O ha tenido usted una experiencia traumatizante, como una lectura, o una conversación, que le ha sumido en un mar de dudas sobre lo que hasta ahora había tenido por cierto. No hay razón válida para que usted persista en ese estado de insatisfacción. Adoptar una ideología no es cosa fácil, pero es mucho más fácil que adoptar a un niño.
Los demás me disculparán, pero es a estos lectores que el artículo va preferentemente dedicado. Con algunos requisitos más. Ha de tratarse de alguien dispuesto a buscar desinteresadamente. No sólo a no elegir en función de las ventajas materiales que una cierta postura pudiese reportarle, sino tampoco a optar en función de la gratificación propia que de la opción pudiese derivar, ni a la aprobación de su entorno social que ella pudiese reportarle. Escribo, pues, para aquellos movidos por la inquietud sobre el bienestar del mayor número, o de los más necesitados, o de la comunidad que integra en su conjunto; afanosos por aportarles más libertad, dignidad, prosperidad, y otros bienes semejantes; con olvido del interés propio, al menos en el plano consciente, porque en el subconsciente es poco lo que está a nuestro alcance averiguar.
El método que seguiré no consistirá en hacer desfilar ante ellos todas las ideologías que estime en condiciones de competir por su adhesión, y formular argumentos en pro y en contra, porque esto proyectaría mi subjetividad sobre los términos de la elección, y no sería propiamente usted mismo quien eligiese. En lugar de ello trataré de proporcionarle un método para escoger entre las alternativas de que usted ya tiene conciencia o las que en lo sucesivo oirá exponer o a propósito de las cuales asista a un debate.
Puesto que por hipótesis sabemos que su búsqueda será desinteresada, es natural que sometamos las ideologías que compiten por su asentimiento al juicio de su sensibilidad moral. Sólo que –y esto es lo que hace que este ejercicio no peque de trivial– no hay sólo una sensibilidad moral capaz de confrontarse con aquéllas, sino dos. Pero vayamos por partes. Convendrá comenzar con un ejemplo, el más sencillo que sea posible.
Imagínese enfrentado a la opción “mercado-planificación central”. Usted siempre había pensado que un sistema que se apoya en el afán de lucro de los agentes debe ser tenido por éticamente inferior a un sistema impulsado por el bien de la comunidad. De modo que usted tiende a identificarse con el planificador generoso antes que con el agente, centrado en sí mismo, que opera en el mercado. Y por tanto encuentra irresistible la conclusión de que, dejándose guiar por su sensibilidad moral, estaría abrazando el colectivismo antes que el individualismo.
Al mismo tiempo, usted sabe cómo terminó en el mundo, doquiera fue implantado, el sistema de la planificación central. Le consta que hizo la desgracia de miles de millones, y que su caída estuvo signada por el repudio de las masas; por el odio de aquella misma gente que pretendía representar. Entonces se pregunta si su elección, en lugar de estar presidida por la moral, debiera orientarse hacia algún valor frío y materialista, como la eficiencia, u otro que asimismo su sentido ético siempre le había inducido a tener en menos. ¿Se trataría, entonces, de elegir con la cabeza y contra el corazón, por el egoísmo y contra la generosidad, prosternándose ante las riquezas y dejando de lado la moral?
¡Error! Error engendrado por un simplismo inexcusable de su concepción ética, que le hace caer en la trampa de pensar que la inteligencia no tiene ninguna misión que cumplir en el terreno moral, y el sentimiento campea en él sin rivales. Error del cual la moral misma le impone salir. Venga conmigo. Yo le guiaré hasta alguien capaz de darle la luz necesaria para recobrar el camino recto.
Ese alguien es Max Weber, ilustre sociólogo y pensador alemán, que vivió entre 1864 y 1920. Un año antes de su muerte escribía La política como vocación, el ensayo que contiene la distinción clave entre las dos clases de ética con que en el ámbito político debemos habérnoslas, Permítaseme citarlo con cierta amplitud. A sus propios ojos la cuestión no era trivial. Nos dice, en efecto: “Así llegamos al problema decisivo”. Y, después de este sonoro toque de atención: “Es indispensable que tomemos clara conciencia del hecho siguiente: toda actividad orientada de acuerdo con la ética puede hallarse subordinada a dos máximas totalmente diferentes e irreductiblemente opuestas. Puede orientarse según la ética de la responsabilidad o según la ética de la convicción”.
¿Cómo se distingue un criterio del otro? En el segundo caso vemos al agente “convencido” acerca de cuál sea su deber. Si se trata de un cristiano, propone Weber como ejemplo, cumple con el deber que los ojos de su conciencia le muestran nítidamente. y en cuanto a las consecuencias de sus actos, se remite a la voluntad de Dios. Por su parte el partidario de la ética de la responsabilidad, se dice: “Debo responder por las consecuencias previsibles de mis actos.” Volviendo al caso que hace un
instante planteaba, referente a la opción entre la economía de mercado y la planificación central, sigue la ética de la convicción aquél que, persuadido de la superioridad moral de la segunda, opta por ella. Las consecuencias de su elección, habiendo así cumplido con sus convicciones, no son de su incumbencia. Escribe Max Weber: “Cuando las consecuencias de un acto cumplido por pura convicción son penosas, el partidario de esta ética no atribuirá la culpa al agente, sino al mundo, a la tontería de los hombres, o aun a la voluntad de Dios, que ha creado a los hombres de tal manera”. Lo contrario ocurre con el partidario de la ética de la responsabilidad, que estimará no poder descargar sobre los demás las consecuencias de su propia acción, en tanto hayan podido preverse.
La dificultad para que los hombres y mujeres de nuestra cultura adopten la ética de la responsabilidad consiste en la falta de preparación que ella comporta para aceptar este principio: que toda moral debe integrarse, explícita o implícitamente, con un imperativo de lucidez. “Los moralistas cristianos”, observa Aldous Huxley, “no insisten suficientemente en lo que se refiere a todo lo necesarias que son la comprensión y la apreciación inteligentes de las consecuencias lejanas de los actos.” Sin embargo, ¡es tan obvio! ¿Cómo puedo creer que amo a mi prójimo si promuevo políticas que, más allá de las apariencias, van a plasmar su desventura? Claro que el mandato ético no puede instarme a elevar en tanto o cuanto mi coeficiente intelectual, pero sí a aprovechar al máximo el que Dios me ha dado.
Mi exhortación es, por tanto, que si se lanza usted a la búsqueda de una ideología, no se quede en las palabras que le ponen por delante, por bien que suenen; ni siquiera en las intenciones del proponente, por sinceras que le parezcan, y aún puedan ser. Esfuércese por ir más allá. La historia reciente está llena de lecciones útiles en tal sentido. No las desaproveche. En suma, para analizar las alternativas, sitúese en la ética de la responsabilidad. Entonces su conciencia tendrá derecho a estar tranquila.