Mientras Fidel Castro visitaba España, después de la cumbre de Lisboa, y Pinochet estaba preso en Londres, el Wall Street Journal tituló un editorial “Arrest Fidel!”. Si los españoles querían reprimir las violaciones a los derechos humanos, aquél, y no Pinochet, era el candidato adecuado.
No fue así sin embargo. A Fidel Castro lo trataron a cuerpo de rey, lo mismo que los presidentes democráticamente electos le habían tratado como a un par en Lisboa, tal cual siempre ocurre. La trayectoria de Castro parece percibirse de una forma muy particular. De hecho, tomó el poder por la fuerza tras una fachada de lucha contra un dictador, cuando su propósito, clandestino primero, abiertamente declarado más tarde, era instalar una dictadura mucho más represiva que la que derribó, junto con un régimen comunista, y evadir a perpetuidad el veredicto de las urnas. Fusiló a mansalva. Según el dirigente francés René Dumont, que fue su colaborador, convirtió a Cuba en un gran cuartel. Esto último es discutible. Puede ser más exacto afirmar que la convirtió en una gran cárcel, para evadirse de la cual arriesga a diario la vida mucha gente, y no pocos la pierden. Nada de ello, sin embargo, le impide codearse con los gobernantes constitucionales.
Pinochet, en notable contraste, no puede asomar la nariz fuera de su país, ni para intervenirse quirúrgicamente, sin que se desate contra él una furiosa persecución. Un oscuro juececillo español puede darse el lujo de movilizar a la Justicia más prestigiosa del mundo contra él en base a una pretensión jurídicamente descabellada. De nada sirve a la imagen de Pinochet haber dejado el poder por las buenas, luego de una elección que su bando perdió, y haber entregado la economía irreconociblemente mejor de lo que la recibió. De nada le vale lo obvio: que sin la intervención de las Fuerzas Armadas de Chile, el gobierno de Allende, con el MIR como punta de lanza, habría ejecutado un golpe de Estado conforme al modelo leninista, y por tanto según sus convicciones y las de sus adláteres. El hecho de haber evitado que Chile fuera convertido en otra Cuba, y por tanto el sacrificio de un pueblo entero, no le sirve de nada.
No he estudiado los cargos que se formulan contra Pinochet y menos las pruebas con que se pretenda apuntalarlos, pero me parece obvio que se los toma fuera de contexto. Nadie ignora que la violencia engendra más violencia. Ni que en un entorno de violencia no son los más pacíficos ni más serenos que ocupan las posiciones prominentes de los bandos en pugna. La idea de que, una vez decidida la contienda (lo que desde una visión retrospectiva suele aparecer con falsa nitidez), debe restablecerse súbitamente el orden y la plena vigencia de las garantías constitucionales es sencillamente ilusoria. Y en el Chile de Allende no cabe duda de que la violencia comenzó del lado de los partidarios del gobierno y con la anuencia de éste.
Castro y Pinochet, por lo tanto, son respectivamente beneficiario y víctima de un doble criterio que caracteriza a Occidente desde el siglo XVIII. Uno para juzgar a la revolución y otro para los que se defienden de ella (que habría que llamar “contrarrevolución”, a no ser porque el doble criterio hizo que este término cobrase connotaciones ofensivas). La esencia de esta visión dual consiste en que la revolución se juzga por sus intenciones declaradas y quienes la resisten en función de la realidad que intentan preservar. En una balanza de altruismo sobre un platillo se pone la utopía, y del otro lado las tradiciones e instituciones heredadas, que inevitablemente muestran el sello de la imperfección humana. El gran acontecimiento que puso de manifiesto el doble criterio, cuyos orígenes intelectuales se remontaban a Descartes, y su elaboración en términos de crítica social implacable estuvo a cargo de la Ilustración, es la Revolución Francesa. Años más tarde Hegel, un conservador en su tierra, trató a ésta de “glorioso amanecer intelectual”. “Nunca desde que el sol brilla en el firmamento”, enseñaba en Berlín, “… había percibido el hombre que la existencia se centra en su cabeza, es decir, en su pensamiento, inspirado en el cual construye el mundo de la realidad”.
Que Hegel fuese conservador, y llegase a creer que el Estado prusiano era la culminación de la historia, es importante para interpretar su encomio de la Revolución Francesa. El doble criterio trasciende ampliamente el conjunto de los afiliados a filosofías revolucionarias. Existen de ello elocuentes ejemplos. La revolución inglesa de 1688-1689 y la norteamericana de casi un siglo más tarde han sido consideradas “revoluciones conservadoras”. Esta expresión, muy cercana a una contradicción en los términos, se justifica porque los promotores del cambio, que eventualmente en ambos lados del Atlántico se llamaron Whigs, concibieron su tarea en un espíritu de reforma, y no de demolición. Aparte de lo cual el episodio inglés fue incruento, y el norteamericano sólo moderadamente, y eso en el campo de batalla. El contraste con la Revolución Francesa, que ejecutó a centenares de miles, no pudo ser más fuerte. Sin embargo, hubo Whigs de gran envergadura que se solidarizaron con la aventura francesa, aun más allá de las masacres de setiembre de 1792 y el “terror” de 1793-1794. Uno de ellos fue Charles James Fox, el líder de los Whigs ingleses en aquella misma época, у el otro nada menos que Thomas Jefferson, uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos. Frente al baño de sangre francés, en 1793 éste dirigía al encargado de negocios de su país en Francia una carta reprobatoria de sus críticas al régimen, señalando que la libertad del mundo entero dependía del resultado de aquella contienda, y preguntándose si jamás un premio semejante se había conquistado al precio de tan poca sangre inocente.
El doble criterio está, pues, profundamente arraigado en la cultura de nuestra civilización. Es a través de esa visión radicalmente distorsionada que se percibe a Castro, que se divisa a Pinochet. Castro es un luchador por la justicia social y el bienestar de su pueblo. Por ahora la tarea ha excedido sus posibilidades prácticas, en gran medida por las fuerzas externas, como el bloqueo de Estados Unidos, pero es cuestión de esperar. Lleva 40 años en el poder, pero la fe en la transición soviética se mostró más durable aún en muchas conciencias. Y Allende pertenecía a la misma estirpe de Castro. Innumerables personas creen en esas cosa a pesar de ser leales partidarios del derecho y la libertad en sus propios países. Pinochet fue el defensor de los privilegios de una oligarquía que mantiene al pueblo chileno en la pobreza y no reparó en medios para frustrar los reclamos de los oprimidos. Etcétera. La viabilidad de estas gruesas mentiras representa una grave enfermedad espiritual de nuestra civilización, que no puede dejar de enfrentarse. Y la primera tarea es comprender lo que acontece.